— ¿De qué va la manifa
de hoy, compañeros? –preguntó don Timoteo, que andaba en la luna.
—Eso da lo mismo, ¡de
lo que sea, hombre, de lo que sea! Siempre y cuando vaya en favor de las
políticas de igualdad y lenguaje inclusivo, del feminismo, del colectivo
LGBTIQ, o contra el machismo, o relativo al cambio climático y, sobre todo, lo
que sea conforme a nuestra causa en favor del progresismo –respondió en plan
proclama un sujeto de pinta desastrada–. Oye, ¿tú no serás facha…?
Don Timoteo se sintió
insultado y casi respondió que si me llamas fascista solo consigues que
sepa que estoy ante un imbécil. Pero se limitó a bailarle el agua al
desastrado y sonreír con una alegría tonta para demostrar estar en la onda.
Las cosas, tanto
buenas como malas, suelen surgir de chiripa y donde menos piensas salta la
liebre. El caso es que don Timoteo Melgarejos un día se vio envuelto en una
manifestación y entre el tropel de gente –una chusma de malencarados, zafios,
feminazis, ineptos y violentos, todos con subvenciones, que conforman su medio
de vida–, no le quedó otra que seguir adelante. Esta chusma repetía como
papagayos y sin entusiasmo consignas buenistas y feministas hasta el
empalago. A ver si hay suerte y escapo sin “cobrar” de los
guardias, pensó Melgarejos. Se dijo en voz baja que vaya una manera
más funesta de ganarse la vida; una moza algo voluminosa que lo oyó le espetó
eso de: todo lo que quieras, galán, pero más funesto es madrugar.
El caso es que don
Timoteo se enroló con la pandilla de perroflautas. Lo cierto es que nunca se
las había visto más gordas; ahí podría aprender a vivir del cuento, ahí había
barra libre de carajillos y posibilidad de comerse algún torrao, ahí también
podía alternar y arrimar material a camaradas más bien amplias, pero ayuno como
estaba de arrumacos, tiempos ha, carecía de líneas rojas. Exento de gallardía
–don Timoteo era pequeñito, calvo, algo arrugado y con mala color–, no podía
exigir mucho, el hombre.
En su nueva andadura,
Melgarejos tanteó el terreno para arrimarse a algunas camaradas presentables,
pero amén del fuchi, fuchi despectivo, algún sopapo cobró. Tuvo que cambiar los
derroteros. Encontró la horma de su zapato con Rosina, colega con quien
sintonizó y obtuvo su objetivo de rascar bola. Rosina era una jaquetona gruesa,
con papada y cara ancha, con voz chillona y desagradable. Parecían el punto y
la i, pero don Timoteo iba a lo que iba, sin tiquismiquis. Se metió por medio
Remedios –alta, desgarbada con cara de hombre, cetrina y nariz descomunal–, que
como competidora de Rosina, se propuso quitarle el novio. Y a las dos les iba
la marcha. Con estas rivalidades, Melgarejos, en días alternos, se ponía las
botas; justo su propósito. Hasta que surgió lo de cumplimentar a las dos novias
el mismo día (una por la tarde y otra de noche). Por mucho pan, nunca
es mal año, se dijo. Pero claro, don Timoteo, cercano a los sesenta,
entusiasmo tenía mucho, pero de vigor, lo que se dice vigor, andaba justo. Echó
mano de la química, es decir, de la viagra, y también de las matemáticas: a más
mujeres, más química –hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad–. Tomó
dosis para contentar a cuatro hembras.
Doña Eduarda, la
sirvienta, encontró al señor Melgarejos en el recibidor medio desvestido en el
suelo y con los ojos en blanco. Igual que muerto. Asustada, a punto estuvo de
salir pitando. Lo pensó mejor y llamó a emergencias. Menos mal. Diez días
estuvo don Timoteo en la UCI hasta pasar a planta ordinaria del hospital.
Ya en casa, medio recuperado, los camaradas preguntaron a Melgarejos que qué le había pasado. Respondió que era cosa del COVID-19. Ah, claro, claro… Los camaradas eran comprensivos.
Vicente Galdeano Lobera
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