sábado, 29 de noviembre de 2025

Cosas de química

— ¿De qué va la manifa de hoy, compañeros? –preguntó don Timoteo, que andaba en la luna.

—Eso da lo mismo, ¡de lo que sea, hombre, de lo que sea! Siempre y cuando vaya en favor de las políticas de igualdad y lenguaje inclusivo, del feminismo, del colectivo LGBTIQ, o contra el machismo, o relativo al cambio climático y, sobre todo, lo que sea conforme a nuestra causa en favor del progresismo –respondió en plan proclama un sujeto de pinta desastrada–. Oye, ¿tú no serás facha…?

Don Timoteo se sintió insultado y casi respondió que si me llamas fascista solo consigues que sepa que estoy ante un imbécil. Pero se limitó a bailarle el agua al desastrado y sonreír con una alegría tonta para demostrar estar en la onda.

Las cosas, tanto buenas como malas, suelen surgir de chiripa y donde menos piensas salta la liebre. El caso es que don Timoteo Melgarejos un día se vio envuelto en una manifestación y entre el tropel de gente –una chusma de malencarados, zafios, feminazis, ineptos y violentos, todos con subvenciones, que conforman su medio de vida–, no le quedó otra que seguir adelante. Esta chusma repetía como papagayos y sin entusiasmo consignas buenistas y feministas hasta el empalago. A ver si hay suerte y escapo sin “cobrar” de los guardias, pensó Melgarejos. Se dijo en voz baja que vaya una manera más funesta de ganarse la vida; una moza algo voluminosa que lo oyó le espetó eso de: todo lo que quieras, galán, pero más funesto es madrugar. 

El caso es que don Timoteo se enroló con la pandilla de perroflautas. Lo cierto es que nunca se las había visto más gordas; ahí podría aprender a vivir del cuento, ahí había barra libre de carajillos y posibilidad de comerse algún torrao, ahí también podía alternar y arrimar material a camaradas más bien amplias, pero ayuno como estaba de arrumacos, tiempos ha, carecía de líneas rojas. Exento de gallardía –don Timoteo era pequeñito, calvo, algo arrugado y con mala color–, no podía exigir mucho, el hombre. 

En su nueva andadura, Melgarejos tanteó el terreno para arrimarse a algunas camaradas presentables, pero amén del fuchi, fuchi despectivo, algún sopapo cobró. Tuvo que cambiar los derroteros. Encontró la horma de su zapato con Rosina, colega con quien sintonizó y obtuvo su objetivo de rascar bola. Rosina era una jaquetona gruesa, con papada y cara ancha, con voz chillona y desagradable. Parecían el punto y la i, pero don Timoteo iba a lo que iba, sin tiquismiquis. Se metió por medio Remedios –alta, desgarbada con cara de hombre, cetrina y nariz descomunal–, que como competidora de Rosina, se propuso quitarle el novio. Y a las dos les iba la marcha. Con estas rivalidades, Melgarejos, en días alternos, se ponía las botas; justo su propósito. Hasta que surgió lo de cumplimentar a las dos novias el mismo día (una por la tarde y otra de noche). Por mucho pan, nunca es mal año, se dijo. Pero claro, don Timoteo, cercano a los sesenta, entusiasmo tenía mucho, pero de vigor, lo que se dice vigor, andaba justo. Echó mano de la química, es decir, de la viagra, y también de las matemáticas: a más mujeres, más química –hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad–. Tomó dosis para contentar a cuatro hembras.

Doña Eduarda, la sirvienta, encontró al señor Melgarejos en el recibidor medio desvestido en el suelo y con los ojos en blanco. Igual que muerto. Asustada, a punto estuvo de salir pitando. Lo pensó mejor y llamó a emergencias. Menos mal. Diez días estuvo don Timoteo en la UCI hasta pasar a planta ordinaria del hospital. 

Ya en casa, medio recuperado, los camaradas preguntaron a Melgarejos que qué le había pasado. Respondió que era cosa del COVID-19. Ah, claro, claro… Los camaradas eran comprensivos.


Vicente Galdeano Lobera