jueves, 30 de enero de 2020

Destacado tabarrista




Todas las mañanas Nicasio miraba el buzón, pero nunca había carta de ella… No habrá tenido tiempo, se decía. Eso decía don Nicasio a sus contertulios cuando preguntaban por sus amoríos. Se veía cogido en una encerrona al haber presumido ante ellos más de la cuenta.
--Pues sí, señores; aquí donde me ven tengo un plantel de admiradoras a cual más bella, que hace muy difícil decidirme…
Eso decía demasiadas veces; y, de paso, les mostraba buen manojo de cartas con matasellos de diversos lugares.
--Disculpen que no les muestre el contenido; pero uno, en su modestia, no deja de ser un caballero -continuaba Nicasio.
A don Nicasio, los concurrentes no le hacían ni caso; hacían grandes esfuerzos para no carcajearse en sus narices. Pero don Nicasio era feliz así al imaginar que causaba, como poco, admiración; si no envidia.
La planta que gastaba don Nicasio era singular; con doble papada y barrigudo, usaba tirantes, los pantalones le llegaban hasta arriba y parecía que sus cortas piernas le nacían debajo de los sobacos; parecía un tonel. Se retiró del ejército con el grado de subteniente y viajaba lo suyo convencido de que, dada su posición, encontraría novia enseguida. La verdad es que no se comía una rosca. Ni se la había comido nunca.
Cierta mañana, don Nicasio recibió la siguiente misiva que le alegró las pajarillas. Decía aproximadamente: “Querido don Nicasio, disculpe mi atrevimiento, me fastidia sobremanera que gaste usted su tiempo y su dinero en buscar novia tan lejos de su ciudad. Y más teniéndome a mí al lado y a su disposición. No le conozco físicamente, pero por referencias, dado el éxito obtenido con las féminas, soy desde ahora su más ferviente enamorada que se muere por conocerlo. No pierdo tiempo en mi descripción; cuando me vea juzgue usted mismo mis veintinueve lozanos años.
Si como deseo accede a mis ruegos preséntese en fecha tal en plaza X… ataviado con bermudas y camiseta de manga corta. ¡Ah! Y tocado con gorra de beisbol ladeada. Le agradeceré vista esta indumentaria; no me perdonaría confundirlo con otro. Llevaré tres claveles rojos en la mano. Besos de Angustias.”
Una vez más, don Nicasio faroleó lo suyo ante sus amigos. En la cita, día nublado y con viento frío, observó que la susodicha tendría esa edad, pero vio claramente que en báscula no bajaría de ocho arrobas y que se le haría difícil su manejo.
Espantado, emprendió la retirada al tiempo que notó gran alboroto con vivas a don Nicasio y Angustias. Unos vivas entremezclados con carcajadas y ruido de cencerros. Eran sus contertulios que, compinchados con ella, le habían embromado.
Lo encontraron tendido en su cama, inmóvil, junto a varias cartas de admiradoras que él mismo, en sus viajes, había escrito. Llevaba varios días si aparecer por la tertulia. No pudo soportar el ridículo ante los ojos de todos; y mucho más a los de su conciencia que le aconsejó no presentarse y don Nicasio no hizo ni caso.

Vicente Galdeano Lobera.




viernes, 27 de diciembre de 2019

Formas igualitarias






El lenguaje ha sufrido variaciones desde siempre. El idioma se tiene que emplear para entenderse las personas; y no para esas mismas personas ser esclavos de unas reglas y formas gramaticales innecesarias.
Los puristas, que los hay, tienden a culpar a esta plaga de políticos analfabetos que nos ha tocado soportar, de romper la estructura de una lengua que han utilizado generaciones de autores para deleite nuestro. Pero esta casta, los políticos, gozan de unas asignaciones y prebendas excelentes. No serán tan tontos, pienso yo. Lo que pasa es que estos señores, blanco de todos los odios, quieren simplificar las reglas del castellano; es decir, convertir en una especie de filólogo hasta al mismísimo Jesulín y su ex. Y eso, sin ser pecado, es de agradecer.
Comenzó esta tendencia allá por los años ochenta del siglo pasado. Como muestra del buen hacer de nuestros representantes, cogeremos cualquier fragmento de rueda de prensa por la década de los ochenta de cualquier político, por ejemplo de don Yoseba el Barrendero, ministro; empezaba siempre con un lenguaje igualitario, precursor del buenismo y de lo políticamente correcto. Viniera a cuento o no, siempre contestaba. “Cuap, cuap, cuap,,,, coppañeros y coppañeras… Cuap, cuap cuap… es intención de este gabinete guppernamental, el servir escruppulosamente…, cuap, cuap, cuap, a sus votaptes…” después este hombre soltaba una retahíla de jerga demagógica con conceptos, que seguro él entendía, como: libertad, democracia, responsabilidad, pueblo soberano, voluntad popular y más: se pegaba buen rato entre cuap, cuap, cuap... hablando sin decir nada. Eso sí, empleaba siempre el soniquete compañeros y compañeras demostrando un sentido igualitario nunca visto. Sentido igualitario no sé si tendría, pues lo cierto es que  ése, con otros dos más fueron condenados por la Audiencia por robar mil millones ¡Ah! Falta aclarar el cuap, cuap cuap al comienzo de cada frase. Era un pequeño defecto en el habla del ministro que parecía que arrancaba a cacarear como los patateros Amelio y  Lumínguez cuando les retiraron la enorme paga por callar lo de los fondos reservados.
A partir de aquí, y llevamos años, la mejora del lenguaje es imparable. Con perlas oídas en un mitin como jóvenes y “jóvenas”, soltada por una eminente señora; “monomarental” por monoparental, dicho también por una ilustrada mujer; portavoz y “portavoza…” sentenciado por una fémina desde su escaño… el acercamiento del idioma sencillo y comprensible a la plebe lo han conseguido; basta mirar los mensajes de los móviles y el hablar de muchos jóvenes para darse cuenta.
Siguiendo con el tema no puedo obviar a un artífice de peso; un mandatario regional cuya sensibilidad a flor de piel y gracejo natural no pasan desapercibidos. Este gobernante rizaba el rizo en el asunto de marras; con suma exquisitez comenzaba sus peroratas: “Compañera y compañero, ¡Ele! ¡Lolailo! Que tengo una grasia que no se pue aguantá”. Con extrema delicadeza y exquisitez, daba siempre preferencia a la mujer y su localismo significaba plural, claro. Un día en un pleno tuvo un pequeño altercado, una congresista le soltó a bocajarro algo así:
—“Ceñoría, ademá de compañera y compañero, le farta er compañere…”
El mandatario olvidó la delicadeza y la exquisitez y después de cambiar de color, ordenó furioso:
— “¡Guardias! ¡Expulcen a eza muhé de la zala! Y, de pazo, impónganle una güena murta; asín aprenderá”.
El gobernante, muy suspicaz, se había sentido aludido por el proceso de los eres en que estaban investigados varios altos cargos por desviar fondos, es decir, por robar a manos llenas inmensas partidas de dinero destinado a mejoras de la comunidad. Al examinar la cuenta bancaria de este señor, sólo había ochocientos euros. Manifestó que altruistamente donaba todo a sus hijos.
Se supone que pagando los impuestos reglamentarios. Faltaría más.

 Vicente Galdeano Lobera.





miércoles, 27 de noviembre de 2019

Resistencia




Los saqueadores, desarmados, salieron de estampida siguiendo las instrucciones recibidas; severamente apaleados, no querían más.
Un par de disparos les hizo parar en seco…
— ¡Alto…! ¡No escapéis sin llevaros ese fardo repugnante de ahí!
El fardo era Marianín, que yacía inconsciente entre sus propios excrementos con signos de congelación. Recogieron al compañero que al despertar comenzó a dar grandes alaridos.
—Tranquilo, Marianín, que nosotros también vamos servidos, dijo Frutos que le habían volado dos dientes ¡Compañeros! –Continuó- habrá que llevar al camarada hasta nuestra guarida; nos turnaremos.
Llevaban recorrida media legua cuando, hartos de los lamentos de Marianín, lo arrojaron por un precipicio. Los manuales de la Causa no reflejaban que tuvieran que transportar estorbos.

Emboscados los siete individuos de la Resistencia, vieron salir a la Guardia Civil de la masía; Tenían campo libre, como pronto, en veinticuatro horas no regresarían los guardias. Calcularon el suficiente alejamiento de la Benemérita y abandonaron su escondrijo dirigiéndose en tropel a la masía. Estaba anocheciendo y corría un viento helador.
— ¡Adelante, compañeros! -dijo Frutos el mandamás- ¡Por la Resistencia, por la noble lucha contra regímenes totalitarios! ¡No nos doblegarán, nuestro tesón hará alcanzar al proletariado cuotas de libertad jamás soñadas! ¡Si es necesario eliminaremos a quien discrepe de las ideas del partido!
Estas mesnadas, solían estar compuestas por individuos asilvestrados, adoctrinados y afiliados a un partido, acostumbrados a las sacas y dar “paseos” a quien estorbe; además de delatar y dar falso testimonio para beneficiarse. Iban bien armados con fusiles y abundante munición y al tener delitos de sangre, temían caer en manos de la justicia. Si entraban en una casa de labranza, podían rezar los dueños que sólo les saquearan la despensa y la bodega. Cometían toda clase de abusos; sobre todo si había mujeres jóvenes. También tenían muy arraigada la aversión al trabajo.
Dejaron vigilando a Marianín, el más tonto. — ¡Camarada Marianín! ¡A quien se acerque, le vacías un cargador en las tripas! Llamaron…
— ¡Abran a la guerrilla de la Resistencia!
— Qué quieren; ya estuvieron la semana pasada… No nos queda nada.
Los masoveros estaban hartos, entre los guardias y las guerrillas, les agotaban todos víveres.
— Tienen obligación de abastecer a la Resistencia.
Entraron. Dejaron sus armas en un rincón y se sentaron en la larga mesa de la estancia con fuego acogedor; Todo ante los atemorizados moradores; un matrimonio y dos hijas veinteañeras.
Exigieron de malos modos buena cena, y “preparen viandas abundantes para llevarnos. Rápido, que si me enfado será peor”. Marianín, asomado por un ventano contemplaba la escena; olvidó su labor de centinela. Lamentable; sintió un crujido en su espalda al tiempo que le tapaba la boca Miguelón, el Tenazas. Le apodaban así porque con sus zarpas había dejado sin resuello a un mulo a punto de relinchar. Cayó sin sentido. Miguelón y otro compadre, recogieron el arma y munición del camarada y observando la posición de semejante tropa desarmada, entraron de sopetón disparando al aire, precisamente cuando Frutos iba a sentar en sus rodillas a la hija mayor. Este detalle enfureció sobremanera a Miguelón que andaba enamoriscado de ella. La Resistencia tuvo que resistir mientras intentaba protegerse, un aluvión de patadas, trallazos, puñetazos y recias palabras. Jamás calcularon que iban a probar parte de su propia medicina.

Vicente Galdeano Lobera.

martes, 29 de octubre de 2019

Acercamiento inoportuno




Cuando don Zacarías se enteró del convite, puso en marcha como una flecha el protocolo de llegada. Cuando se trataba de comer de gorra, no necesitaba insistencia; ni invitación.
Don Zacarías tenía también propiedades de girasol; torcía siempre al sol que más calienta. En cambio, era lento como una tortuga cuando barruntaba trabajo; y, más aún, si se trataba de rascarse el bolsillo.
Celebraba sus bodas de oro don Servando, rico terrateniente del lugar; habíanse preparado abundantes manjares y buenos caldos de su bodega
Zacarías no recibió invitación; “es igual, caeré de rondón y me adentraré en el evento sin dificultad. Para eso nutro al señor de buenos chivatazos y le señalo sus detractores”. Además estaba Emilia, doméstica de la casa, madama de amplias caderas, reidora y muy amiga de jolgorios y cachondeos. A don Zacarías le gustaba a rabiar. Sabía que a ella le encantaban las peladillas; compró un paquete.
Don Zacarías, con sus cincuenta mal llevados, ejercía de correveidile del pueblo; gozaba de poco aprecio, pero cuando convenía lo usaban. Era flaco y verdoso como un pepinillo en vinagre; últimamente andaba escorado a causa de unas patadas que le arrearon por poner excesivo celo en su actividad. Por la procedencia de los golpes, consideró atinado no denunciar. Por si acaso.
Llegado el día del festejo, tuvo que andar sus buenos tres kilómetros hasta la heredad con Cierzo helador. Al llegar, una jauría de perros casi le muerden; los sujetó Emilia que salió al oír los ladridos.
—Gracias, Emilia, es usted un ángel…
—No tiene importancia, don Zacarías ¿Qué le trae por aquí? -Zacarías quedó perplejo… le extrañó la observación; se consideraba de casa.
—Pues vengo a felicitar a los señores, y a celebrar con ustedes tan importante fecha.
—Vale pues, vamos adentro. –Don Zacarías le entregó las peladillas… Emilia le dedicó una amplia sonrisa; “qué amable es usted, don Zacarías. Muchas gracias”.
Cerca ya de la entrada, se oía música, salía calor y un reconfortante olor a viandas que estimularon la salivación de don Zacarías; no había probado bocado desde el desayuno. Anochecía.
— ¡Alto ahí! ¡No puede pasar! –Era Timoteo, un mastodonte como un armario que con sus manazas paraba en seco a una caballería al galope. Estaba para espantar indeseables. Don Zacarías pensó que no se dirigía a el; intentó acceder.
— ¡No puede entrar, he dicho! ¡Y no me gusta repetir las cosas…!
—Aquí hay una confusión, soy don Zacarías, amigo personal de don Servando…
— ¡Eso se lo dirá usted a todos!
Don Zacarías vio en Timoteo destellos de ira y rabia que le recordó las patadas recibidas hacía poco; aun así razonó, suplicó, casi lloró… Todo delante de Emilia y demás invitados que se acercaron al oír voces. No coló.
Abochornado, casi no sentía el viento acompañado de ráfagas de lluvia cuando regresaba a su casa.

Vicente Galdeano Lobera.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Fantasmas




—Pues no, Bustos. Se le han adelantado; acabo de abonar a mi patrona tres meses que le debía. Me amenazaba, la muy ladina, con dejarme sin cenar esta noche – don Severo esquivó con astucia el sablazo del deportista-. Siento no poder ayudarle. En cambio puedo aconsejarle muy bien; también entretenerle con historias y leyendas más o menos reales… Incluso puedo cantarle canciones para que se duerma, pero dineros, nanay.
Porfirio Bustos, andaba tieso y acostumbraba a pedir dinero a cualquier incauto. Lo malo es que tenían el repertorio demandador ya muy oído, y los primos escaseaban.
Porfirio Bustos, cuarentón, presumía de ser gran atleta, conocedor y practicador de varias ramas deportivas. A saber: boxeador, luchador, cazador, pescador; incluso especialista en equitación y esgrima… Bueno, el sable sí lo manejaba bien. No desperdiciaba ocasión para ejercitarse. Estando sentado, o en autobús, o en cualquier sala de espera, sin venir a cuento, ahí tenías a Porfirio haciendo estiramientos, flexiones y visajes para mantenerse en forma física y mental; los desconocidos lo tomaban por payaso. Sus allegados sabían que no pasaba de ser un cantamañanas y que donde mostraba cierta rapidez era para echar monedas a las tragaperras y libar carajillos de gorra.
Como muestra explicaremos una correría competitiva de Porfirio; en cierta ocasión se apuntó a una carrera popular de veteranos ciclistas. Lo vieron con enorme barriga y figura desproporcionada, pero llevaba buen equipo y lo aceptaron. Animándole, le dejaron ir buen trecho delante “Cuán rápido soy; los dejo atrás sin esfuerzo”. En una pendiente, entusiasmado, Bustos pegó tal sprint, que calculó mal y resbaló con su bicicleta pegándose buen tozolón. Quedó en medio del paso y, al llegar los otros, tropezaron y la serpiente, se transformó en un montón multicolor. Con Porfirio debajo, claro. En el hospital, los cirujanos estuvieron a punto de llamar a un ferrallista dada la cantidad de hierros que necesitaba su esqueleto.
Convaleciente, acudía regularmente a la taberna; se juntaba con don Severo que le contaba batallitas y algunos sucedidos medio inventados. Parlante y escuchante, se complementaban bien y alcanzaron cierta amistad y confianza, Don Severo después de dar cuenta de buena ración de torreznos y vino, sin mucha severidad le soltó:
— Bustos, debería reconsiderar abandonar sus deportes, ya no está usted para trotes. Le iría mejor el dominó y el guiñote.
Porfirio, amoscado, le sabía malo que sacaran a relucir sus carencias.
—Oiga, que no veo necesario que me sermonee –contestó airado Porfirio-. Prefiero que me cuente una historia. Qué me trae hoy…
—Como quiera, Bustos; vaya por delante mi aprecio, sólo pretendía aconsejarle como amigo. Le voy a relatar un sucedido en una aldea; fue en los años cincuenta. Allá va:
“Don Marcelo, párroco del pueblo, era encargado de repartir leche en polvo y queso americanos en la postguerra. Menudo y enteco, el cura tenía fama de mujeriego y pretendía aprovecharse favoreciendo en la distribución de los lácteos a señoras guapas; especialmente en lo relativo al polvo. En confesión, les iba con la monserga: “mire, fulanita; lo mismo que el Altísimo se sirvió del Espíritu Santo para engendrar a su Hijo en la Virgen María, ahora la ha señalado a usted por medio de mi humilde persona para gozarla. Y bien sabe, como devota, que los designios del Señor no se pueden negar; so pena de cometer pecado mortal…” Lo intentó con varias pero ninguna tragó. Fatal fue cuando pretendió a Hortensia, la mujer del vinatero. Era una jaquetona de muy buen ver; la loba la apodaban. Al escuchar las pretensiones del cura, lo arrastró fuera del confesionario dotándole de buena ración de bofetadas y arañazos… “¡Tio rijoso, si esta usted caliente váyase de putas! ¡No meta en danza a Dios en asuntos terrenales!”

Vicente Galdeano Lobera.


sábado, 31 de agosto de 2019

Deportista caducado




Porfirio Bustos, vestido de colorines y bien equipado de ciclista, daba el pego; si no fuera porque era ya cuarentón y lucía enorme barriga, lo hubieran tomado por ciclista profesional. Había dado cuenta de un almuerzo que no lo saltaba un gitano y se sentía eufórico para librar los cuarenta kilómetros de regreso hasta casa.
Circulaba con su bici por una zona ribereña con abundantes campos de frutales y hortalizas. Vio incorporarse a la vía a un labriego encaramado a una bicicleta muy antigua que pesaría más de veinte kilos; eso sin contar que transportaba una barquilla con variados productos del campo y sujetas una hoz y una azada de gran tamaño. Al pedalear sonaba un clan clan producido por el roce de una biela con el cubrecadenas de la bici. La indumentaria del campesino, se las traía: iba tocado con sombrero de paja y boina encima, camisa y pantalón remangados; llevaba chaleco, calzaba abarcas y fumaba un perrero que apestaba. Solo verlo le producía fatiga a Porfirio.”Dónde va este individuo -pensó-, seguro que no aguanta un kilómetro sin descansar”. Lo adelantó agitando la mano con cierto ademán de burla.
--A los buenos días, señor, saludó el lugareño, acompáñeme hasta el pueblo y le regalaré buen talego de tomates y lechugas para que lo saboree en la ciudad…
Extrañado Porfirio ante tamaña proposición, contestó: “no, que tengo prisa; voy entrenando y usted va muy despacio.” Mientras, accionó el cambio de su máquina para marchar más rápido.
El roce de la biela se oía cerca a pesar de que Porfirio iba deprisa; aceleró más, y el ruido se convirtió en un clan clan clan clan clan… de secuencia seguida. Miró hacia atrás y, pegado a rueda, tenía al gañán con semblante risueño que sin esfuerzo se le puso a la par.
--Espere, hombre de Dios, y sosiéguese, está usted sudando como un toro y le va a dar algo; véngase conmigo a casa que le obsequiaré con agua fresca con anís. Mientras descansa y se recupera, le prepararé unas alforjas con cosas del campo que son mano de santo para refuerzo corporal y espiritual. Luego ya entrenará.
A Porfirio, le costó reconocer la buena fe y hospitalidad del labriego que tan sutilmente le había mojado la oreja. Al límite de sus fuerzas aceptó la invitación. Acertó, recibió unas atenciones que en su casa jamás disfrutó. Después de comer, la tarde le cundió bastante; agarró una borrachera de padre y muy señor mío en el recorrido por las bodegas del pueblo acompañado de su nuevo amigo; de la última de estas bodegas salió a gatas.
En un coche lo acercaron a su domicilio en la ciudad. Vio claro que tanto el deporte como el alternar bebiendo requieren instrucción y, sobre todo, tienen fecha de caducidad.

Vicente Galdeano Lobera.



miércoles, 31 de julio de 2019

Pájaro extraño




La fauna del bosque había observado un nuevo inquilino, una especie de pájaro muy raro que sobrevolaba el territorio; sobre todo en días claros. Vieron también que, dicho ser, intentaba comunicarse con todos ellos; dominaba todos idiomas, parlaba sin dificultad con aves y mamíferos; incluso con reptiles, roedores e insectos. Pero esta fauna tenía un instinto de conservación muy acentuado; no se fiaban ni entre ellos. Y, claro, menos de un forastero de aspecto tan extraño.
Abultaba más o menos como un águila con contraste de colores atractivos y, en vez de alas, portaba unas hélices que lo mismo le permitían volar a gran velocidad, como mantenerse estático suspendido en el espacio. Ojos tenía cuatro, ubicados en sus cuatro costados, en forma de tubo que los orientaba alargándolos a su antojo; la boca por donde hablaba era una rejilla ovalada, como un pequeño altavoz.
La fauna del bosque sentía inquietud ante la presencia, cada vez más a menudo, del pájaro extraño.
--No teman ustedes, dijo una enorme serpiente, yo le quitaré a ese bicho la costumbre de incordiar: acabo de salir del letargo y tengo voraz apetito.
Era una boa ajena al hábitat; la habían soltado de pequeña y había puesto en peligro el equilibrio ecológico de los animales autóctonos.
Ese día nuestro amigo sobrevolaba el bosque informando a sus habitantes de un peligro inminente: unos desaprensivos con intereses bastardos se dedicaban a quemar grandes extensiones de arbolado. Pronto llegarían allí; era necesaria la colaboración de todos para evitar la catástrofe. Pasaba el pájaro a un metro del suelo para que le escucharan incluso roedores e insectos cuando se encontró a su altura la serpiente mirándole como para hipnotizarle. Paró, y suspendido se observaron mutuamente; la boa abrió su enorme boca cuando, a velocidad asombrosa, del lomo del pájaro salió un resorte articulado terminado en una manopla que con destreza abofeteó de firme al reptil. Se hizo hacia atrás, pero al ver la quietud del pájaro, contraatacó. Lamentable; volvió a asomar el resorte pero esta vez calzaba una bota bien herrada cumplimentándole con abundantes patadas.
– ¡Imbécil! ¿cree usted que soy presa fácil? ¡Además que pretendo evitar el peligro que corren…! Tenga usted la bondad de convocar a todos sus vecinos en asamblea -añadió- ¡Que me escuchen de una vez! Sírvase, señora boa, de cumplir mi encargo; si no, lo pasará mal, muy mal.
La fauna, emboscada, contempló la escena; quedaron admirados de las dotes persuasivas del pájaro, que les infundió un enorme respeto.
La asamblea, formada por abundante variedad de habitantes del bosque, incluidos una manada de lobos; había ciervos, jabalíes, cabras, linces… y por supuesto muchas aves. Establecieron un armisticio entre ellos para solucionar el asunto. Escucharon al pájaro: “Como bien saben ustedes, asola la comarca una serie de incendios que obliga a nuestros hermanos sobrevivientes a emigrar; sin in más lejos, baste observar la excesiva población de este bosque. Yo me ofrezco para dirigirlos, apresar y escarmentar a esos desaprensivos y, de paso, que canten para agarrar a los de arriba y erradicar el mal de raíz. Solo una advertencia, los quiero vivos.”
Cazarlos fue pan comido; al bajar del carro con los avíos incendiarios, la presencia de una lozana campesina con amplias caderas y sonrisa prometedora, desarmó a los dos secuaces. Al acercarse a ella con aires de conquista, antes de mediar palabra, unos jabalíes les propinaron buenos empellones dejándoles maltrechos en el suelo. Para colmo, dos raposas les defecaron encima poniéndoles como un cristo. Intentaron correr hasta el coche pero la enorme boa les cortó la retirada con un abrazo de rigor.
--Buenaaas… ¿Saben la melodía o necesitan partitura? -Dijo el pájaro-, pueden guardar silencio si lo desean; pero me apetece escucharles cantar.
Entonaron todo un recital; y con bises.
Llegaron justo cuando sus señorías acababan de dialogar. Estos diálogos consistían en repartirse grandes porcentajes de las recalificaciones de terrenos quemados que habían aprobado ellos mismos. Una sombra se cernió sobre los negociadores cuando entraban al coche oficial. La sombra provenía de una nube compuesta por enjambres, avisperos y un sortilegio de insectos dañinos que cayeron sin compasión sobre los negociadores. No negociaron más.
En el siguiente pleno -bien resguardados, por si las avispas-, sus señorías guardaron cinco minutos de silencio, demostrando así gran sensibilidad, inmenso dolor y respeto por los fallecidos. Todos con cara de circunstancias que con disimulo miraban su reloj y, los de las filas de atrás, su móvil.
No tardaron los voceros de radio y televisión en connivencia con los dirigentes, proclamar a los cuatro vientos el “grave atentado perpetrado contra la democracia y los gobernantes elegidos por el pueblo.” Callaron, como estómagos agradecidos, que dichos dirigentes no pasaban de ser unas camarillas puestos en listas cerradas a capricho del mandamás según su sumisión al partido, y con disciplina de voto; y que nunca les pasó por su caletre, el bienestar del pueblo.

Vicente Galdeano Lobera.