domingo, 26 de abril de 2026

Propaganda

 Siempre se ha dicho que la fe mueve montañas; con la propaganda pasa lo mismo, o casi. No es una citación literal eso de mover montañas geográficas, sino una demostración de que con fe se superan obstáculos imposibles. Este recurso –la propaganda, digo–, si indagamos, viene de muy lejos, pero nos centraremos en la actualidad. Solo hay que ver las distintas televisiones, radios, rotativos y medios de comunicación; los dirigentes de turno suelen untar bien a estas entidades para que digan lo que tienen que decir. Pero sobre todo para que callen lo que tienen que callar. Es decir, la propaganda, manejada con astucia, obra milagros para arrimar el ascua a su sardina. Las redes sociales, Facebook, Instagram, YouTube y otras intentan, con poco éxito, contrarrestar esto; claro, gran parte del paisanaje tiene muy arraigada la costumbre de dar por bueno lo que echan por TV.

Pasa lo mismo en distintas actividades artísticas y literarias, como no pasen por el redil publicitario no se comerán una rosca y a veces aun pasando.

En esto de la literatura, a distintos personajes y personajillos que salen en la tele, con esto de la propaganda, les ha salido el sol; cualquier mindundi que alborota en tertulias y en programas rosas, que jamás leyeron algún libro, editoriales de fuste los contratan y les facilitan negros para que publiquen y parezcan escritores. Y no digamos si son políticos o gobernantes; estos tramposos, por lo menos sacan tajada. Ya dijimos que la propaganda obra milagros.

Luego están los otros, los de a pie, que con esto de la autoedición han proliferado como hongos; los plumillas con ínfulas de escritores que se sienten realizados con el autobombo excesivo. Fechas atrás, en el Día del Libro, compré una obra breve, unas setenta páginas, la autora –una joven de muy buenas prendas, que me firmó un ejemplar–, según averigüé, Brisa era acérrima entusiasta de las letras y la cultura, se recorría todas asociaciones de lectura regionales para promocionar su libro y sabía rodearse de personas influyentes que le publicitaran su obra. La autora –mujer hermosa con sonrisa prometedora–, se presentaba como escritora y archivista. Sin esfuerzo se vio rodeada de una caterva de eruditos, críticos literarios, escribidores, escritores de medio pelo…, incluso algún concejal (Brisa vendía la moto como que su libro era el summum del romanticismo trasladado a la actualidad más actual, pero opinadores de prestigio aseveran que la obra tiene una prosa muy pobre, rayando lo cursi y muy a nivel de una redacción escolar. Qué le vamos a hacer). Todos estos fulanos, si la leyeron, demostraron ser mediocres, pero se volcaron para congraciarse y ayudar a Brisa a promocionar su obra; quizá subyace en la intención de todos ellos el obtener de la bella algo más que su sonrisa; vana pretensión, poco a poco, estos admiradores fueron cayendo del burro. Con todo y con eso, es de admirar el trabajo que conlleva la autora con tanta propaganda. Sin sacar tajada, claro; sonreír todo el rato, darse a entender que yo leo para ser más inteligente; yo leo cientos de libros, por eso soy escritora; yo leo para ser mejor persona… y perlas así.

Propaganda sí, dosificada y con cautela, a poder ser con méritos. “Venderse” a sí mismo no. Es desagradable el autoelogio. Para cualquiera.


Vicente Galdeano Lobera.

lunes, 30 de marzo de 2026

Simplicidad

Don Servando Morcillo, que  en su comarca no pasaba de tuercebotas, le salió el sol cuando aterrizó en la ciudad. Se espabiló y metió la cabeza en el concejo. Comenzó de barrendero, pero vio el percal y se apuntó a un partido político. A partir de ahí fue todo coser y cantar; aplaudía fuerte con el meñique estirado, con mucha unción al mandamás, y al poco lo nombraron concejal, concejal de cultura, nada menos. Ya tenemos al Morcillo a cargo de bibliotecas, eventos culturales y turismo. Bueno, Morcillo, de lecturas poco menos que nada; de eventos culturales, señalaremos que el tirar una cabra desde el campanario de su pueblo, el organizar cencerradas y algunas gamberradas parecidas, ese era su bagaje; en cuanto a turismo, Servando podría ilustrarnos sobre robar nidos, cazar verderones con cepo y conejos con hurón, además de pillar ranas en balsete. Quizá como concejal de incultura resultaría un portento, pero el señor alcalde sabrá lo que se hace. Las que organizaba Morcillo eran de aúpa, menos mal que Felisín, el secretario, que dominaba las cuatro reglas, las suavizaba algo.

No sabemos cómo ocurrió –seguramente el mando valoró su trayectoria–, pero crearon un chiringuito… digo, un departamento afín, nombrando al Morcillo adjunto a la Consejería de la Presidencia, Interior, Interlocución Societal y Simplificación Gestora Regional ¡Hala! ¡Eso es prosperar! Lo demás son tonterías y el que venga atrás que arree. 

Este chiringuito, digo… departamento, se fundó para que los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes, de pocas entendederas, entiendan con simplicidad asuntos tan simples como Economía Sostenible, Agenda 2030, Cambio Climático, relaciones con las confesiones religiosas existentes en la región, Alianza de Civilizaciones y un sinfín de asuntos de vital importancia que los Viceconsejeros, Viceconsejeras y Viceconsejeres del ente les explicarán con simplificación y mucha amabilidad. Para tan importante cometido el departamento cuenta con una granja de más de dos mil funcionarios, que suponemos que con tan alto cometido funcionarán, y casi seiscientos millones de presupuesto.

Don Servando Morcillo, al verse con mando en plaza en el chiringuito… digo, en el departamento, se envaneció y andaba hinchado como un globo en plan autoritario; despreciaba a todo dios sin escuchar a nadie –Morcillo no contemplaba que los globos también se deshinchan. 

Lo que pasa es que Morcillo trasegaba morapio como si fuera agua de manantial y al ir achispado soltaba todo el rato la cantinela de que si yo, que he sabido prosperar, que si yo, que no le debo favores a nadie, que si yo, que me he hecho a mí mismo… En una de esas cantinelas el auxiliar Remartínez saltó: ¿Se ha hecho a sí mismo, dice? Pues ya podía haberse esmerado más, señor Morcillo; está usted mal estructurado, es feo a carta cabal, con estrabismo, chepa indisimulable y renquea. Don Servado le iba a responder por señas al intrépido auxiliar, pero al intentar levantarse cayó de bruces, el pedal que portaba se lo impidió.

En el pueblo del Morcillo, los paisanos celebraron los logros del camarada simplificador, pero analizada la cosa por las fuerzas vivas locales, no tenían muy claro el cometido del Servando. Hombre…, pues simple, lo que se dice simple no parece; es más, yo lo veo complicadísimo. Podían haber elegido un epígrafe más sencillo –exclamó el barbero que tenía fama de ser persona leída. Decidieron mandar una comisión a la ciudad –encabezada por el Ernesto, mozo recio que se educó en colegio de pago– para que, con simpleza, Servando les aclarara este asunto simplificador del demonio. Y ya de paso, arrancarle algunas perras de los seiscientos millones para arreglar la escuela y el abrevadero del pueblo.

La comisión topó con hueso, personados en la Consejería Simplificadora les dijeron que tenían que pedir cita y, mediante instancia, explicar con simpleza qué es lo que quieren. Estudiado el caso, cuando el señor consejero lo tenga a bien, según su agenda, les atenderá; dos meses, más o menos.

La comisión, desilusionada, se retiró con el rabo entre las patas. Aun así, mediante instancia, convidaron a don Servando Morcillo a una jornada de convivencia en su pueblo natal. Ya en el pueblo, el señor consejero, de seguro que les explicaría con simpleza el asunto de marras. 

Al Morcillo le convenía la invitación; seguro que recibirán a tan ilustre visitante con banda de música, y en el pabellón, bien adornado, organizarán una comilona de padre y muy señor mío, con abundante vino recio.

Cuando a la semana siguiente el consejero puso pie en su pueblo la sorpresa fue mayúscula; un hatajo de paisanos equipados con cencerros, carraclas, cacerolas y cornetas le organizaron una esquilada. Esa esquilada sí que fue de padre y muy señor mío. El Servando, viéndolas venir, se dio el piro. A unos zagales aún les dio tiempo de atar unas latas vacías en la trasera del coche oficial.


Vicente Galdeano Lobera.

jueves, 26 de febrero de 2026

Lapsus

—Miren, no me vengan ustedes con chiquilladas; qué es eso de que les gusta navegar. Salir con una barquita a dar un garbeo por la bahía protegidos por la bocana sin salir a mar abierto…, eso, señores, eso no es navegar, eso es hacer el melón. Sépanlo ustedes. Navegar es adentrarse con un velero y que te pille mar confusa en la costa de la muerte, navegar es hacer frente a olas de veinte metros que te obligan a arriar el velamen y cerrar escotillas y pasar este infierno encerrados bajo cubierta hasta que escampe. Eso es navegar. Sabrán ustedes que les hablo con conocimiento de causa; yo he navegado por los siete mares y les puedo ilustrar sobre sus peligros y bondades ¿Les ilustro?

— ¡No, por favor! Ya es suficiente, ¡le creemos, le creemos!

El navegador, don Arturo Malanquilla, no gastaba pinta de aventurero, precisamente; era corto de talla, rechoncho, con bigotes tipo Morsa y mofletes colgantes. Sí, parecía una morsa. Don Arturo, presumía de ser experto en cualquier tema, al ser potentado y pedante, no le gustaba la crítica y, por la cuenta que les traía, los escuchantes, muy atentos, siempre le daban la razón; Malanquilla no tenía perro en el bolsillo y en el bar convidaba a sus oyentes que se ponían morados de vino y buenas raciones de criadillas. Aunque, todo hay que decirlo, por detrás se mofaban.

En una de estas reuniones salió el tema del senderismo, uno de los oyentes, Rosendo, argumentó que había disfrutado unos días en las inmediaciones del Moncayo, recorriendo la Cueva del Caco, el Pozo de Los Aínes, el pantano de Val, el nacimiento del río Queiles, el sanatorio de Agramonte, donde hay psicofonías…, incluso que había subido a la cima del monte y pudo contemplar las impresionantes vistas. Como siempre don Arturo apostilló que vale, que muy bonito, que qué quieren que les diga. Solo le diré, don Rosendo, que la ruta de senderismo que nos acaba de describir, es una ruta, sí, señor, pero una ruta para principiantes. Porque, seamos serios, señores; ¿qué es el Moncayo comparado con la cordillera del Himalaya donde abundan los ochomiles, seismiles, cincomiles y alguno más? ¿Eh? Pues un servidor, que es alpinista, sabe por experiencia qué es eso, puesto que me ha tocado patearlo. Si quieren ustedes entro en detalle y les explico…

—No, no, no es necesario, don Arturo; si acaso pida más criadillas y vino al barman. Quizá así se le contagie la seriedad al principiante Rosendo.

— ¡Mozo! Ponga más viandas y vino, por favor –así, Malanquilla, por un módico precio, tenía barra libre para farolear sin límite ante sus camaradas.

Cualquier tema que hablaran la pandilla, don Arturo siempre estaba a la vuelta de todo; ya podía ser, natación, ciclismo, juegos de cartas, futbolín, ping pong… incluso en carrera de sacos en fiestas patronales. También era campeón.

Rosendo, que con el condumio se había puesto serio, se atrevió a explicar una vivencia con la seguridad de que a usted no le ha ocurrido nada parecido, señor Malanquilla. Resulta que hace poco me adentré en un barrio de mala catadura con el resultado que me dio por detrás un negro, no lo pude evitar. Ahora ya solo me falta subir en globo, y… Don Arturo no le dejó terminar; él siempre superaba cualquier situación. Adujo por inercia, sin titubeos, sin pensar, que yo, no hace mucho, en un club de alterne, contacté con una negra guapa, de buen porte. Le solté los cincuenta lereles convenidos, pero a la hora de la verdad, tarde ya, comprobé que la negra era un travesti, portaba un zarrio descomunal, similar al de una bestia de carga. Me pasó por la piedra sin contemplaciones, tampoco lo pude evitar… ¡Ah! y en globo también he subido, señores.

—Pero don Arturo, de qué cosas se entera uno –dijo Rosendo conteniendo la risa–, no me ha dejado explicarme; Lo que iba a decir es que el negro me dio por detrás, sí, pero un empentón en la trasera de mi coche.

— ¡Ah…! –reaccionó Malanquilla, tarde ya– No he dicho nada, no he dicho nada. Ha sido un lapsus.

Cuando se farolea en exceso, es muy fácil hacer el ridículo.

 

Vicente Galdeano Lobera 

sábado, 31 de enero de 2026

Cariñicos

 Don Longinos Prado, jefe de una oficina de extranjería, era un hombre maduro, simplón, de corta estatura, rapado al cero para disimular su calvicie, con rostro sin energía y ojos apagados; le gustaba el jolgorio y comer abundante y sin pompas. Bajo esa apariencia vulgar se escondía una persona sensible que no sabía traducir sus sentimientos en gestos o palabras. Sus experiencias con mujeres siempre fueron de pago; yo lo que necesito son cariñicos de una mujer que me quiera, una mano femenina que arregle mi casa, se sinceraba don Longinos con sus subordinados.

La cosa cambió cuando apareció por la oficina Camila, linda mulata de unos treinta años con cabello cobrizo, piel color ámbar y unos ojos claros que aturden cuando te miran. A don Longinos le resultaba imposible expresar su sentir a tan bella dama y mostró mucha opulencia como método de conquista. Camila, bastante iletrada, larga en gramática parda, perspicaz y muy zalamera, caló pronto la situación e hizo como que se dejó encandilar. 

Emparejados don Longinos y Camila, cada uno de los consortes consiguió su meta; él, la compañía de una mujer de bandera, diestra en amoríos, lo ilustró en cuestión de intimidad, de gozo, de risas y en la fiesta de todos sentidos –al tiempo pagaría caras esas lecciones–. Cariñicos, decía él; ella logró, además de la nacionalidad y traer a España a su hijo de doce años, una posición de buen nivel. Al tiempo reglamentario, Camila alumbró a Camilín, vivo retrato de su madre –menos mal–, don Longinos, entusiasmado, en la oficina, no paraba de ensalzar las proezas de su hijito; además de presumir –con todo detalle– de los cariñicos recibidos de Camila, claro.

Don Longinos añora, algo tarde, sus años de soledad; antes, sus emolumentos le alcanzaban para vivir con desahogo y para comprar cariñicos a menudo. Ahora no le alcanzan, Camila resultó una derrochona y una vaga de marca mayor. Bueno, suplía esos defectos en la cama. Algo es algo. 

Lo cierto es que Prado, después de su jornada tenía que guisar, arreglar la casa e incluso planchar la ropa. La cosa pegó tal giro que las zalamerías de Camila se trocaron en odio hacia su marido. Tres años llevaba don Longinos a la luna de valencia, es decir, sin recibir cariñicos ni nada. El jefe se desahogaba contando sus desventuras en el trabajo; las contaba con pelos y señales. 

—Hágame caso, señor Prado –le espetó un subalterno que tenía dos dedos de frente y apreciaba al jefe–; le aconsejo que no cacaree sus intimidades, el personal se pitorrea a sus espaldas y además les da nortes respecto a su esposa.

Aún añadió su ayudante que a veces es más conveniente comprar la leche por litros que mantener la vaca. Cierto.



Vicente Galdeano Lobera