—Miren, no me vengan
ustedes con chiquilladas; qué es eso de que les gusta navegar. Salir con una
barquita a dar un garbeo por la bahía protegidos por la bocana sin salir a mar
abierto…, eso, señores, eso no es navegar, eso es hacer el melón. Sépanlo ustedes.
Navegar es adentrarse con un velero y que te pille mar confusa en la costa de
la muerte, navegar es hacer frente a olas de veinte metros que te obligan a
arriar el velamen y cerrar escotillas y pasar este infierno encerrados bajo
cubierta hasta que escampe. Eso es navegar. Sabrán ustedes que les hablo con
conocimiento de causa; yo he navegado por los siete mares y les puedo ilustrar
sobre sus peligros y bondades ¿Les ilustro?
— ¡No, por favor! Ya
es suficiente, ¡le creemos, le creemos!
El navegador, don
Arturo Malanquilla, no gastaba pinta de aventurero, precisamente; era corto de
talla, rechoncho, con bigotes tipo Morsa y mofletes colgantes. Sí, parecía una
morsa. Don Arturo, presumía de ser experto en cualquier tema, al ser potentado
y pedante, no le gustaba la crítica y, por la cuenta que les traía, los
escuchantes, muy atentos, siempre le daban la razón; Malanquilla no tenía perro
en el bolsillo y en el bar convidaba a sus oyentes que se ponían morados de
vino y buenas raciones de criadillas. Aunque, todo hay que decirlo, por detrás
se mofaban.
En una de estas
reuniones salió el tema del senderismo, uno de los oyentes, Rosendo, argumentó
que había disfrutado unos días en las inmediaciones del Moncayo, recorriendo la
Cueva del Caco, el Pozo de Los Aínes, el pantano de Val, el nacimiento del río
Queiles, el sanatorio de Agramonte, donde hay psicofonías…, incluso que había
subido a la cima del monte y pudo contemplar las impresionantes vistas. Como
siempre don Arturo apostilló que vale, que muy bonito, que qué quieren que les
diga. Solo le diré, don Rosendo, que la ruta de senderismo que nos acaba de
describir, es una ruta, sí, señor, pero una ruta para principiantes. Porque,
seamos serios, señores; ¿qué es el Moncayo comparado con la cordillera del
Himalaya donde abundan los ochomiles, seismiles, cincomiles y alguno más? ¿Eh?
Pues un servidor, que es alpinista, sabe por experiencia qué es eso, puesto que
me ha tocado patearlo. Si quieren ustedes entro en detalle y les explico…
—No, no, no es
necesario, don Arturo; si acaso pida más criadillas y vino al barman. Quizá así
se le contagie la seriedad al principiante Rosendo.
— ¡Mozo! Ponga más
viandas y vino, por favor –así, Malanquilla, por un módico precio, tenía barra
libre para farolear sin límite ante sus camaradas.
Cualquier tema que
hablaran la pandilla, don Arturo siempre estaba a la vuelta de todo; ya podía
ser, natación, ciclismo, juegos de cartas, futbolín, ping pong… incluso en
carrera de sacos en fiestas patronales. También era campeón.
Rosendo, que con el
condumio se había puesto serio, se atrevió a explicar una vivencia con la
seguridad de que a usted no le ha ocurrido nada parecido, señor
Malanquilla. Resulta que hace poco me adentré en un barrio de mala
catadura con el resultado que me dio por detrás un negro, no lo pude evitar.
Ahora ya solo me falta subir en globo, y… Don Arturo no le dejó
terminar; él siempre superaba cualquier situación. Adujo por inercia, sin
titubeos, sin pensar que yo, no hace mucho, en un club de alterne, contacté
con una negra guapa, de buen porte. Le solté los cincuenta lereles convenidos,
pero a la hora de la verdad, tarde ya, comprobé que la negra era un travestí,
portaba un zarrio descomunal, similar al de una bestia de carga. Me pasó por la
piedra sin contemplaciones, no lo pude evitar… ¡Ah! y en globo también he
subido, señores.
—Pero don Arturo, de
qué cosas se entera uno –dijo Rosendo conteniendo la risa–, no me ha dejado
explicarme; Lo que iba a decir es que el negro me dio por detrás, sí, pero en la
trasera de mi coche.
— ¡Ah…! –reaccionó
Malanquilla, tarde ya– No he dicho nada, no he dicho nada. Ha sido un lapsus.
Cuando se farolea en
exceso, es muy fácil hacer el ridículo.
Vicente Galdeano
Lobera - 26/02/2026
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