Ismael, en plan campechano departía con unos clientes –Tres
hombres y una mujer que se marcaban unas raciones mientras les preparaban mesa
para comer–, en la barra de su tasca y presumía de que para regentar un negocio de hostelería hay que tener muy
buen ojo clínico con los clientes. Más que nada para saber echarse a un lado y
así evitar las patadas que te puedan arrear; es decir, para que no se vayan sin
pagar. A mí, sin ir más lejos, aún falta una para la primera vez que me
levanten ¡Ni una cerveza! Bueno soy yo. Ah, y mi camarero, a quien conocerán
ustedes cuando pasen al comedor, lo mismo. Lo tengo muy bien aleccionado.
Además si se le escapa alguno lo tiene que abonar él. Los clientes, al pasar
al comedor dijeron que el montante de las consumiciones lo añada usted al de los menús.
—Vosotros esperarme fuera –al terminar de comer, Dora se dirigió a tres acompañantes–, decís que vais a fumar, mientras arreglaré cuentas con este atontado…, digo, con el camarero, que parece servil y no muy largo de entendederas.
Dora –mujer bonita, delicado rostro, senos altos y caderas altaneras–, era llamativa sin excesos. La dama pilló a dos jóvenes, pretendidos cortejadores, en una discusión que no tardó en agriarse con reparto de insultos y sonoras bofetadas. Dora les aclaró que no perdieran el tiempo; conmigo no tenéis nada que hacer. Así zanjó la situación. Venga, hacer las paces y borrón y cuenta nueva; os convido a comer, vendrá también mi hermano –añadió la bella.
Ya, en el restaurante, Teodorín, así se llamaba el camarero, quedó deslumbrado con la simpatía y el
encanto de Dora. Que coincidencia, Teodorín, somos tocayos, mi nombre es Teodora, pero me llaman Dorita. El mozo, un petimetre flaco, desgarbado, con pelo pincho que quizá no había conocido mujer, solo tenía ojos y oídos para Dorita, desatedía las demás mesas y comandas de cocina. Ella, muy perspicaz, le tomó las medidas al pollo y se propuso sacar tajada.
—Teodorín, tráeme la cuenta, que me aguardan fuera mis amigos; otro día continuamos la cháchara –dijo ella mientras le acariciaba con la mirada y con su mano el brazo al camarero.
Sonó el móvil, Dora con gesto preocupado dijo que era una llamada importante y había poca cobertura en la sala. Enseguida vuelvo y te pago –salió fuera.
—¡Vámonos deprisa! –dijo a sus compinches–, cuando este atontado reaccione, que nos eche un galgo.
Eso del ojo clínico, como todo, es muy relativo; no exime de que te la den con queso.
Vicente Galdeano Lobera.