Siempre se ha dicho que la fe mueve montañas; con la propaganda pasa lo mismo, o casi. No es una citación literal eso de mover montañas geográficas, sino una demostración de que con fe se superan obstáculos imposibles. Este recurso –la propaganda, digo–, si indagamos, viene de muy lejos, pero nos centraremos en la actualidad. Solo hay que ver las distintas televisiones, radios, rotativos y medios de comunicación; los dirigentes de turno suelen untar bien a estas entidades para que digan lo que tienen que decir. Pero sobre todo para que callen lo que tienen que callar. Es decir, la propaganda, manejada con astucia, obra milagros para arrimar el ascua a su sardina. Las redes sociales, Facebook, Instagram, YouTube y otras intentan, con poco éxito, contrarrestar esto; claro, gran parte del paisanaje tiene muy arraigada la costumbre de dar por bueno lo que echan por TV.
Pasa lo mismo en
distintas actividades artísticas y literarias, como no pasen por el redil
publicitario no se comerán una rosca y a veces aun pasando.
En esto de la
literatura, a distintos personajes y personajillos que salen en la tele, con
esto de la propaganda, les ha salido el sol; cualquier mindundi que alborota en
tertulias y en programas rosas, que jamás leyeron algún libro, editoriales de
fuste los contratan y les facilitan negros para que publiquen y parezcan
escritores. Y no digamos si son políticos o gobernantes; estos tramposos, por
lo menos sacan tajada. Ya dijimos que la propaganda obra milagros.
Luego están los otros,
los de a pie, que con esto de la autoedición han proliferado como hongos; los
plumillas con ínfulas de escritores que se sienten realizados con el autobombo
excesivo. Fechas atrás, en el Día del Libro, compré una obra breve, unas
setenta páginas, la autora –una joven de muy buenas prendas, que me firmó un
ejemplar–, según averigüé, Brisa era acérrima entusiasta de las letras y la cultura,
se recorría todas asociaciones de lectura regionales para promocionar su libro
y sabía rodearse de personas influyentes que le publicitaran su obra. La autora
–mujer hermosa con sonrisa prometedora–, se presentaba como escritora y
archivista. Sin esfuerzo se vio rodeada de una caterva de eruditos, críticos
literarios, escribidores, escritores de medio pelo…, incluso algún concejal
(Brisa vendía la moto como que su libro era el summum del romanticismo
trasladado a la actualidad más actual, pero opinadores de prestigio aseveran
que la obra tiene una prosa muy pobre, rayando lo cursi y muy a nivel de una
redacción escolar. Qué le vamos a hacer). Todos estos fulanos, si la leyeron,
demostraron ser mediocres, pero se volcaron para congraciarse y ayudar a Brisa
a promocionar su obra; quizá subyace en la intención de todos ellos el obtener
de la bella algo más que su sonrisa; vana pretensión, poco a poco, estos
admiradores fueron cayendo del burro. Con todo y con eso, es de admirar el
trabajo que conlleva la autora con tanta propaganda. Sin sacar tajada, claro;
sonreír todo el rato, darse a entender que yo leo para ser más
inteligente; yo leo cientos de libros, por eso soy escritora; yo leo para ser
mejor persona… y perlas así.
Propaganda sí,
dosificada y con cautela, a poder ser con méritos. “Venderse” a sí mismo no. Es
desagradable el autoelogio. Para cualquiera.
Vicente Galdeano Lobera.