sábado, 31 de enero de 2026

Cariñicos

 Don Longinos Prado, jefe de una oficina de extranjería, era un hombre maduro, simplón, de corta estatura, rapado al cero para disimular su calvicie, con rostro sin energía y ojos apagados; le gustaba el jolgorio y comer abundante y sin pompas. Bajo esa apariencia vulgar se escondía una persona sensible que no sabía traducir sus sentimientos en gestos o palabras. Sus experiencias con mujeres siempre fueron de pago; yo lo que necesito son cariñicos de una mujer que me quiera, una mano femenina que arregle mi casa, se sinceraba don Longinos con sus subordinados.

La cosa cambió cuando apareció por la oficina Camila, linda mulata de unos treinta años con cabello cobrizo, piel color ámbar y unos ojos claros que aturden cuando te miran. A don Longinos le resultaba imposible expresar su sentir a tan bella dama y mostró mucha opulencia como método de conquista. Camila, bastante iletrada, larga en gramática parda, perspicaz y muy zalamera, caló pronto la situación e hizo como que se dejó encandilar. 

Emparejados don Longinos y Camila, cada uno de los consortes consiguió su meta; él, la compañía de una mujer de bandera, diestra en amoríos, lo ilustró en cuestión de intimidad, de gozo, de risas y en la fiesta de todos sentidos –al tiempo pagaría caras esas lecciones–. Cariñicos, decía él; ella logró, además de la nacionalidad y traer a España a su hijo de doce años, una posición de buen nivel. Al tiempo reglamentario, Camila alumbró a Camilín, vivo retrato de su madre –menos mal–, don Longinos, entusiasmado, en la oficina, no paraba de ensalzar las proezas de su hijito; además de presumir –con todo detalle– de los cariñicos recibidos de Camila, claro.

Don Longinos añora, algo tarde, sus años de soledad; antes, sus emolumentos le alcanzaban para vivir con desahogo y para comprar cariñicos a menudo. Ahora no le alcanzan, Camila resultó una derrochona y una vaga de marca mayor. Bueno, suplía esos defectos en la cama. Algo es algo. 

Lo cierto es que Prado, después de su jornada tenía que guisar, arreglar la casa e incluso planchar la ropa. La cosa pegó tal giro que las zalamerías de Camila se trocaron en odio hacia su marido. Tres años llevaba don Longinos a la luna de valencia, es decir, sin recibir cariñicos ni nada. El jefe se desahogaba contando sus desventuras en el trabajo; las contaba con pelos y señales. 

—Hágame caso, señor Prado –le espetó un subalterno que tenía dos dedos de frente y apreciaba al jefe–; le aconsejo que no cacaree sus intimidades, el personal se pitorrea a sus espaldas y además les da nortes respecto a su esposa.

Aún añadió su ayudante que a veces es más conveniente comprar la leche por litros que mantener la vaca. Cierto.



Vicente Galdeano Lobera 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Lotería

 —Muy buenas… ¿Qué desean los señores? –Se dirigió el metre a dos fulanos treintañeros en un restaurante de alto copete.

—Pues veníamos a comer, a comer pescado, pero de lo más caro, ¿eh? Somos ricos y sepa usted que disponemos de muchas pesetas.

—Pesetas, pesetas… –Paquico siempre repetía la última palabra de su amigo Jesusín, bien como eco o por lisonja.

Los fulanos gastaban una pinta de palurdos que tiraban de espalda, Jesusín era larguirucho, con cara afilada de una fealdad sublime, y miraba con la boca abierta como los tontos; usaba vestimenta muy ajustada y de colorines, en plan moderno. Paquico, más bajo que su amigo, pero recio, era un hombre amarillento, con la cara más ancha que la frente, los ojos mustios y en la boca pocos dientes oscuros y en desorden, vestía igual que el otro y su aspecto era desagradable. Los dos amigos llevaban boina calada hasta los ojos. Pero estaban forrados, les tocó el gordo en la lotería.

El metre barruntó que los colegas tenían viruta, pasó por alto lo del aspecto y los situó en una mesa discreta con vistas al mar. Les mostró la carta. 

—Bien, qué van a comer los señores… –el maestresala reprimió como pudo una carcajada, Paquico miraba con suma atención la carta, pero la tenía al revés.

—Mire –dijo Jesusín–, resulta que nosotros tenemos dinero y queremos comer bien y, sobre todo, de lo más caro. Como esta cartulina no la entendemos muy bien, aconséjenos usted –usted, usted, repitió como un eco Paquico.

El metre les recomendó como entrante unas angulas, son especialidad de la casa y, sobre todo, son caras (caras, caras, respondió el eco). Lo de las angulas les moló. Venga pues, nos ponga angulas (angulas, angulas) 

— ¿Cuántas desean los señores?

Los fulanos se miraron confusos, pero Jesusín, en plan experto, mirando al techo como si sacara cuentas, contestó que cinco, a cada uno nos ponga usted cinco (cinco, cinco).

Les sirvieron las gulas –estos julais que no entienden, con gulas van que arden– bien emplatadas en tartera de barro; casi no se veían las cinco gulas. Para beber sacaron un Verdejo de gran precio, claro. Jesusín, como “experto”, pidió gaseosa para mezclar (mezclar, mezclar). Menos mal que las sirvieron al ajillo con abundante salsa picante y los comensales se hartaron de mojar pan. Paquico no quedó muy convencido con las viandas de la ciudad; Jesusín que también era tonto, pero con más iniciativa, le aclaró que tendría que acostumbrarse a comer como los ricos, que es lo que mola, hombre, que es lo que mola, o nos van a tomar por catetos (catetos, catetos). 

—De segundo me permito sugerir a los señores un besugo al horno que es también nuestra especialidad, y también es caro. Está para chuparse los dedos.

Los amigos se miraron algo confusos. Escarmentados con eso de las angulas demandaron quince besugos ¿Quince besugos? ¿Están seguros los señores? Jesusín respondió que sí; como tenemos dinero, para cada uno pónganos usted quince besugos (besugos, besugos). 

—Los señores serán servidos –contestó el metre.

Quizá produzca nostalgia aquella época en que en cada aldea había un tonto. Como mucho dos –ahora, además de tontos, si contamos los vagos, los fanáticos y los sectarios,  todos subvencionados, hay multitud–. Estos personajes, que solían ser pacíficos, trabajar, lo que se dice trabajar, trabajaban poco, más bien nada; claro, como son tontos… Pero si quitamos que de vez en cuando recibían alguna mano de palos, burlas y algún chapuzón en el abrevadero, no tenían mal pasar, no; además los más avispados de la comarca los empleaban –a estos tontos– de correveidiles, recaderos y otros menesteres. Y tampoco hacían la mili. A Jesusín y Paquico, tontos oficiales del pueblo, a finales de los años setenta, les salió el sol con esto de la democracia; el departamento correspondiente los consideró deficientes intelectuales –en vez de tontos–, y les concedió paga y, con programas de integración, organizaron viajes culturales. En uno de esos viajes, les llevaron a estos “deficientes” con otros de la comarca a la ciudad –Jesusín y Paquito se escabulleron y se pasaron el día jugando al futbolín hasta la hora de regreso. En la sala de juegos sacaron dos décimos a la lotería. Y mira tú por dónde les tocó el gordo y de la noche a la mañana se volvieron ricos.

— ¿Ves, Paquico…? Esto de la democracia funciona y es fabuloso; sin ir más lejos a nosotros las autoridades nos dieron paga, y encima, ahora nos toca la lotería; todo gracias a la democracia (Democracia, democracia). Democracia bendita (Bendita, bendita…).

Como nuevos ricos decidieron que ya es hora de comer como los millonarios que somos. Viajaremos al norte y nos hartamos de cosas exquisitas. Ya está bien de comer a todas horas cocido maragato con todos avíos, de comer jamón y embutidos comarcales, de frutas y hortalizas que nos salen por las orejas. Ahora que somos potentados, solo comeremos exquisiteces. Vaya que sí.

Está visto que el dinero –el único dios verdadero, que dijo aquel– trastoca el comportamiento a los más pintados. Incluso a los tontos.


Vicente Galdeano Lobera 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Cosas de química

— ¿De qué va la manifa de hoy, compañeros? –preguntó don Timoteo, que andaba en la luna.

—Eso da lo mismo, ¡de lo que sea, hombre, de lo que sea! Siempre y cuando vaya en favor de las políticas de igualdad y lenguaje inclusivo, del feminismo, del colectivo LGBTIQ, o contra el machismo, o relativo al cambio climático y, sobre todo, lo que sea conforme a nuestra causa en favor del progresismo –respondió en plan proclama un sujeto de pinta desastrada–. Oye, ¿tú no serás facha…?

Don Timoteo se sintió insultado y casi respondió que si me llamas fascista solo consigues que sepa que estoy ante un imbécil. Pero se limitó a bailarle el agua al desastrado y sonreír con una alegría tonta para demostrar estar en la onda.

Las cosas, tanto buenas como malas, suelen surgir de chiripa y donde menos piensas salta la liebre. El caso es que don Timoteo Melgarejos un día se vio envuelto en una manifestación y entre el tropel de gente –una chusma de malencarados, zafios, feminazis, ineptos y violentos, todos con subvenciones, que conforman su medio de vida–, no le quedó otra que seguir adelante. Esta chusma repetía como papagayos y sin entusiasmo consignas buenistas y feministas hasta el empalago. A ver si hay suerte y escapo sin “cobrar” de los guardias, pensó Melgarejos. Se dijo en voz baja que vaya una manera más funesta de ganarse la vida; una moza algo voluminosa que lo oyó le espetó eso de: todo lo que quieras, galán, pero más funesto es madrugar. 

El caso es que don Timoteo se enroló con la pandilla de perroflautas. Lo cierto es que nunca se las había visto más gordas; ahí podría aprender a vivir del cuento, ahí había barra libre de carajillos y posibilidad de comerse algún torrao, ahí también podía alternar y arrimar material a camaradas más bien amplias, pero ayuno como estaba de arrumacos, tiempos ha, carecía de líneas rojas. Exento de gallardía –don Timoteo era pequeñito, calvo, algo arrugado y con mala color–, no podía exigir mucho, el hombre. 

En su nueva andadura, Melgarejos tanteó el terreno para arrimarse a algunas prójimas presentables, pero amén del fuchi, fuchi despectivo, algún sopapo cobró. Tuvo que cambiar los derroteros. Encontró la horma de su zapato con Rosina, colega con quien sintonizó y obtuvo su objetivo de rascar bola. Rosina era una jaquetona gruesa, con papada y cara ancha, con voz chillona y desagradable. Parecían el punto y la i, pero don Timoteo iba a lo que iba, sin tiquismiquis. Se metió por medio Remedios –alta, desgarbada con cara de hombre, cetrina y nariz descomunal–, que como competidora de Rosina, se propuso quitarle el novio. Y a las dos les iba la marcha. Con estas rivalidades, Melgarejos, en días alternos, se ponía las botas; justo su propósito. Hasta que surgió lo de cumplimentar a las dos novias el mismo día (una por la tarde y otra de noche). Por mucho pan, nunca es mal año, se dijo. Pero claro, don Timoteo, cercano a los sesenta, entusiasmo tenía mucho, pero de vigor, lo que se dice vigor, andaba justo. Echó mano de la química, es decir, de la viagra, y también de las matemáticas: a más mujeres, más química –hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad–. Tomó dosis para contentar a cuatro hembras.

Doña Eduarda, la sirvienta, encontró al señor Melgarejos en el recibidor medio desvestido en el suelo y con los ojos en blanco. Igual que muerto. Asustada, a punto estuvo de salir pitando. Lo pensó mejor y llamó a emergencias. Menos mal. Diez días estuvo don Timoteo en la UCI hasta pasar a planta ordinaria del hospital. 

Ya en casa, medio recuperado, los camaradas preguntaron a Melgarejos que qué le había pasado. Respondió que era cosa del COVID-19. 

---¡Ah!, claro, claro... --Los camaradas eran comprensivos.

Vicente Galdeano Lobera 


viernes, 31 de octubre de 2025

Campanada

Don Aurelio Cuartero, con sus treinta y tantos a la espalda y sin vender ni una escoba, presume de no tener ni un pelo de tonto; Presumir sale gratis. Pero hay quien lo cataloga como un donnadie con tontez recubierta de imbecilidades. Convendría indagar qué apreciación es más certera. Trabaja de carretillero sólo dos días a la semana; el resto de tiempo lo emplea en fantasear, pues piensa dar la campanada. Don Aurelio es alto y flaco, pero con cintura ancha muy en desacuerdo con su delgadez; sin embargo pretende ser moderno, muy moderno. Para ese menester paga a una asesora para que le aconseje cómo vestir, cómo presentarse, cómo impactar y cómo triunfar. 

Con intención de dar esa campanada que dijimos, don Aurelio dispuso asaltar el cielo de la fama haciéndose influenciador en internet, profesión muy de moda ahora. Contrató una empresa audiovisual que lo sableó a modo. Grabaron un par de vídeos con calidad de primer orden, donde don Aurelio se presentó como entrenador personal, nutricionista, orientador en moda y coches. También se anunciaba como experto en mujeres, con un método de conquista infalible; según él, claro. En pantalla aparecía Cuartero –aconsejado por la asesora– mal peinado y teñido con reflejos verdes, camiseta estampada, vaqueros rotos y deportivos verde pistacho. Con esas trazas, está visto que lo de la campanada tendrá que esperar. En la red, sus vídeos apenas tuvieron visitas, pero soportó comentarios llenos de pitorreo. Dineros tirados; es que el personal no sabe valorar mis consejos. Cultura, es lo que necesita el país –se justificaba don Aurelio.

Desechado lo de las redes sociales, Cuartero logró reunir una pandilla de allegados –discípulos, decía él–, que se reunían dos horas a la semana en una tasca, y por el módico precio de unas raciones de papas, madejas y torreznos, todo regado de buen morapio les enseñaba el arte de conquistar féminas. 

Don Aurelio, como experto les vendió la moto a sus discípulos que toda enseñanza requiere su método, en el cortejo también. Por tanto, catalogamos a las hembras del uno al diez. Comenzamos con el 1, mujeres con pinta de trolls; 2, te da repugnancia el besarlas; 3 o 4, sólo si estás desesperado, pero son feas a carta cabal; 5, la cosa empieza a despuntar, pero sin aspavientos; 6 o 7, a partir de ahí una mujer ya merece la pena; 8 o 9, son tías super guapas que se tienen que sacudir a los moscones a manotazos, tienes que destacar mucho para que te hagan caso; 10, son como diosas caminando por la tierra: hay que sopesar si conviene gastar tiempo y dineros con ellas. Cuartero era hábil con las palabras y mucho más con las exageraciones, y los alumnos con las teorías del maestro quedaban embelesados. Pero, claro, al poner en práctica estas enseñanzas no se comían una rosca. Por eso, preguntaron al maestro una muestra de sus conquistas, para hacer ellos lo mismo, don Aurelio contestó que él estaba allí para enseñar, no para hablar de su vida privada. Notaron que las lecciones del maestro eran mucho ruido y pocas nueces. Al no sacar tajada se cansaron de hacer el primo y, poco a poco, se abrieron en retirada. Y don Aurelio, otra vez sin dar la campanada. Ya inventaré otra treta, ya. Tengo claro que daré la campanada y me forraré; Cuartero no se desanimaba así como así.

Don Aurelio Cuartero, sin afición al trabajo, era muy propenso a promocionarse en exceso y con mucho ruido. Pero es sabido que las latas vacías son las más ruidosas.



Vicente Galdeano Lobera

sábado, 20 de septiembre de 2025

Agudo recio de campo

 Don Jenaro Porro, es alcalde de un pueblo de unos cuatrocientos vecinos censados, mayormente extranjeros; envanecido más de la cuenta, pretendía que los súbditos le trataran de Excelentísimo, de Señoría o de alguna cortesía similar y rimbombante. Vana pretensión, el tiempo y las circunstancias quizá le bajarían los humos. Don Jenaro no era precisamente un galán; cejijunto, mal encarado y mal afeitado; a menudo se presentaba en los plenos con boina, chaleco, pantalón arremangado y albarcas. Parecía un menesteroso. Se conoce que tenía muy arraigadas las maneras pueblerinas. Era pequeño, abultado como un barril y patizambo como Quevedo –aunque sin pizca de ingenio, claro–; ya sabemos que el hábito no hace al monje, pero con semejante facha, cundía el pitorreo y don Jenaro se subía por las paredes. Así y todo, le pilló tal apego al cargo, que el alcalde marchaba revestido con gesto grave y con el vara de mando hasta para echar la partida en la tasca. Por cierto, Porro, además de ser tacaño como el ciego del Lazarillo, era también tramposo a las cartas; pero topó con el Simeón, que no soportaba engaños y armaron tal guirigay en el bar, que a pesar de advertirle el regidor que esta vara significa autoridad, de milagro no cobró. Simeón se conformó con partir la vara y aventarla. Porro dijo que emprendería acciones legales; Simeón contestó que no se ponga usted tonto, alcalde, no vaya a ser que lo emprenda a patadas. 

El historial laboral del señor Porro no es demasiado frondoso; de destripaterrones, pasó a peón en una industria azucarera de la zona, con tan mala suerte que la fábrica cesó su actividad al poco tiempo. Menos mal que un banco puso una oficina en el pueblo. Don Jenaro, por influencia de su señor padre –su progenitor llevaba veinticinco años de alcalde en la localidad–, entró de oficinista en la entidad. Como empleado bancario, Porro alcanzó una merecida fama de torpe y organizaba cada zapatiesta que espantaba a la clientela. Mostraremos una de estas grescas que protagonizó Porro con Tomás, el del molino; cuando incorporaron la informática a las oficinas, Jenaro manejaba algo las cuatro reglas, y eso con cierta dificultad. Pero de ordenadores sabía menos que nada. Y resulta que el molinero acudió a la oficina a quitar la orden de domiciliación de unos recibos:

—Imposible, señor Tomás, tendrá usted que dirigirse a la compañía aseguradora y decir que no le pasen el recibo –respondió airado Jenaro, que no sabía cómo hacerlo.

—Pero, hombre, lo mismo que dí orden de pago, con las mismas, ahora la quito. Que el dinero es mío.

Voceando buen rato, no hubo manera de ponerse de acuerdo. El molinero, harto ya, le dijo al Porro que yo tengo un sistema para no pagar los recibos; es infalible. 

— ¿Qué sistema es ese, pues?

—Muy sencillo; dame todas perras y dejaremos mi cuenta a cero, ¿verdad que así no atenderás mis recibos?

—Si no hay dinero, es imposible pagar, claro.

—Hale pues, dame las perras que tengo prisa.

El Porro protagonizó distintas proezas de este estilo y la entidad lo despidió, claro.

Ahí tenemos al Porro desocupado. Pero coincidió con el cambio de régimen donde proliferaron como hongos los partidos políticos y los sindicalistas. Como de casta le viene al galgo, Jenaro se apuntó al carro; se unió a un partido y lo propusieron para alcalde. A pesar de su pinta de tonto recio campestre, salió elegido –los paisanos, que no debían ser muy agudos, quizá sopesaron que quién mejor que el hijo del Ceporro, le apodaban así, para regidor

Don Jenaro Porro, ya con mando en plaza y todos avíos, vio que esto de la democracia es un sistema estupendo para forrarse… digo, para que el pueblo vote al mejor, y el pueblo nunca se equivoca. Por algo me han elegido a mí. 

Jenaro Porro le pilló el tranquillo al cargo; en comparación, su señor padre queda como aprendiz. Se dedicó a empadronar a foráneos de todo pelaje –migrantes, los llamaba él– y así se aseguraba buen plantero de votos para próximas legislaturas. comenzó a expresarse con un lenguaje “progre” y empleaba términos que ni él entendía, pero sonaba muy culto. Aquí mostramos alguna palabras:

Diversidad, inclusivo, extractivismo, misógino, identitario, empoderamiento, gesta, transparentar, resiliente, sostenible, inclusión social, racismo, todes, amigxs, discurso de odio, poderes fácticos, sexualidad fluida, el lado correcto de la Historia, memoria histórica, cambio climático… Provocaba hilaridad ver al Ceporro expresarse en plan finolis. También demostró pericia para afanar buenas mordidas de los presupuestos del concejo e inventar partidas que iban directamente a su bolsillo. Vive Dios que en cada mandato, Porro se enriquecía. Y ya llevaba seis legislaturas.

Pero, claro, don Jenaro tenía una voracidad insaciable, no ponía tasa a sus rapiñas y los opositores, que no se chupaban el dedo, le seguían el rastro como sabuesos. Lo pillaron con el paso cambiado en un par de asuntos; asuntos de miles de euros, uno de él y otro de su esposa, que lo airearon en la prensa, con vistas a procesarlo en cuanto consiguieran pruebas. Al Ceporro no le preocupaban estas amenazas, que las consideraba que entraban en su salario como alcalde. El sueldo también contemplaba las protestas vecinales por teléfono. Un día llamaron para protestar que la calle principal del pueblo estaba muy sucia, imposible, contestó airado, desde que soy alcalde, y llevo ya unos cuantos años, mantengo la localidad limpia como la patena. Para eso pasa a menudo mi brigada de limpieza --No pudo continuar, colgaron--. Falso; lo que pasaba y muy a menudo eran los ganados, poniendo todo lleno de suciedad, moscas y caparras. Porro, vengativo, quiso averiguar quién osaba dudar de su probidad. Marcó el número reflejado a ver quién era.

—Diga…

—Oiga, no será usted primo del Hilario del Pozuelo…

—No, no conozco a ningún Hilario, pero ¿Quién llama?

—Eso no viene a cuento. A mí lo que me interesa es el número del Hilario, y ya de paso, saber quién es usted, que me ha llamado hace un poco y me ha cortado.

—Eso tampoco viene a cuento. Oiga, ¿no será usted un señor patizambo, pequeño, feo y con fama de mangante, al que le partieron el bastón de mando?

—Sepa que averiguaré quién es y emprenderé acciones legales contra usted por injurias.

—Pues yo avisaré al Simeón y la emprenderá a patadas con usted. Que ya sabe cómo las gasta –fin del diálogo.

Cundían muchos dimes y diretes por el pueblo pero nunca habían conseguido encausar al alcalde. Si ladran, que ladren; yo a lo mío. Es decir, a forrarme más aún. Y el que venga atrás que arree. Cuando tantos me votan, es señal de que no lo hago tan mal.

En un pleno, a Jenaro Porro le sacaron a relucir, entre otras cosas, los más de 300.000 euros gastados en el campo fútbol, que después de tres años sigue siendo un barrizal; y los 7.000 euros invertidos en un solar para poner un jardín y sólo han puesto dos bancos para tomar la fresca ¡Exigimos dimisión! ¡Váyase, señor Porro!

El Ceporro dijo que nastis, mientras los vecinos, vecinas y vecines –Porro empleaba lenguaje inclusivo– me voten, seguiré de mandatario. Aunque les moleste. El pueblo me ha puesto y el pueblo me quitará. Puedo añadir que todas las partidas presupuestadas en esta localidad se invierten aquí, sin salir de la comarca. No necesito viajar a Andorra, ni a Suiza ni a República Dominicana. Sepan ustedes que yo no soy ningún Pujol, ningún Felipe, ni ningún Bono. Ahí es donde yo quería llegar.


Vicente Galdeano Lobera

lunes, 18 de agosto de 2025

Maravilla

 Hoy repasamos, muy por encima, la biografía de un antiguo conocido de relatos anteriores; maese Cesarín, dominador del arte de vivir bien sin casi dar palo al agua. Maese Cesarín, siempre en vanguardia de las modas más modernas. Tan moderno que no necesita de lecturas, de Historia, ni de periódicos para informarse; ve esto como una gran pérdida de tiempo: no, no, no, no… para eso ya está la televisión que pagamos entre todos, desde donde el gobierno, que votó el pueblo, te informa de la verdad más verdadera por medio de profesionales que comunican con arreglo a la legislación vigente; sin tendencia ninguna. Amén de los amigos del bar. Esos saben de todo; allí se desmenuza y si les hicieran caso, se arreglaría toda la actualidad más actual

Cesarín es un setentón muy dicharachero, muy ocurrente y a ratos muy gracioso. Dotado de labia admirable, tiene extensa nómina de amigos y casi siempre es el centro de cualquier reunión. De figura normal, no gasta panza cervecera, ni bigote mejicano, ni va esquilado al cero –que tanto mola ahora–, ni lleva tatuajes… Gasta figura como los de antes; sin llegar a ser un Robert Redford, claro. Hay quien lo cataloga, con buen criterio, como un señor híper-súper-mega-guay; así, de tirón. Maese Cesarín enviudó hace unos años; sobrellevó con pena la pérdida de su santa esposa y después de un tiempo de duelo decidió hacer vida normal. Que la vida sigue, así que se dejó de pesares y a otra cosa, mariposa. 

Puesto manos a la obra, su propósito era conseguir compañía. Con su buena posición, Cesarín se las prometía de la maravilla más maravillosa, conseguiría sin problemas el cariño de una mujer joven y de bandera. Y ya de paso dar en los morros a los cotillas de la vecindad; eso sería maravilloso, oso. Conque adelante con los faroles, a programar viajes y cruceros se ha dicho. Bien acompañado, con buenos dineros y en plan maravilloso. Pero en lo relativo a la compañía, maese Cesarín erró el tiro. El acompañamiento no era acorde a sus deseos, estas novias –se le conocieron una veintena– eran de elevada edad, de distintos tamaños y caracteres y no muy agraciadas. Claro, conseguir al dedillo todos tus anhelos no pasa de ser una utopía. Eso sí que sería maravilloso, oso. Pero, bueno, se trataba de ir acompañado y se pasaba buena parte del año alojado en buenos hoteles y en la costa del Azahar donde tenía un departamento a pie de playa. Todo en plan maravilloso, claro. Por fin sonó la flauta; en uno de estos viajes maese Cesarín conoció a Isabella, dama argentina algo entrada en años, que tendría sus horas de vuelo, pero se le adivinaba un pasado de belleza deslumbrante. Y aún le quedaban vestigios de hermosura, que acompañada de la musicalidad característica de su habla y sus maneras exquisitas encandiló pronto al galán. 

El comienzo de idilio siguió su cauce normal, algo lento pero iba adelante. Todas las noches cenaban juntos el maese e Isabella –llamame Bella, que es como me nombran mis amigos, y vos sos más que amigo, Cesarín–, ella buena conversadora con sus maneras refinadas dominaba la situación:

—Che, ¿viste? Me gustás mucho y no sé qué me pasa que solo pienso en vos ¿Te animás a cruzar el charco conmigo? Sho sabré contentaros. Vos sos solvente, Cesarín, y si  lo juntamos con mi magnetismo la felicidad la tenés garantizada, viejo.

Maese Cesarín quedaba pasmado con estas frases y otras más insinuantes, pero la verdad es que no rascaba bola con la famosa Bella. La convidaba a cenar de contínuo pero ella antes de medianoche se retiraba a su aposento con un “sos fabuloso, sos caballero, estimado Cesarín”. Y le estampaba dos besos en las mejillas. Ahí Cesarín no vio maravilla. Por ningún lado.

A los días, estaban los tórtolos cenando en un local con más gente y ruido de lo aconsejable y una gran pantalla de TV estaban retransmitiendo una champion league, o algo así; resulta que la Bella era entusiasta del deporte.Tan así que apenas atendía a su galán. 

Maese Cesarín, que ya se había marcado un par de carajillos cortos de café, visiblemente mosqueado y cansado ya de ni siquiera rozar, y de que la Bella pasara de él, le soltó a bocajarro algo así como:

—Mire usted, mijita, bella dama…, a mí que me gusta todo lo maravilloso, lo del deporte ni me va, ni me viene. Es más, ahí no veo maravilla ninguna. Se lo diré claro con toda claridad, y en su idioma, entiéndalo bien; a mí lo que me gusta es “coger”, y con usted no hay manera ¿Queda clarinete?

—Pero chavón, rescatate que no sos pibe –respondió airada la Bella–, vos sos güevón, o boludo, o pelotudo o las tres cosas –Isabella levantó la mano para arrear al galán.

Menos mal que maese Cesarín era ligero de pies y se zafó a tiempo. 


Vicente Galdeano Lobera

jueves, 17 de julio de 2025

Pacorra

   

      Dadas las circunstancias, Pacorro sin perder comba decidió cambiar de sexo; es un logro conseguido absolutamente legal que ofrece beneficios –sobre todo si se desemboca en mujer– y, bueno, lo principal es que Pacorro vio claro que haciéndose mujer obtendría ventajas. Su físico no le acompañaba; con aspecto de un enorme portero de burdel, con enorme barriga cervecera, con barbas y bigotes desaseados, y con intento de disimular su calva entrecruzando el cabello de una parte a otra de su cabeza, resultaba feo a carta cabal. Pacorro daba horror al miedo.

      Hechos los trámites en el Registro Civil, Pacorro con cierta rapidez se convirtió en Paquita. Así rezaba en su documento de identidad: Francisca Gracia Gracia. Aunque gracia, lo que se dice gracia, Paquita tenía poca. Esta es la mía –se dijo–, sin pérdida de tiempo, se apuntaría a la sartén grande, digo…, ingresaría en el Ejército, Policía, Guardia Civil, Ayuntamiento, Bomberos o cualquier brazo oficial para ser funcionaria; donde la admitieran. Al ser mujer, son menores las exigencias de ingreso. ¡Ya basta de tanta selectividad machista, hombre! ¡Ya basta! ¡Ahora nos toca a nosotras! Pero no la admitieron. En Bomberos, único estamento que, por cierta recomendación, la llamaron, ya en la prueba presencial le dijeron que nones, que sobrepasaba la edad reglamentaria. Amén del pitorreo que el funcionario disimuló como pudo al ver la facha de Paquita, claro. 

      Francisca Gracia vio con tristeza esfumarse la posibilidad de ser burócrata, oficio que ella consideraba parecido a rascarse la barriga, además de trampolín para subir a puestos altos; incluso para hacerse concejal.

      A Paquita no le quedó otra, al menos de momento, que seguir con su puesto de barrendero –bueno, ahora de barrendera– en la demarcación asignada por el Concejo. Ya tocaría ella las teclas necesarias para ver si suena la flauta de una vez y subir en el escalafón.

      Bueno, mientras sonaba la flauta o no, Paquita se apuntó a un gimnasio. Allí, seguro que conectaría con otras mujeres y aprendería las maneras de conducta adecuadas a su nuevas condición; y si de paso podía acercar material y, disimulando, arrimarse a alguna jaca de buen ver, pues mejor que mejor. Total, todo quedará entre mujeres. Porque yo soy mujer, no lo olviden. Lo pone en mi DNI. A Paquita, aun con su nueva identidad, le atraían las mujeres; el problema es que dada su facha, espantaba a todas. Y no, no daba el pego. 

      Al rellenar la ficha del gimnasio surgieron las primeras pegas:

      —A ver, su nombre, caballero…

      —Sabrá usted, señor, que soy mujer, me llamo Francisca Gracia Gracia, pero familiarmente soy Paquita.

      — ¿Paquita? –El responsable le miró como a un extraterrestre– Muéstreme su documento identificativo. Bien, Pacorra…, digo Paca; si le parece lo dejaremos en Paca. Dada su envergadura, me cuesta trabajo llamarle Paquita.

      No le quedó otra que admitirla como mujer. A regañadientes y con bastante guasa, el responsable le mostró las instalaciones y el espacio para las señoras del gimnasio. Al fin y al cabo yo me limito a cumplir con mi obligación. Ya veremos cómo se desenvuelve la cosa –se dijo.

      La cosa se desenvolvió regular. Paca acertó a entrar a los vestuarios precísamente cuando se desvestía una venus morena, mujer de majestuoso porte, con melena de cabellos negros envidiable, con busto erguido y con soberbias caderas. Se puede fingir todo lo que se quiera, pero la mirada no engaña y a Pacorra ante semejante beldad se le saltaron los ojos, se le levantó el ánimo y no pudo evitar arrimarse a ver qué cae. Lo que le cayó a Pacorra fue una ración de hostias suministrada a mano abierta por la bella que, de paso, desbarató los cabellos que cubrían la calva de Paca. Al ruido del barullo acudieron varias personas y también un amigo de la venus que esperaba fuera. El amigo, ya de paso, arreó candela también a la Paca –Paca se despachó con eso de: ¿no le avergüenza el agredir a una dama? ¿Eh? sepa usted que le puedo denunciar y se le caerá el pelo. Y soltó la retahíla de los insultos en boga: facha, fascista (¿?) xenófobo, racista, machista, ultraderechista…, y alguno más–. El otro argumentó que usted tiene de dama lo que yo de obispo. Pero se armó tal trifulca que acudieron los guardias para aclarar la escandalera.

      Una vez aclarado el asunto sin apenas daños, los policías preguntaron a las contendientes si deseaban presentar denuncia. Tanto la bella como Paca dijeron que no era necesario. Y usted, doña Francisca ¿Quiere denunciar a su agresor? Sepa usted que ha sufrido violencia de género por parte de varón… Pacorra no quiso meterse en danza con los jueces. Por si acaso.


Vicente Galdeano Lobera