miércoles, 14 de octubre de 2026

Rendido prologuista

Brisa, rebosaba de contenta; aunque en la editorial al ver la calidad de su novela le dieron calabazas –tenemos el cupo de edición completo, pero puede autoeditarse; nosotros por un costo razonable, nos ocupamos– había conseguido que un pardillo… digo, un mecenas –don Marcial Mir, persona influyente y no muy aguda– soltara la mosca para publicar su libro de sesenta páginas; sin rechistar. Pero sentada frente al editor, se apagó un poco; el hombre –curtido en batallas parecidas– le sugirió la conveniencia de poner un prólogo algo abultado; con doce o catorce páginas vestirían algo al muñeco. Para escribirlo habría que buscar a un crítico, o algún autor con buena pluma, o un profesor de literatura… Usted, querida Brisa, que se mueve en el mundo de las letras conoce a personas afines que supongo no tendrán inconveniente en enriquecer el libro. Si la dejamos como está, la obra queda como muy esmirriada, con el lomo del libro tan fino que ni siquiera permitiría poner el título; parecerá un folleto de instrucciones. Conviene darle cuerpo para que el lector sienta que tiene un libro de verdad y no un cuaderno de notas.

Ella dijo que sí, que en sus amistades había autores, algunos de renombre, todos amigos míos que se sentirán muy honrados de colaborar conmigo. 

Convencida  de que su libro merecía el respaldo de una firma consagrada comenzó a contactar con escritores de su círculo.

El primero en la lista fue Augusto Casamián, un novelista local que apenas pudo ocultar su espanto al leer la obra.

—Brisa, es que… justo ahora tengo entre manos  la entrega de mi nueva novela y tengo un bloqueo de escritor atroz. No me sale ni una frase, destrozaría tu libro con mi negatividad –le mintió, buscando una salida para no asociar su nombre a aquel bodrio.

Después lo intentó con Irina Vallecillo, una columnista de prensa y escritora con la que compartía tertulias. Irina leyó las primeras páginas y sintió escalofríos; la única ventaja que vio en la obra fue su brevedad. Su excusa fue un clásico de la evasión:

—Querida, esto es tan… personal y tan tuyo, que un prólogo mío solo rompería la magia. Tu obra debe hablar por sí sola, sin filtros ni intermediarios.

Uno a uno, los autores de su entorno le fueron dando excusas tipo: viajes imprevistos, alergias emocionales… Hubo uno que intentó rizar el rizo de lo absurdo, puso como excusa el cambio climático: lo siento, Brisa, pero a mí, a pesar de los negacionistas eso del clima me afecta sobremanera, llevo un tiempo que no doy pie con bola en letras. Quedó claro que los autores no tenían vocación de colaborar, todos se llamaron andana. Brisa atribuyó estas excusas a la envidia. No quieren ayudarme a brillar, se decía a sí misma.

A Brisa no le quedó otra que echar mano de Faustino Calasparra, un crítico literario de medio pelo a quien daban de lado en la tertulia, sin disimulo. Pero que andaba colado por ella –dijimos en relatos anteriores que Brisa era mujer de muy buenas prendas; se tenía que sacudir los moscones a manotazos–. Faustino era un hombre ya cuarentón, con atuendo raído y no muy apuesto que hacía lo que podía por suplementos culturales de poca tirada. Al ser reclamado por Brisa, él se esponjó de tal manera que no cabía en sí. Aceptó el encargo, sin condiciones, sin mirar el manuscrito siquiera; complacería a su musa.

Al leerlo en casa, Faustino casi se cae de espaldas. Esto es infame. Una composición de escuela primaria con pretensiones de grandeza. Pero al mirar una foto que Brisa le había dedicado –la escritora sabía lo que se hacía–, el deseo pudo más que el rigor estético. La llamó al día siguiente:

—Brisa, querida… He navegado por tus sesenta páginas. He visto una obra de una ingenuidad innovadora, un minimalismo que desafía a la sintaxis tradicional. Escribiré un prólogo que será el umbral hacia tu consagración.

Faustino Calasparra escribió un prólogo en unos términos que sonrojarían a un pedante –y a la autora si tuviera más luces–. Las comparaciones son odiosas, pero se saltó esta máxima; se atrevió a comparar el minimalismo existencial del maestro Borges, para quien un grueso volumen era un delirio empobrecedor prefiriendo siempre la brevedad. Asimismo, plasmó que la economía verbal de Rulfo resuena en estas páginas donde la autora hace una pintura de la geografía humana con pocas pinceladas. Con estas palabras y otras parecidas, el prologuista, con el encargo de pintar la mona y abultar el libreto, emborronó más de veinte páginas, y además añadió unos dibujos hechos a pluma –le costó noches en vela– para intercalar entre capítulos. Claro, Faustino echó el resto, a ver si así podía adquirir algún derecho a roce con su musa.

Brisa quedó encantada. Para celebrarlo, citó a Calasparra en el bar del centro cultural. En cuanto apareció Faustino, con su traje raído y con los dedos manchados de tinta, ella se levantó de un salto.

— ¡Faustino! ¡Eres un genio!-- Brisa, rompiendo la habitual distancia lo estrechó en un abrazo que dejó al crítico sin respiración y con la mejillas encendidas.

— ¿Te… te gusta entonces? –tartamudeó Calasparra, mientras se sentaba frente a ella. 

— ¿Gustarme? ¡Lo has salvado! El editor está entusiasmado. Dice que con tu prólogo el libro ya no parece un folleto, ¡tiene lomo! Un lomo de verdad, Faustino. Y los dibujos… –Brisa le tomó las manos por encima de la mesa –Calasparra casi se cae, la cosa ya se parecía al roce pretendido–. Tienen una sensibilidad exquisita. Has captado la esencia de mi historia mejor que yo misma. No sé cómo voy a pagarte esto.

Calasparra, abrumado por la cercanía y el perfume de Brisa esbozó una sonrisa tímida, sintió que las horas de insomnio y el esfuerzo por inflar el texto valieron la pena.

—Para mí, Brisa, el verte como una escritora consagrada es la recompensa que necesito –dijo, galante, mientras ella le acariciaba con la mirada. Faustino se sentía el crítico más importante del mundo.

—Faustino, eres un cielo, de verdad –Brisa se inclinó un poco más y le cogió otra vez las manos con los ojos brillando de entusiasmo–. Escucha, ya que estás en racha y has captado el alma de la novela… ¿te importaría hacerme otro favor? –le lanzó una sonrisa irresistible– El editor insiste en que la contraportada no puede quedar vacía. Necesitamos una sinopsis, pero yo estoy aturdida y a ti se te da de miedo sintetizar y darle ese toque especial ¿Llenarías con tu estilo la contraportada de mi libro?

¡Uf! Eso es más de lo soñado. Brisa, la mujer por la que suspiraba, confiaba ciegamente en él, no daba un paso sin él… Era la oportunidad perfecta para tenerla cerca.

—Sí, Brisa, querida… Llenaré  la contraportada de tu libro y de seis más si hace falta. Pero con una condición: déjame ser tu sombra y tu apoyo en cada paso de esta aventura.

Como quien no quiere la cosa, Faustino dio en el clavo con la sinopsis: Un prodigio de síntesis minimalista y contención narrativa. Esta concisa obra demuestra que no hacen falta grandes artificios para congelar un instante en el tiempo. A través de una sencillez radical, la autora destila la esencia de lo cotidiano en un formato directo y accesible, logrando una lectura ágil que se devora de una sola sentada que respeta el tiempo del lector moderno. 

 Cualquier tonto puede hacer un asunto complicado; y más si es pretencioso. Lo difícil es hacer algo simple: mire usted, escritora, esto es un bodrio. Yo no se lo publico ni aunque me pague. Nos ahorraremos tiempo y dinero. Sí.



Vicente Galdeano Lobera

jueves, 1 de octubre de 2026

Obra maestra

 Más de cuatro años, que se dice pronto, es lo que invirtió Brisa en escribir su obra, su gran obra maestra, para que luego venga un editor –el único que por influencias le hizo caso– a despreciarla y, encima, a leerle la cartilla. Sabrá ese sujeto qué es una obra maestra; lo que pasa es que el pobre se quedó anclado en el siglo anterior y no entiende de las nuevas tendencias literarias. O entiende demasiado y quiere plagiar mi libro, lo veo venir –pensó muy suspicaz–. Lo primero que haré es registrar mi obra en la Propiedad Intelectual. Por si las moscas.

Llamó al Registro de Propiedad Intelectual y recibió un jarro de agua fría, contestó un funcionario que con voz monótona le dijo que la próxima cita disponible es dentro de noventa días ¿Noventa días? Tres meses en los que su obra maestra, su superventas estaría desprotegida, a merced de los plagiadores que según ella acechaban en cada esquina. Brisa, con un humor de perros, tuvo que tragar.

Después, con empeño, removió Roma con Santiago y, por fin, por influencia de un concejal, tras insistir, logró que el director de una editorial mediana la recibiera en su despacho una tarde.

Brisa entró en la oficina con decisión –era mujer de muy buenas prendas y eso le daba seguridad, le abría puertas–, se sentó frente al editor, un hombre de mirada cansada con muchas canas y poco pelo, y le entregó el original, unas sesenta páginas.

—Debo confesarle, señor editor que vengo con miedo, mucho miedo –le dijo inclinándose hacia adelante–. El Registro tarda tres meses en darme cita. Me aterra pensar que mientras evalúan mi libro, alguien pueda copiarlo. Comprenderá cuando lo lea que es un superventas, que un argumento tan potente y singular corre peligro en el mercado actual. Por eso me gustaría ver publicado mi libro cuanto antes. Me pongo en sus manos, señor editor.

El editor la observó por encima de sus gafas; caray, es la primera vez que una mujer tan guapa se pone en mis manos. Aunque sea en sentido figurado, no es de despreciar, no, pensó. Al ser un hombre curtido en muchos lances de literatura era difícil de engañar. Decidió mirar las páginas, veremos qué ha escrito ésta. Él, tras mirar un par de carillas del manojo, lo catalogó como una pérdida de tiempo. La prosa era de una ingenuidad pasmosa; parecía una redacción escolar con atisbos de cuento infantil, pero todo muy mal estructurado. Viendo lo malo que era el texto, casi la manda a escaparrar. Optó por la ironía:

—Brisa, querida… vayamos por partes –dijo el editor, con calma casi paternal–; lo del plagio: le aseguro, con toda sinceridad, que no tiene porqué preocuparse; de nada. Dada la calidad y la singularidad de su obra, le garantizo que nadie, de ninguna manera, se la va a copiar. Su estilo es… inimitable.

Ella sonrió de oreja a oreja, inmune al sarcasmo que goteaba cada palabra del editor.

—Sabía que un profesional como usted sabría valorar una obra maestra –concluyó Brisa con suficiencia–. Ahora solo falta concretar fecha para la publicación e hilvanar los detalles del contrato.

—Ahí quería llegar yo, Brisa, querida… ahí quería llegar yo; en cuanto a la segunda parte, lo de publicar–continuó él, deslizando el manuscrito hacia el lado de la autora–, debo serle sincero respecto a nuestros tiempos. En este momento tenemos el cupo de edición completamente cerrado para los próximos dos años. Una lástima, pero las cosas son como son y el mercado editorial tiene su calendario.

Ella frunció el ceño, recibió un golpe bajo a su impaciencia, pero el editor no le dio tiempo a desanimarse.

—Sin embargo, para una obra así, la espera puede ser lo peor. Por eso, mi recomendación sincera es autoeditar su libro. Es una vía rápida, actual y que le otorgará el control total de su obra.

Brisa sopesó la idea. La palabra “autoedición” le sonaba menos glamorosa que firmar el contrato millonario esperado, pero la prisa de ver su nombre en las librerías pesaba más.

El editor, perspicaz, bregado en estas lides y que no daba puntada sin hilo, leyó el pensamiento de la escritora y la convenció –conteniendo como pudo la risa en la mirada–, de que autoeditar no era menoscabo para su libro; autores de fuste comenzaron así y en poco tiempo alcanzaron fama. Mire, nuestra casa cuenta con un sello filial dedicado en exclusiva a prestar servicios a autores independientes. Con mucho gusto nos ponemos a su disposición para maquetarlo, diseñarle la cubierta y gestionar la impresión según demanda. Por un precio razonable, nosotros hacemos todo el trabajo incluida la corrección ortotipográfica y de estilo. Además usted se queda con el cien por cien de sus derechos. Piénselo. Una obra tan singular no merece perderse en un cajón noventa días. 

Ella se iluminó. La perspectiva de saltarse la burocracia del registro, las listas de espera y publicar su superventas enseguida era tentadora. Es decir, picó el anzuelo. Aun así, Brisa preguntó al editor en qué consiste ese precio razonable, por si puedo hacerle frente sin ayuda. Él respondió que al ser una novela breve y contando todos servicios indicados antes, con una tirada extra de cincuenta ejemplares para compromisos personales, presentaciones y prensa, se quedaría en un total de mil seiscientos euros. Como ve, es una inversión asumible para un creador que confía en su obra. Además recuperará cada céntimo cuando el superventas salga al mercado. Piénselo, y si se decide contacte conmigo –le entregó una tarjeta– y nos ponemos manos a la obra. Espero verla pronto.

Al salir de la editorial, Brisa no pensaba tocar su cuenta bancaria, sino su agenda de contactos. Podía echar mano de algún pardillo de la corte de pretendientes  que la merodeaban. Repasó la lista de candidatos y decidió trabajarse a don Marcial Mir, hombre influyente, con peso político y no muy agudo que la mosconea tiempos ha, siempre cerca de ella con la esperanza de conseguir una cita romántica que ella dosificaba con astucia.

         Sin perder un minuto, a través de una llamada telefónica planteó el asunto a don Marcial, directamente, tal como queda explicado –le costó poco trabajo convencerlo–. No le pidió favor; le ofreció el privilegio de vivir con ella su aventura literaria. Planteó los mil seiscientos euros no como préstamo, sino como inversión a recuperar con creces cuando salga el libro.

Don Marcial, eterno enamorado, la llamada de Brisa la llevaba meses esperando. Cegado por tener cerca a la mujer de sus sueños aceptó de inmediato sin hacer preguntas sobre el argumento o la calidad de la novela.

—Considérelo hecho, querida Brisa –escuchó ella en su celular–. Páseme el número de cuenta de esa editorial. Para mí será un honor ser el mecenas de su talento.

Asunto concluido, a partir de ahí, Brisa vendía la moto como que una editorial de prestigio se ofreció a editar su obra. Al publicar con dinero ajeno, en su conciencia no mentía. Eso para que vengan con la milonga del sexo débil; en astucia, manipulación y disimulo la hembra aventaja al macho. Siempre.

Al fin y al cabo, desde la noche de los tiempos, en el arte de la persuasión, tiran más dos tetas que dos carretas. Amén.



Vicente Galdeano Lobera 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Por un pelín

Micaela notó que su relación estaba en piloto automático; le asqueaba la monotonía de Rogelio, su falta de iniciativa, su hablar de lo suyo –convenía darle siempre la razón–, hacer día tras día lo mismo, sin experiencias diferentes o espontáneas, sin detalles, sin romanticismo… Lo que colmó el vaso fue que a Micaela le soplaron –lo creyó a pies juntillas, el soplo venía de su amiga Clara– que su marido era un pelín putero ¡Hala! ¡Eso encima! ¡Hasta ahí podíamos llegar! Se divorciaron. 

En su nuevo estado, Micaela pensó que todo iría sobre ruedas; no aguantaría rarezas ni manías de nadie, y menos a puteros. Ahora podré hacer y deshacer a mi aire, redescubriendo quién soy yo sola. Pero ¡Ay amigo!, una cosa es lo que se piensa y otra la realidad. Al tiempo, Micaela redescubrió que al llegar al hogar, después del trabajo, no había nadie con quien descargar su frustración. Ya no podía poner mala cara ni hacerse la víctima; su única compañía eran la soledad y el silencio, un panorama con el que se le caía la casa encima. Decidió dar un garbeo por las redes y tantear cómo estaba el percal de las citas. Se plantó y se dijo que basta ya de solemnidades: a vivir, que son dos días. Se presentó como “mujer dinámica, con buena conversación y con sentido del humor”; es decir, se veía a las claras que estaba desesperada por hablar con alguien que no fuera el cartero.

El plantel de pretendientes que respondieron no era, precisamente, para tirar cohetes; se diría que estaban más desesperados que ella, lo cual ya es decir.

Enrique, el primer cortejador, a Micaela le costó reconocerlo. En su foto de perfil –de hacía más de una década– prometía, pero en persona espantaba. Era un cincuentón que pretendía ser un veinteañero, vestía una camisa dos tallas menos que no podía disimular su enorme barriga cervecera; llevaba unos vaqueros ajustadísimos, desgastadísimos y no muy limpios, calzaba unos deportivos que alguna vez serían blancos, pero que ahora lucían un marrón sucio digno de un pocero y unas gafas de sol de espejo reflectante dentro de la cafetería que no se las quitó en todo el rato. Para rematar el cuadro llevaba un peluquín mal pegado y muy en desacuerdo con su fisionomía –se le veían canas por debajo–, que parecía una boina pardusca sobre su cabeza. Este Enrique, dio la tabarra casi una hora de la cita y le explicó, sin dejarla hablar, los beneficios del ayuno intermitente y que las criptomonedas salvarían al mundo occidental más occidentalizado. Mientras lo miraba ajustarse el peluquín, Micaela sintió un pinchazo de nostalgia, su ex Rogelio lucía su calva con dignidad, sabía cuándo callarse y entendía de finanzas reales. Lástima que fuera un pelín putero.

Luego llegó Matías, que se autoproclamaba como “un caminante sin rumbo descifrador de la poesía oculta en los rincones de la gran ciudad”. A este, con semejante epiteto, Micaela lo catalogó de tonto, directamente. Luego se dio cuenta que se había quedado corta; era más tonto aún y, para colmo, tacaño. Este “caminante” se presentó con una camiseta llena de manchas de humedad y un aliento que tiraba de espaldas. Se pasó la velada criticando al consumismo mientras tragaba de lo más caro. Discursivamente, era incapaz de articular tres palabras sin recurrir a “sinergia” o “vibras”. Demostró habilidad para hacerse el sueco; Micaela tuvo que pagar la cena y el aparcamiento. Volvió a recordar a su marido; Rogelio era algo tacaño, pero no farolero ni cantamañanas. Ni tonto. Otro gallo cantaría si no hubiera sido un pelín putero. 

La cosa empeoró aún más cuando a la siguiente semana apareció Jacinto, un fulano  que se autoproclamó “chamán cuántico y escultor de energías”. Era un tipo digno de estudio. Avejentado, enjuto, de tez deslucida, llevaba una rala coleta que recogía sus pocos cabellos. Sus pendientes y su ropa, en un intento desesperado por parecer moderno, solo conseguían que pareciera mal vestido y fuera de lugar. El toque final lo daba su estrabismo: una mirada perdida en dos direcciones que impedían saber si te miraba a ti, al camarero o al infinito. Micaela a punto estuvo de salir pitando. Decidió quedarse, estudiar al tipo.

—Oiga, y eso de “chamán cuántico y escultor de energía”... ¿Qué es exactamente?

A Jacinto se le fue la sonrisa mística. En su perfil el título sonaba rotundo, casi erótico, carismático con pretensiones de impresionar. Pero ahí, frente a Micaela que exigía definiciones literales y tiraba a dar, no coló; se vio desarmado. Intentó recordar el estribillo que tenía preparado, ¿era su destreza para sanar? ¿Lo de moldear el aura con las manos?

—Bueno… –carraspeó mirando al suelo como si buscara algo, no esperaba preguntas así–. Es… una sinergia. Yo… esculpo. No el barro, ¿sabes?, sino el… flujo. Los campos morfogenéticos.

— ¿Los campos qué? –preguntó ella apoyando la barbilla en la mano, sonriente.

—La energía –contestó él sudando frío, viéndose pillado–. Lo que nos rodea. La física cuántica dice que todo es onda y energía. Pues yo… le doy forma. Con la mente. Y el corazón.

—Ah –asintió ella, analizando la situación–, es decir, que su oficio no le da para llegar a fin de mes. 

Ahí terminó el estudio. Jacinto soltó algunas frases inconexas sobre la densidad de la materia y el karma de los restaurantes, pero estaba visiblemente tocado. Pagó la cuenta de mala gana y salieron.

Comparado con esta fauna de chamanes que no tenían espejo, su marido era un auténtico gentleman. Tenía clase, sabía vestir y jamás le había dado tabarra con eso de moldear el aura. Si no hubiera sido un pelín putero… Qué lástima de hombre.

El desfile de tipos raros continuó, cada vez más deplorable, cada vez más vacío, incluyendo a un divorciado que medía un metro sesenta –que en su perfil afirmaba jugar al baloncesto profesional–; este profesional intentó llevarla al huerto a la primera de cambio –el colega había reservado habitación en un motel–. Micaela, con un detente bala, detuvo las intenciones del fulano. De golpe. 

Una tarde, tras rechazar a un candidato que en su foto posaba con un chándal de colorines y con gafas de espejo muy en plan moderno –Micaela parecía tener imán para atraer adefesios–, se dijo que ya había tanteado suficiente, y que para ese viaje no se necesitaban alforjas. La casa ya no se le caía encima; ahora le parecía el refugio más seguro de la Tierra. 

Poco a poco, Micaela casi se estabilizó. Pero le reconcomía en su conciencia el haber despreciado a su ex; Rogelio, comparado a la sarta de desastrados, era un George Clooney, un santo varón, el summum del buen hacer y mejor proceder. Aunque fuera un pelín putero –eso le sopló en su día Clara, pero podría no ser cierto, podría ser envidia–. Reconsideró, cada vez más a menudo, el acercarse a Rogelio y tratar de recuperarlo. La amiga Clara, olió la tostada:

—Micaela, solo quiero abrirte los ojos, Rogelio está con una mujer guapísima, de verdad que lo siento –dijo Clara, saboreando el dolor de su amiga como si fuera el mejor de los bombones–. Déjalo pasar, ya te advertí que era un pelín putero.

Siempre convendría mirar el plumero que lucen nuestros allegados. Sí.

 

Vicente Galdeano Lobera - 10/09/2026

sábado, 29 de agosto de 2026

Karma

En la estancia sonaron cuatro timbrazos, dos más de los de rigor. Por megafonía sonó un aviso: ¡Señor Burrero, señor Burrero!, ¡por órdenes de la dirección, pase usted rápido por la barbería que le arreglaremos el pelo…! ¡Perdón, pase por la conserjería! ¡Señor Burrero, señor Burrero! Y sonaron otros cuatro timbrazos capaces de despertar a un muerto. El señor Burrero, alarmado, se dijo que esas no son trazas de despertar al maestro de su siesta, con dos toques vale; cuando baje, el conserje se va a enterar. Amodorrado, el maestro no se dio cuenta de la burla, era calvo y no necesitaba peluquería. Espabiló rápido; al levantarse y buscar su calzado, fue todo uno el poner los pies en el suelo y comenzar a brincar como bailando sin música, se pegó un buen costalazo y al levantarse como pudo, el maestro parecía un erizo. Comenzó a berrear tan de recio, que el personal docente acudió a ver qué pasaba con semejante escandalera. Lo que pasaba es que unos alumnos, hartos ya de recibir leña –donde las dan las toman–, mientras roncaba don Gaspar, rociaron el cuarto con grava cortante y chinchetas. Después, aprovecharon un descuido del conserje, agarraron el micrófono y lanzaron el aviso. Y los timbrazos, claro.

Don Gaspar Burrero, maestro de primaria, tenía muy arraigada la costumbre de sacudir buenos pescozones a su alumnado, viniera a cuento o no, aunque los chicos acataran la norma. Se conoce que el maestro tenía su cupo diario de tortas y las repartía a troche y moche; vaya si las repartía. Además de lo dicho, don Gaspar, también tenía muy arraigada otra costumbre: la de soplarse una botella de vino en la comida y, para rematar, se arreaba un carajillo bien aviado y un par de copas de Chinchón. Estas libaciones ejercían como el más eficaz somnífero para pegarse una buena siesta. A su hora, los dos timbrazos del conserje lo ponían en pie.

Don Benigno, el médico del pueblo, atendió con solicitud al maestro. Aseguró que los pinchazos no revestían peligro, sólo limpieza y desinfección; aun así le puso la vacuna antitetánica. Por si las moscas. Esa tarde don Gaspar no dio clase. Tampoco pescozones, claro; algo ganaron los alumnos.

A los días, ya incorporado a clase, don Gaspar, encolerizado, sermoneó a los chicos, les amenazó con reformatorio, presidio, multas… y más cosas. Que esto no quedará así; que si piensan marchar de rositas están equivocados, que no conocen ustedes a don Gaspar. Me conocerán y pagarán cara esa burla, muy cara. – ¡A ver!, ¡quién ha sido! ¡Sepan que como maestro tengo presunción de veracidad y los empapelaré a todos! ¡A todos!

Los alumnos aguantaron el chaparrón como si nada, sin cantar, con cara de no haber roto un plato.

Don Gaspar Burrero se sintió ignorado y llevó un parte disciplinario a la Dirección del Centro señalando el día, la hora y los alumnos sospechosos de la agresión; o sea, todos. No le hicieron mucho caso. En aquel tiempo no había móviles ni cámaras que siguieran los pasos de los agresores y la dirección consideró la broma indemostrable, no había pruebas.

El maestro dijo que denunciaría en instancias más altas y marchó decepcionado lleno de resentimiento y deseos de venganza. –Puede usted denunciar donde le plazca, respondió el director. En la instancias más altas, contestaron al señor Burrero que veían difícil demostrar la autoría de la gamberrada, que indagaron y comprobaron que el conserje se había ausentado de su puesto: –Salí a por tabaco, se justificó el hombre; al decirle que se había pegado casi una hora fuera añadió: –Bueno, entré al bar y me marqué una tónica sin ginebra y eché unas monedas a la tragaperras. Por cierto, me tocó un buen premio. Puede que no fueran los chicos, porque, –¿quién puede asegurar que al faltar el conserje, alguien con malas intenciones no aprovechó para gastarle a usted la trastada? ¿Eh? Es complicado acusar a alguien sin pruebas, señor maestro. Por otra parte, no es tan grave el sentir unos pinchazos en los pies, con la atención médica que usted recibió quedó todo arreglado. Le aconsejo que no le dé más vueltas al asunto, hemos mirado su trayectoria y, digamos que si removemos el método de varapalo y tentetieso que aplicaba, no saldría usted bien parado. Vaya usted con  Dios. Fue toda respuesta. Don Gaspar exigió que esa respuesta se la dieran por escrito. Hartos ya, le contestaron que sí, se la escribirían y le pondrían música, si hace falta.

El maestro marchó todo mohíno; no era para menos, vio mermada su autoridad,  le costaba digerir que en adelante se terminó el reparto de pescozones. Lo cierto es que el alumnado barruntó la resolución y se reían en sus morros. Menos mal que en aquel tiempo ya se había inventado la baja laboral. Don Gaspar Burrero se aprovechó de este derecho y refunfuñando alcanzó la jubilación.

Está visto que esto del karma a veces funciona; según el comportamiento de la persona, así será su futuro. Eso dicen.

 

Vicente Galdeano Lobera - 29/08/2026

lunes, 27 de julio de 2026

Sobre sentidos

En la calidad de vida de las personas, los sentidos –vista, oído, olfato, gusto y tacto– cobran importancia esencial. Son todos importantes, pero quizá los más necesarios sean la vista y el oído, que te pueden ayudar incluso a no meter la pata. Si no que se lo pregunten a don Eliseo Moratinos, que por descuidar estas facultades recibió una tanda de palos.


Este don Eliseo, con la excusa de ser potentado, se consideraba con derecho a denigrar a todo dios; algunos tragaban por deber al Moratinos algunos favores, claro, pero demostró poco tacto, sentido importantísimo, al poner a caldo a Pepón, el Zarrio –un mastodonte de andar torpe, con cuello corto integrado con la espalda y manos como mazas. Poco dado a las palabras y con muy malas pulgas–, nombrandolo como mendrugo y tontarra. Y de ahí para arriba. Pero, ay amigo, no vio al Macario, un alfeñique contrahecho que ejercía de primer correveidile local, salir disparado a dar novedades al Zarrio: Señor Pepón, acuda a la taberna, que hay una animada charla sobre usted –le dijo. El potentado seguía con su charla sobre Pepón, cuando Isaías, muy discreto, le advirtió: señor Moratinos, tenga cautela, acaba de entrar el Zarrio. A don Eliseo le fallaba el oído y tenía el sonotone sin pilas. ¡Ah! Gracias, Isaías, dígales a Manuela y a Rosario que luego las veré –eran dos beldades que se arrimaban al potentado de cuando en cuando. El gusto sí lo tenía bien don Eliseo, algo es algo–. Pero Don Eliseo iba lanzado y no había quién lo parara y a pesar de que el Zarrio era grande y se dejaba ver no lo vio, y aún menos olió la que se le venía encima. Y eso que los oyentes, viéndolas venir, se retiraron un poco, por si acaso; es decir, don Eliseo, de olfato también andaba regular. Se diría que este señor estaba hecho unos zorros. Nada, con voz recia, don Eliseo Moratinos continuó con insultos tipo, que si Pepón es un cantamañanas, que si Pepón es un tontolaba, que si su mujer se la pega con el estanquero… y lindezas parecidas, sin notar que tenía al Pepón cerca.


De la tunda que recibió, el Moratinos anduvo escorado buena temporada. Y en los cambios de tiempo aún le muda la color.


Don Eliseo, con unas buenas gafas, un sonotone adecuado y visitar de vez en cuando al oculista, al otorrino e incluso al dermatólogo –por lo del tacto–,  se hubiera evitado más de un disgusto. Ya aprenderá.



Vicente Galdeano Lobera.

lunes, 29 de junio de 2026

Sobre conducta

 Saila Dávinson –de nombre auténtico Serafina Domínguez, pero eso se lo calla–, con sus cuarenta y cinco años bien llevados, es licenciada en Ingeniería y Químicas, con másteres en Marketing, Publicidad y Diseño Gráfico. También es lectora acérrima de lo romántico en todos sus vertientes. Devoradora de series y películas con los desvaríos que esto conlleva y adicta a la vida, a reír, a viajar, a la moda, a los amaneceres y atardeceres de ensueño en plan los pajaritos cantan y las nubes se levantan ¡Ah…! También es animalista, siempre en contra de la tauromaquia, del uso de pieles y casi, casi del consumo de carne. De esto último, casi. Le encanta la salsa boloñesa y es adicta a la Coca Cola Zero. Todo este bagaje cultural le sirve muy bien para su afición: escribir. De hecho ya ha autopublicado cinco novelas; ella misma se ocupa de la distribución, venta y envío por correo de sus libros –busca una editorial que haga ese trabajo, le aconsejaron–, no, que así todos los beneficios son para mi. Con varias ediciones de sus obras, ha vendido miles de libros –eso dice ella–, lo que le permite vivir de la literatura. Toda esta carta de presentación, Saila, si te descuidas, venga a cuento o no, te lo suelta así, en frío y sin avisar, para dejar claro ante quién estás.  

La escritora y su hija Margaret, veinteañera, eran viajeras avezadas –eso decían ellas– que recorrían con su auto una comarca entre montañas no muy altas pero pintorescas. Según el mapa estaban cerca de su meta; el nacimiento de un río que brota de una cueva kárstica sita en un cortado de notable altura. El lugar prometía y ellas querían hacerse la foto para decir que habían estado, para presumir de viajeras; raramente permanecían más de un día en un destino, a veces solo un rato, sin tiempo suficiente para saborear el paraje. Bueno, pero ellas así presumían de cosmopolitas. En la zona abundaba la caza mayor con trazado serpenteante de la vía. Circulaban más deprisa de la cuenta para encontrar pronto el destino, pero al salir de una curva lo que encontraron fue un enorme jabalí seguido de cuatro rayones en medio del camino. De milagro evitaron el encontronazo con las reses, aun así del volantazo salió de la vía el auto y estuvieron en un tris de despeñarse a una barranquera. Se hacían cruces que los animales con su instinto hubieran entorpecido a sus protectores.

El susto que se llevaron las féminas fue morrocotudo. Por el lugar no pasaba ni dios. Menos mal que a unos cien metros del camino, en un cortijo, el señor Guillermo, hombre setentón, pasaba buena parte del día cuidando su huerto y componiendo colmenas y aperos del campo. Vio la situación, aparejó su mulo y se acercó para socorrer. Sin dificultad, con el mulo sacaron el coche del atolladero, que de chiripa no sufrió daño; el señor Guillermo convenció a las mujeres para que le acompañaran al cortijo, por lo menos hasta recuperarse del susto. Además hacía mal orache y comenzaba a llover. 

Ya en el cortijo las viajeras quedaron admiradas de los cachivaches que guardaba una estancia que desde fuera parecía pequeña; en un desorden muy ordenado el señor Guillermo tenía abundantes frascos de miel, aceite, dos pipas de vino, conservas de tomate, orujo, mermeladas, olivas, almendras y nueces; había también utensilios para hacer vino y aguardiente –el hombre les explicó la utilidad de cada cosa, ellas estaban in albis–. Para colmo la chimenea estaba encendida con abundante leña de carrasca y parrilla a mano dispuesta para asar buenas costillas de cordero que tenía en el frigo. La lluvia arreciaba y el señor Guillermo invitó a comer a las jóvenes. Aceptaron. El hombre, en un pispás, avió una ensalada y puso en las brasas la parrilla. Algún reparo pusieron las viajeras, lo más próximo a la carne que consumían hacía tiempo eran hamburguesas, salchichas de frankfurt y de pollo del supermercado. Don Guillermo con un venga, venga, déjense de pijotadas y al grano; prueben y verán qué comemos los de pueblo. Sin melindres, la mujeres hicieron honor al convite; comieron como personas mayores y apuraron todas viandas, y eso que eran casi vegetarianas –eso decían ellas– y, a pesar de ser adictas a la Coca Cola Zero, trasegaron entre los tres, más de un azumbre de clarete del año que entraba como agua de manantial. Un día es un día, y después del susto qué mejor que la hospitalidad del señor Guillermo –se justificaron.

Ya en la sobremesa, Saila le soltó al buen hombre el estribillo de su carta de presentación, no se sabe si para impresionar al labriego, o como pago a su hospitalidad, o para dar a entender que era una escritora importante –según ella, claro–. Asimismo le dejó claro que ellas no eran turistas vulgares, viajaban para acumular capital cultural y conocer y mezclarse con los lugareños. Don Guillermo, la interrumpía con un ¿Mande? cuando no entendía algunos conceptos como máster, marketing, diseño... Serafina, al terminar de presumir, preguntó al campesino qué opinión tiene de nosotras dos. El hombre contestó que usted, Saila, sabe más que los ratones coloraos, y su hija, a pesar de que habla poco, no le va a la zaga, se nota que sabe latín. Lo que calló don Guillermo, por educación, fue que toda esa sabiduría, en el campo sirve de muy poco.

Al marcharse las mujeres observaron el huerto que don Guillermo tenía muy bien arreglado, dividido en terrazas y con un regato procedente de un manantial. Había unos plantones de árboles que llamaron la atención de las mujeres.

— ¿Qué árboles son esos, don Guillermo?

—Nada, son almendros bordes, dan almendras amargas…

—Entonces, ¿para qué los tiene si son malos?

—Para divertirme; los planto con estrategia en lugares de paso y pronto se convierten en almendros lozanos que dan el pego y mucho fruto. Los merodeadores que no entienden llenan buenas bolsas que al llegar a casa comprueban su mal gusto. Con la cara torcida por el amargor sueltan toda clase de improperios y lo largan en la cantina. De ahí la diversión.

—Sí que tiene usted zumba, sí, don Guillermo. Mire, para que guarde buen recuerdo de nosotras le dedicaré mis dos últimas obras que publiqué, seguro que le gustarán.

—No se molesten, señoritas, lo agradezco, pero servidor nunca  fue a la escuela y no sabe leer ni escribir.

Las viajeras aprendieron que la ética, la cortesía, la hospitalidad, la generosidad y el respeto, esas materias que don Guillermo las tenía a raudales, no las enseñan en ninguna Universidad. Vale. 

 

Vicente Galdeano Lobera - 29/06/2026

domingo, 31 de mayo de 2026

Ojo clínico

Ismael, en plan campechano departía con unos clientes –tres hombres y una mujer que se marcaban unas raciones mientras les preparaban mesa para comer–, en la barra de su tasca y presumía de que para regentar un negocio de hostelería hay que tener muy buen ojo clínico con los clientes. Más que nada para saber echarse a un lado y así evitar las patadas que te puedan arrear; es decir, para que no se vayan sin pagar. A mí, sin ir más lejos, aún falta una para la primera vez que me levanten ¡Ni una cerveza! --Ismael levantaba el puño con el índice tieso para realzar su tesis-- Bueno soy yo. Ah, y mi camarero, a quien conocerán ustedes cuando pasen al comedor, lo mismo. Lo tengo muy bien aleccionado. Además si se le escapa alguno lo tiene que abonar él. El joven anda con tiento; por la cuenta que le trae, claro. Los clientes, al pasar al comedor dijeron que el montante de las consumiciones lo añada usted al de los menús.  

—Vosotros esperarme afuera –al terminar de comer, Dora se dirigió a los tres acompañantes–, decís que vais a fumar, mientras arreglaré cuentas con este atontado…, digo, con el camarero, que parece servil y no muy largo de entendederas.

Dora –mujer bonita, delicado rostro, senos altos y caderas altaneras–, era llamativa sin excesos. La dama pilló a dos jóvenes, pretendidos cortejadores, en una discusión que no tardó en agriarse con reparto de insultos y sonoras bofetadas. Dora les aclaró que no perdieran el tiempo; conmigo no tenéis nada que hacer. Así zanjó la situación. Venga, hacer las paces y borrón y cuenta nueva; os convido a comer, vendrá también mi hermano –añadió la bella.

Ya, en el restaurante, Teodorín, así se llamaba el camarero, quedó deslumbrado con la simpatía y el encanto de Dora. Que coincidencia, Teodorín, somos tocayos, mi nombre es Teodora, pero me llaman Dorita. El mozo, un petimetre flaco, desgarbado, con pelo pincho que quizá no había conocido mujer, solo tenía ojos y oídos para Dorita, desatedía las demás mesas y comandas de cocina. Ella, muy perspicaz, le tomó las medidas al pollo y se propuso sacar tajada.

—Teodorín, tráeme la cuenta, que me aguardan afuera mis amigos; otro día continuamos la cháchara –dijo ella mientras le acariciaba con la mirada y con su mano el brazo al camarero.

Sonó el móvil, Dora con gesto preocupado dijo que era una llamada importante y había poca cobertura en la sala. Enseguida vuelvo y te pago, Teodorín, tesoro... –salió fuera.

—¡Vámonos deprisa! –dijo a sus compinches–, cuando este atontado reaccione, que nos eche un galgo.

Eso del ojo clínico, como todo, es muy relativo; no exime de que te la den con queso.


Vicente Galdeano Lobera.