Más de cuatro años, que se dice pronto, es lo que invirtió Brisa en escribir su obra, su gran obra maestra, para que luego venga un editor –el único que por influencias le hizo caso– a despreciarla y, encima, a leerle la cartilla. Sabrá ese sujeto qué es una obra maestra; lo que pasa es que el pobre se quedó anclado en el siglo anterior y no entiende de las nuevas tendencias literarias. O entiende demasiado y quiere plagiar mi libro, lo veo venir –pensó muy suspicaz–. Lo primero que haré es registrar mi obra en la Propiedad Intelectual. Por si las moscas.
Llamó al Registro de
Propiedad Intelectual y recibió un jarro de agua fría, contestó un funcionario
que con voz monótona le dijo que la próxima cita disponible es dentro de
noventa días ¿Noventa días? Tres meses en los que su obra maestra, su superventas
estaría desprotegida, a merced de los plagiadores que según ella acechaban
en cada esquina. Brisa, con un humor de perros, tuvo que tragar.
Después, con empeño,
removió Roma con Santiago y, por fin, por influencia de un concejal, tras
insistir, logró que el director de una editorial mediana la recibiera en su
despacho una tarde.
Brisa entró en la
oficina con decisión –era mujer de muy buenas prendas y eso le daba seguridad,
le abría puertas–, se sentó frente al editor, un hombre de mirada cansada con
muchas canas y poco pelo, y le entregó el original, unas sesenta páginas.
—Debo confesarle,
señor editor que vengo con miedo, mucho miedo –le dijo inclinándose hacia
adelante–. El Registro tarda tres meses en darme cita. Me aterra pensar que
mientras evalúan mi libro, alguien pueda copiarlo. Comprenderá cuando lo lea
que es un superventas, que un argumento tan potente y singular corre peligro en
el mercado actual. Por eso me gustaría ver publicado mi libro cuanto antes. Me
pongo en sus manos, señor editor.
El editor la observó
por encima de sus gafas; caray, es la primera vez que una mujer tan guapa se
pone en mis manos. Aunque sea en sentido figurado, no es de despreciar, no, pensó.
Al ser un hombre curtido en muchos lances de literatura era difícil de engañar.
Decidió mirar las páginas, veremos qué ha escrito ésta. Él, tras mirar
un par de carillas del manojo, lo catalogó como una pérdida de tiempo. La prosa
era de una ingenuidad pasmosa; parecía una redacción escolar con atisbos de
cuento infantil, pero todo muy mal estructurado. Viendo lo malo que era el
texto, casi la manda a paseo. Optó por la ironía:
—Brisa, querida…
vayamos por partes –dijo el editor, con calma casi paternal–; lo del plagio: le
aseguro, con toda sinceridad, que no tiene porqué preocuparse; de nada. Dada la
calidad y la singularidad de su obra, le garantizo que nadie, de ninguna
manera, se la va a copiar. Su estilo es… inimitable.
Ella sonrió de oreja a
oreja, inmune al sarcasmo que goteaba cada palabra del editor.
—Sabía que un
profesional como usted sabría valorar una obra maestra –concluyó Brisa con
suficiencia–. Ahora solo falta concretar fecha para la publicación e hilvanar
los detalles del contrato.
—Ahí quería llegar yo,
Brisa, querida… ahí quería llegar yo; en cuanto a la segunda parte, lo de
publicar–continuó él, deslizando el manuscrito hacia el lado de la autora–,
debo serle sincero respecto a nuestros tiempos. En este momento tenemos el cupo
de edición completamente cerrado para los próximos dos años. Una lástima, pero
las cosas son como son y el mercado editorial tiene su calendario.
Ella frunció el ceño,
recibió un golpe bajo a su impaciencia, pero el editor no le dio tiempo a
desanimarse.
—Sin embargo, para una
obra así, la espera puede ser lo peor. Por eso, mi recomendación sincera es
autoeditar su libro. Es una vía rápida, actual y que le otorgará el control
total de su obra.
Brisa sopesó la idea.
La palabra “autoedición” le sonaba menos glamorosa que firmar el contrato
millonario esperado, pero la prisa de ver su nombre en las librerías pesaba
más.
El editor, perspicaz,
bregado en estas lides y que no daba puntada sin hilo, leyó el pensamiento de
la escritora y la convenció –conteniendo como pudo la risa en la mirada–, de
que autoeditar no era menoscabo para su libro; autores de fuste comenzaron así
y en poco tiempo alcanzaron fama. Mire, nuestra casa cuenta con un sello
filial dedicado en exclusiva a prestar servicios a autores independientes. Con
mucho gusto nos ponemos a su disposición para maquetarlo, diseñarle la cubierta
y gestionar la impresión según demanda. Por un precio razonable, nosotros
hacemos todo el trabajo incluida la corrección ortotipográfica y de estilo.
Además usted se queda con el cien por cien de sus derechos. Piénselo. Una obra
tan singular no merece perderse en un cajón noventa días.
Ella se iluminó. La
perspectiva de saltarse la burocracia del registro, las listas de espera y
publicar su superventas enseguida era tentadora. Es decir, picó el anzuelo. Aun
así, Brisa preguntó al editor en qué consiste ese precio razonable, por
si puedo hacerle frente sin ayuda. Él respondió que al ser una novela breve y
contando todos servicios indicados antes, con una tirada extra de cincuenta
ejemplares para compromisos personales, presentaciones y prensa, se quedaría en
un total de mil seiscientos euros. Como ve, es una inversión asumible para un
creador que confía en su obra. Además recuperará cada céntimo cuando el
superventas salga al mercado. Piénselo, y si se decide contacte conmigo –le
entregó una tarjeta– y nos ponemos manos a la obra. Espero verla pronto.
Al salir de la
editorial, Brisa no pensaba tocar su cuenta bancaria, sino su agenda de
contactos. Podía echar mano de algún pardillo de la corte de
pretendientes que la merodeaban. Repasó la lista de candidatos y decidió trabajarse
a don Marcial Mir, hombre influyente, con peso político y no muy agudo que la
mosconea tiempos ha, siempre cerca de ella con la esperanza de conseguir una
cita romántica que ella dosificaba con astucia.
Sin
perder un minuto, a través de una llamada telefónica planteó el asunto a don
Marcial, directamente, tal como queda explicado –le costó poco trabajo convencerlo–.
No le pidió favor; le ofreció el privilegio de vivir con ella su aventura
literaria. Planteó los mil seiscientos euros no como préstamo, sino como
inversión a recuperar con creces cuando salga el libro.
Don Marcial, eterno
enamorado, la llamada de Brisa la llevaba meses esperando. Cegado por tener
cerca a la mujer de sus sueños aceptó de inmediato sin hacer preguntas sobre el
argumento o la calidad de la novela.
—Considérelo hecho,
querida Brisa –escuchó ella en su celular–. Páseme el número de cuenta de esa
editorial. Para mí será un honor ser el mecenas de su talento.
Asunto concluido, a
partir de ahí, Brisa vendía la moto como que una editorial de prestigio se
ofreció a editar su obra. Al publicar con dinero ajeno, en su conciencia no
mentía. Eso para que vengan con la milonga del sexo débil; en astucia,
manipulación y disimulo la hembra aventaja al macho. Siempre.
Al fin y al cabo,
desde la noche de los tiempos, en el arte de la persuasión, tiran más dos tetas
que dos carretas. Amén.
Vicente Galdeano Lobera