sábado, 29 de agosto de 2026

Karma

En la estancia sonaron cuatro timbrazos, dos más de los de rigor. Por megafonía sonó un aviso: ¡Señor Burrero, señor Burrero!, ¡por órdenes de la dirección, pase usted rápido por la barbería que le arreglaremos el pelo…! ¡Perdón, pase por la conserjería! ¡Señor Burrero, señor Burrero! Y sonaron otros cuatro timbrazos capaces de despertar a un muerto. El señor Burrero, alarmado, se dijo que esas no son trazas de despertar al maestro de su siesta, con dos toques vale; cuando baje, el conserje se va a enterar. Amodorrado, el maestro no se dio cuenta de la burla, era calvo y no necesitaba peluquería. Espabiló rápido; al levantarse y buscar su calzado, fue todo uno el poner los pies en el suelo y comenzar a brincar como bailando sin música, se pegó un buen costalazo y al levantarse como pudo, el maestro parecía un erizo. Comenzó a berrear tan de recio, que el personal docente acudió a ver qué pasaba con semejante escandalera. Lo que pasaba es que unos alumnos, hartos ya de recibir leña –donde las dan las toman–, mientras roncaba don Gaspar, rociaron el cuarto con grava cortante y chinchetas. Después, aprovecharon un descuido del conserje, agarraron el micrófono y lanzaron el aviso. Y los timbrazos, claro.

Don Gaspar Burrero, maestro de primaria, tenía muy arraigada la costumbre de sacudir buenos pescozones a su alumnado, viniera a cuento o no, aunque los chicos acataran la norma. Se conoce que el maestro tenía su cupo diario de tortas y las repartía a troche y moche; vaya si las repartía. Además de lo dicho, don Gaspar, también tenía muy arraigada otra costumbre: la de soplarse una botella de vino en la comida y, para rematar, se arreaba un carajillo bien aviado y un par de copas de Chinchón. Estas libaciones ejercían como el más eficaz somnífero para pegarse una buena siesta. A su hora, los dos timbrazos del conserje lo ponían en pie.

Don Benigno, el médico del pueblo, atendió con solicitud al maestro. Aseguró que los pinchazos no revestían peligro, sólo limpieza y desinfección; aun así le puso la vacuna antitetánica. Por si las moscas. Esa tarde don Gaspar no dio clase. Tampoco pescozones, claro; algo ganaron los alumnos.

A los días, ya incorporado a clase, don Gaspar, encolerizado, sermoneó a los chicos, les amenazó con reformatorio, presidio, multas… y más cosas. Que esto no quedará así; que si piensan marchar de rositas están equivocados, que no conocen ustedes a don Gaspar. Me conocerán y pagarán cara esa burla, muy cara. – ¡A ver!, ¡quién ha sido! ¡Sepan que como maestro tengo presunción de veracidad y los empapelaré a todos! ¡A todos!

Los alumnos aguantaron el chaparrón como si nada, sin cantar, con cara de no haber roto un plato.

Don Gaspar Burrero se sintió ignorado y llevó un parte disciplinario a la Dirección del Centro señalando el día, la hora y los alumnos sospechosos de la agresión; o sea, todos. No le hicieron mucho caso. En aquel tiempo no había móviles ni cámaras que siguieran los pasos de los agresores y la dirección consideró la broma indemostrable, no había pruebas.

El maestro dijo que denunciaría en instancias más altas y marchó decepcionado lleno de resentimiento y deseos de venganza. –Puede usted denunciar donde le plazca, respondió el director. En la instancias más altas, contestaron al señor Burrero que veían difícil demostrar la autoría de la gamberrada, que indagaron y comprobaron que el conserje se había ausentado de su puesto: –Salí a por tabaco, se justificó el hombre; al decirle que se había pegado casi una hora fuera añadió: –Bueno, entré al bar y me marqué una tónica sin ginebra y eché unas monedas a la tragaperras. Por cierto, me tocó un buen premio. Puede que no fueran los chicos, porque, –¿quién puede asegurar que al faltar el conserje, alguien con malas intenciones no aprovechó para gastarle a usted la trastada? ¿Eh? Es complicado acusar a alguien sin pruebas, señor maestro. Por otra parte, no es tan grave el sentir unos pinchazos en los pies, con la atención médica que usted recibió quedó todo arreglado. Le aconsejo que no le dé más vueltas al asunto, hemos mirado su trayectoria y, digamos que si removemos el método de varapalo y tentetieso que aplicaba, no saldría usted bien parado. Vaya usted con  Dios. Fue toda respuesta. Don Gaspar exigió que esa respuesta se la dieran por escrito. Hartos ya, le contestaron que sí, se la escribirían y le pondrían música, si hace falta.

El maestro marchó todo mohíno; no era para menos, vio mermada su autoridad,  le costaba digerir que en adelante se terminó el reparto de pescozones. Lo cierto es que el alumnado barruntó la resolución y se reían en sus morros. Menos mal que en aquel tiempo ya se había inventado la baja laboral. Don Gaspar Burrero se aprovechó de este derecho y refunfuñando alcanzó la jubilación.

Está visto que esto del karma a veces funciona; según el comportamiento de la persona, así será su futuro. Eso dicen.

 

Vicente Galdeano Lobera - 29/08/2026

lunes, 27 de julio de 2026

Sobre sentidos

En la calidad de vida de las personas, los sentidos –vista, oído, olfato, gusto y tacto– cobran importancia esencial. Son todos importantes, pero quizá los más necesarios sean la vista y el oído, que te pueden ayudar incluso a no meter la pata. Si no que se lo pregunten a don Eliseo Moratinos, que por descuidar estas facultades recibió una tanda de palos.


Este don Eliseo, con la excusa de ser potentado, se consideraba con derecho a denigrar a todo dios; algunos tragaban por deber al Moratinos algunos favores, claro, pero demostró poco tacto, sentido importantísimo, al poner a caldo a Pepón, el Zarrio –un mastodonte de andar torpe, con cuello corto integrado con la espalda y manos como mazas. Poco dado a las palabras y con muy malas pulgas–, nombrandolo como mendrugo y tontarra. Y de ahí para arriba. Pero, ay amigo, no vio al Macario, un alfeñique contrahecho que ejercía de primer correveidile local, salir disparado a dar novedades al Zarrio: Señor Pepón, acuda a la taberna, que hay una animada charla sobre usted –le dijo. El potentado seguía con su charla sobre Pepón, cuando Isaías, muy discreto, le advirtió: señor Moratinos, tenga cautela, acaba de entrar el Zarrio. A don Eliseo le fallaba el oído y tenía el sonotone sin pilas. ¡Ah! Gracias, Isaías, dígales a Manuela y a Rosario que luego las veré –eran dos beldades que se arrimaban al potentado de cuando en cuando. El gusto sí lo tenía bien don Eliseo, algo es algo–. Pero Don Eliseo iba lanzado y no había quién lo parara y a pesar de que el Zarrio era grande y se dejaba ver no lo vio, y aún menos olió la que se le venía encima. Y eso que los oyentes, viéndolas venir, se retiraron un poco, por si acaso; es decir, don Eliseo, de olfato también andaba regular. Se diría que este señor estaba hecho unos zorros. Nada, con voz recia, don Eliseo Moratinos continuó con insultos tipo, que si Pepón es un cantamañanas, que si Pepón es un tontolaba, que si su mujer se la pega con el estanquero… y lindezas parecidas, sin notar que tenía al Pepón cerca.


De la tunda que recibió, el Moratinos anduvo escorado buena temporada. Y en los cambios de tiempo aún le muda la color.


Don Eliseo, con unas buenas gafas, un sonotone adecuado y visitar de vez en cuando al oculista, al otorrino e incluso al dermatólogo –por lo del tacto–,  se hubiera evitado más de un disgusto. Ya aprenderá.



Vicente Galdeano Lobera.

lunes, 29 de junio de 2026

Sobre conducta

 Saila Dávinson –de nombre auténtico Serafina Domínguez, pero eso se lo calla–, con sus cuarenta y cinco años bien llevados, es licenciada en Ingeniería y Químicas, con másteres en Marketing, Publicidad y Diseño Gráfico. También es lectora acérrima de lo romántico en todos sus vertientes. Devoradora de series y películas con los desvaríos que esto conlleva y adicta a la vida, a reír, a viajar, a la moda, a los amaneceres y atardeceres de ensueño en plan los pajaritos cantan y las nubes se levantan ¡Ah…! También es animalista, siempre en contra de la tauromaquia, del uso de pieles y casi, casi del consumo de carne. De esto último, casi. Le encanta la salsa boloñesa y es adicta a la Coca Cola Zero. Todo este bagaje cultural le sirve muy bien para su afición: escribir. De hecho ya ha autopublicado cinco novelas; ella misma se ocupa de la distribución, venta y envío por correo de sus libros –busca una editorial que haga ese trabajo, le aconsejaron–, no, que así todos los beneficios son para mi. Con varias ediciones de sus obras, ha vendido miles de libros –eso dice ella–, lo que le permite vivir de la literatura. Toda esta carta de presentación, Saila, si te descuidas, venga a cuento o no, te lo suelta así, en frío y sin avisar, para dejar claro ante quién estás.  

La escritora y su hija Margaret, veinteañera, eran viajeras avezadas –eso decían ellas– que recorrían con su auto una comarca entre montañas no muy altas pero pintorescas. Según el mapa estaban cerca de su meta; el nacimiento de un río que brota de una cueva kárstica sita en un cortado de notable altura. El lugar prometía y ellas querían hacerse la foto para decir que habían estado, para presumir de viajeras; raramente permanecían más de un día en un destino, a veces solo un rato, sin tiempo suficiente para saborear el paraje. Bueno, pero ellas así presumían de cosmopolitas. En la zona abundaba la caza mayor con trazado serpenteante de la vía. Circulaban más deprisa de la cuenta para encontrar pronto el destino, pero al salir de una curva lo que encontraron fue un enorme jabalí seguido de cuatro rayones en medio del camino. De milagro evitaron el encontronazo con las reses, aun así del volantazo salió de la vía el auto y estuvieron en un tris de despeñarse a una barranquera. Se hacían cruces que los animales con su instinto hubieran entorpecido a sus protectores.

El susto que se llevaron las féminas fue morrocotudo. Por el lugar no pasaba ni dios. Menos mal que a unos cien metros del camino, en un cortijo, el señor Guillermo, hombre setentón, pasaba buena parte del día cuidando su huerto y componiendo colmenas y aperos del campo. Vio la situación, aparejó su mulo y se acercó para socorrer. Sin dificultad, con el mulo sacaron el coche del atolladero, que de chiripa no sufrió daño; el señor Guillermo convenció a las mujeres para que le acompañaran al cortijo, por lo menos hasta recuperarse del susto. Además hacía mal orache y comenzaba a llover. 

Ya en el cortijo las viajeras quedaron admiradas de los cachivaches que guardaba una estancia que desde fuera parecía pequeña; en un desorden muy ordenado el señor Guillermo tenía abundantes frascos de miel, aceite, dos pipas de vino, conservas de tomate, orujo, mermeladas, olivas, almendras y nueces; había también utensilios para hacer vino y aguardiente –el hombre les explicó la utilidad de cada cosa, ellas estaban in albis–. Para colmo la chimenea estaba encendida con abundante leña de carrasca y parrilla a mano dispuesta para asar buenas costillas de cordero que tenía en el frigo. La lluvia arreciaba y el señor Guillermo invitó a comer a las jóvenes. Aceptaron. El hombre, en un pispás, avió una ensalada y puso en las brasas la parrilla. Algún reparo pusieron las viajeras, lo más próximo a la carne que consumían hacía tiempo eran hamburguesas, salchichas de frankfurt y de pollo del supermercado. Don Guillermo con un venga, venga, déjense de pijotadas y al grano; prueben y verán qué comemos los de pueblo. Sin melindres, la mujeres hicieron honor al convite; comieron como personas mayores y apuraron todas viandas, y eso que eran casi vegetarianas –eso decían ellas– y, a pesar de ser adictas a la Coca Cola Zero, trasegaron entre los tres, más de un azumbre de clarete del año que entraba como agua de manantial. Un día es un día, y después del susto qué mejor que la hospitalidad del señor Guillermo –se justificaron.

Ya en la sobremesa, Saila le soltó al buen hombre el estribillo de su carta de presentación, no se sabe si para impresionar al labriego, o como pago a su hospitalidad, o para dar a entender que era una escritora importante –según ella, claro–. Asimismo le dejó claro que ellas no eran turistas vulgares, viajaban para acumular capital cultural y conocer y mezclarse con los lugareños. Don Guillermo, la interrumpía con un ¿Mande? cuando no entendía algunos conceptos como máster, marketing, diseño... Serafina, al terminar de presumir, preguntó al campesino qué opinión tiene de nosotras dos. El hombre contestó que usted, Saila, sabe más que los ratones coloraos, y su hija, a pesar de que habla poco, no le va a la zaga, se nota que sabe latín. Lo que calló don Guillermo, por educación, fue que toda esa sabiduría, en el campo sirve de muy poco.

Al marcharse las mujeres observaron el huerto que don Guillermo tenía muy bien arreglado, dividido en terrazas y con un regato procedente de un manantial. Había unos plantones de árboles que llamaron la atención de las mujeres.

— ¿Qué árboles son esos, don Guillermo?

—Nada, son almendros bordes, dan almendras amargas…

—Entonces, ¿para qué los tiene si son malos?

—Para divertirme; los planto con estrategia en lugares de paso y pronto se convierten en almendros lozanos que dan el pego y mucho fruto. Los merodeadores que no entienden llenan buenas bolsas que al llegar a casa comprueban su mal gusto. Con la cara torcida por el amargor sueltan toda clase de improperios y lo largan en la cantina. De ahí la diversión.

—Sí que tiene usted zumba, sí, don Guillermo. Mire, para que guarde buen recuerdo de nosotras le dedicaré mis dos últimas obras que publiqué, seguro que le gustarán.

—No se molesten, señoritas, lo agradezco, pero servidor nunca  fue a la escuela y no sabe leer ni escribir.

Las viajeras aprendieron que la ética, la cortesía, la hospitalidad, la generosidad y el respeto, esas materias que don Guillermo las tenía a raudales, no las enseñan en ninguna Universidad. Vale. 

 

Vicente Galdeano Lobera - 29/06/2026

domingo, 31 de mayo de 2026

Ojo clínico

Ismael, en plan campechano departía con unos clientes –tres hombres y una mujer que se marcaban unas raciones mientras les preparaban mesa para comer–, en la barra de su tasca y presumía de que para regentar un negocio de hostelería hay que tener muy buen ojo clínico con los clientes. Más que nada para saber echarse a un lado y así evitar las patadas que te puedan arrear; es decir, para que no se vayan sin pagar. A mí, sin ir más lejos, aún falta una para la primera vez que me levanten ¡Ni una cerveza! --Ismael levantaba el puño con el índice tieso para realzar su tesis-- Bueno soy yo. Ah, y mi camarero, a quien conocerán ustedes cuando pasen al comedor, lo mismo. Lo tengo muy bien aleccionado. Además si se le escapa alguno lo tiene que abonar él. El joven anda con tiento; por la cuenta que le trae, claro. Los clientes, al pasar al comedor dijeron que el montante de las consumiciones lo añada usted al de los menús.  

—Vosotros esperarme afuera –al terminar de comer, Dora se dirigió a los tres acompañantes–, decís que vais a fumar, mientras arreglaré cuentas con este atontado…, digo, con el camarero, que parece servil y no muy largo de entendederas.

Dora –mujer bonita, delicado rostro, senos altos y caderas altaneras–, era llamativa sin excesos. La dama pilló a dos jóvenes, pretendidos cortejadores, en una discusión que no tardó en agriarse con reparto de insultos y sonoras bofetadas. Dora les aclaró que no perdieran el tiempo; conmigo no tenéis nada que hacer. Así zanjó la situación. Venga, hacer las paces y borrón y cuenta nueva; os convido a comer, vendrá también mi hermano –añadió la bella.

Ya, en el restaurante, Teodorín, así se llamaba el camarero, quedó deslumbrado con la simpatía y el encanto de Dora. Que coincidencia, Teodorín, somos tocayos, mi nombre es Teodora, pero me llaman Dorita. El mozo, un petimetre flaco, desgarbado, con pelo pincho que quizá no había conocido mujer, solo tenía ojos y oídos para Dorita, desatedía las demás mesas y comandas de cocina. Ella, muy perspicaz, le tomó las medidas al pollo y se propuso sacar tajada.

—Teodorín, tráeme la cuenta, que me aguardan afuera mis amigos; otro día continuamos la cháchara –dijo ella mientras le acariciaba con la mirada y con su mano el brazo al camarero.

Sonó el móvil, Dora con gesto preocupado dijo que era una llamada importante y había poca cobertura en la sala. Enseguida vuelvo y te pago, Teodorín, tesoro... –salió fuera.

—¡Vámonos deprisa! –dijo a sus compinches–, cuando este atontado reaccione, que nos eche un galgo.

Eso del ojo clínico, como todo, es muy relativo; no exime de que te la den con queso.


Vicente Galdeano Lobera.

domingo, 26 de abril de 2026

Propaganda

 Siempre se ha dicho que la fe mueve montañas; con la propaganda pasa lo mismo, o casi. No es una citación literal eso de mover montañas geográficas, sino una demostración de que con fe se superan obstáculos imposibles. Este recurso –la propaganda, digo–, si indagamos, viene de muy lejos, pero nos centraremos en la actualidad. Solo hay que ver las distintas televisiones, radios, rotativos y medios de comunicación; los dirigentes de turno suelen untar bien a estas entidades para que digan lo que tienen que decir. Pero sobre todo para que callen lo que tienen que callar. Es decir, la propaganda, manejada con astucia, obra milagros para arrimar el ascua a su sardina. Las redes sociales, Facebook, Instagram, YouTube y otras intentan, con poco éxito, contrarrestar esto; claro, gran parte del paisanaje tiene muy arraigada la costumbre de dar por bueno lo que echan por TV.

Pasa lo mismo en distintas actividades artísticas y literarias, como no pasen por el redil publicitario no se comerán una rosca y a veces aun pasando.

En esto de la literatura, a distintos personajes y personajillos que salen en la tele, con esto de la propaganda, les ha salido el sol; cualquier mindundi que alborota en tertulias y en programas rosas, que jamás leyeron algún libro, editoriales de fuste los contratan y les facilitan negros para que publiquen y parezcan escritores. Y no digamos si son políticos o gobernantes; estos tramposos, por lo menos sacan tajada. Ya dijimos que la propaganda obra milagros.

Luego están los otros, los de a pie, que con esto de la autoedición han proliferado como hongos; los plumillas con ínfulas de escritores que se sienten realizados con el autobombo excesivo. Fechas atrás, en el Día del Libro, compré una obra breve, unas setenta páginas, la autora –una joven de muy buenas prendas, que me firmó un ejemplar–, según averigüé, Brisa era acérrima entusiasta de las letras y la cultura, se recorría todas asociaciones de lectura regionales para promocionar su libro y sabía rodearse de personas influyentes que le publicitaran su obra. La autora –mujer hermosa con sonrisa prometedora–, se presentaba como escritora y archivista. Sin esfuerzo se vio rodeada de una caterva de eruditos, críticos literarios, escribidores, escritores de medio pelo…, incluso algún concejal (Brisa vendía la moto como que su libro era el summum del romanticismo trasladado a la actualidad más actual, pero opinadores de prestigio aseveran que la obra tiene una prosa muy pobre, rayando lo cursi y muy a nivel de una redacción escolar. Qué le vamos a hacer). Todos estos fulanos, si la leyeron, demostraron ser mediocres, pero se volcaron para congraciarse y ayudar a Brisa a promocionar su obra; quizá subyace en la intención de todos ellos el obtener de la bella algo más que su sonrisa; vana pretensión, poco a poco, estos admiradores fueron cayendo del burro. Con todo y con eso, es de admirar el trabajo que conlleva la autora con tanta propaganda. Sin sacar tajada, claro; sonreír todo el rato, darse a entender que yo leo para ser más inteligente; yo leo cientos de libros, por eso soy escritora; yo leo para ser mejor persona… y perlas así.

Propaganda sí, dosificada y con cautela, a poder ser con méritos. “Venderse” a sí mismo no. Es desagradable el autoelogio. Para cualquiera.


Vicente Galdeano Lobera.

lunes, 30 de marzo de 2026

Simplicidad

Don Servando Morcillo, que  en su comarca no pasaba de tuercebotas, le salió el sol cuando aterrizó en la ciudad. Se espabiló y metió la cabeza en el concejo. Comenzó de barrendero, pero vio el percal y se apuntó a un partido político. A partir de ahí fue todo coser y cantar; aplaudía fuerte con el meñique estirado, con mucha unción al mandamás, y al poco lo nombraron concejal, concejal de cultura, nada menos. Ya tenemos al Morcillo a cargo de bibliotecas, eventos culturales y turismo. Bueno, Morcillo, de lecturas poco menos que nada; de eventos culturales, señalaremos que el tirar una cabra desde el campanario de su pueblo, el organizar cencerradas y algunas gamberradas parecidas, ese era su bagaje; en cuanto a turismo, Servando podría ilustrarnos sobre robar nidos, cazar verderones con cepo y conejos con hurón, además de pillar ranas en balsete. Quizá como concejal de incultura resultaría un portento, pero el señor alcalde sabrá lo que se hace. Las que organizaba Morcillo eran de aúpa, menos mal que Felisín, el secretario, que dominaba las cuatro reglas, las suavizaba algo.

No sabemos cómo ocurrió –seguramente el mando valoró su trayectoria–, pero crearon un chiringuito… digo, un departamento afín, nombrando al Morcillo adjunto a la Consejería de la Presidencia, Interior, Interlocución Societal y Simplificación Gestora Regional ¡Hala! ¡Eso es prosperar! Lo demás son tonterías y el que venga atrás que arree. 

Este chiringuito, digo… departamento, se fundó para que los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes, de pocas entendederas, entiendan con simplicidad asuntos tan simples como Economía Sostenible, Agenda 2030, Cambio Climático, relaciones con las confesiones religiosas existentes en la región, Alianza de Civilizaciones y un sinfín de asuntos de vital importancia que los Viceconsejeros, Viceconsejeras y Viceconsejeres del ente les explicarán con simplificación y mucha amabilidad. Para tan importante cometido el departamento cuenta con una granja de más de dos mil funcionarios, que suponemos que con tan alto cometido funcionarán, y casi seiscientos millones de presupuesto.

Don Servando Morcillo, al verse con mando en plaza en el chiringuito… digo, en el departamento, se envaneció y andaba hinchado como un globo en plan autoritario; despreciaba a todo dios sin escuchar a nadie –Morcillo no contemplaba que los globos también se deshinchan. 

Lo que pasa es que Morcillo trasegaba morapio como si fuera agua de manantial y al ir achispado soltaba todo el rato la cantinela de que si yo, que he sabido prosperar, que si yo, que no le debo favores a nadie, que si yo, que me he hecho a mí mismo… En una de esas cantinelas el auxiliar Remartínez saltó: ¿Se ha hecho a sí mismo, dice? Pues ya podía haberse esmerado más, señor Morcillo; está usted mal estructurado, es feo a carta cabal, con estrabismo, chepa indisimulable y renquea. Don Servado le iba a responder por señas al intrépido auxiliar, pero al intentar levantarse cayó de bruces, el pedal que portaba se lo impidió.

En el pueblo del Morcillo, los paisanos celebraron los logros del camarada simplificador, pero analizada la cosa por las fuerzas vivas locales, no tenían muy claro el cometido del Servando. Hombre…, pues simple, lo que se dice simple no parece; es más, yo lo veo complicadísimo. Podían haber elegido un epígrafe más sencillo –exclamó el barbero que tenía fama de ser persona leída. Decidieron mandar una comisión a la ciudad –encabezada por el Ernesto, mozo recio que se educó en colegio de pago– para que, con simpleza, Servando les aclarara este asunto simplificador del demonio. Y ya de paso, arrancarle algunas perras de los seiscientos millones para arreglar la escuela y el abrevadero del pueblo.

La comisión topó con hueso, personados en la Consejería Simplificadora les dijeron que tenían que pedir cita y, mediante instancia, explicar con simpleza qué es lo que quieren. Estudiado el caso, cuando el señor consejero lo tenga a bien, según su agenda, les atenderá; dos meses, más o menos.

La comisión, desilusionada, se retiró con el rabo entre las patas. Aun así, mediante instancia, convidaron a don Servando Morcillo a una jornada de convivencia en su pueblo natal. Ya en el pueblo, el señor consejero, de seguro que les explicaría con simpleza el asunto de marras. 

Al Morcillo le convenía la invitación; seguro que recibirán a tan ilustre visitante con banda de música, y en el pabellón, bien adornado, organizarán una comilona de padre y muy señor mío, con abundante vino recio.

Cuando a la semana siguiente el consejero puso pie en su pueblo la sorpresa fue mayúscula; un hatajo de paisanos equipados con cencerros, carraclas, cacerolas y cornetas le organizaron una esquilada. Esa esquilada sí que fue de padre y muy señor mío. El Servando, viéndolas venir, se dio el piro. A unos zagales aún les dio tiempo de atar unas latas vacías en la trasera del coche oficial.


Vicente Galdeano Lobera.

jueves, 26 de febrero de 2026

Lapsus

—Miren, no me vengan ustedes con chiquilladas; qué es eso de que les gusta navegar. Salir con una barquita a dar un garbeo por la bahía protegidos por la bocana sin salir a mar abierto…, eso, señores, eso no es navegar, eso es hacer el melón. Sépanlo ustedes. Navegar es adentrarse con un velero y que te pille mar confusa en la costa de la muerte, navegar es hacer frente a olas de veinte metros que te obligan a arriar el velamen y cerrar escotillas y pasar este infierno encerrados bajo cubierta hasta que escampe. Eso es navegar. Sabrán ustedes que les hablo con conocimiento de causa; yo he navegado por los siete mares y les puedo ilustrar sobre sus peligros y bondades ¿Les ilustro?

— ¡No, por favor! Ya es suficiente, ¡le creemos, le creemos!

El navegador, don Arturo Malanquilla, no gastaba pinta de aventurero, precisamente; era corto de talla, rechoncho, con bigotes tipo Morsa y mofletes colgantes. Sí, parecía una morsa. Don Arturo, presumía de ser experto en cualquier tema, al ser potentado y pedante, no le gustaba la crítica y, por la cuenta que les traía, los escuchantes, muy atentos, siempre le daban la razón; Malanquilla no tenía perro en el bolsillo y en el bar convidaba a sus oyentes que se ponían morados de vino y buenas raciones de criadillas. Aunque, todo hay que decirlo, por detrás se mofaban.

En una de estas reuniones salió el tema del senderismo, uno de los oyentes, Rosendo, argumentó que había disfrutado unos días en las inmediaciones del Moncayo, recorriendo la Cueva del Caco, el Pozo de Los Aínes, el pantano de Val, el nacimiento del río Queiles, el sanatorio de Agramonte, donde hay psicofonías…, incluso que había subido a la cima del monte y pudo contemplar las impresionantes vistas. Como siempre don Arturo apostilló que vale, que muy bonito, que qué quieren que les diga. Solo le diré, don Rosendo, que la ruta de senderismo que nos acaba de describir, es una ruta, sí, señor, pero una ruta para principiantes. Porque, seamos serios, señores; ¿qué es el Moncayo comparado con la cordillera del Himalaya donde abundan los ochomiles, seismiles, cincomiles y alguno más? ¿Eh? Pues un servidor, que es alpinista, sabe por experiencia qué es eso, puesto que me ha tocado patearlo. Si quieren ustedes entro en detalle y les explico…

—No, no, no es necesario, don Arturo; si acaso pida más criadillas y vino al barman. Quizá así se le contagie la seriedad al principiante Rosendo.

— ¡Mozo! Ponga más viandas y vino, por favor –así, Malanquilla, por un módico precio, tenía barra libre para farolear sin límite ante sus camaradas.

Cualquier tema que hablaran la pandilla, don Arturo siempre estaba a la vuelta de todo; ya podía ser, natación, ciclismo, juegos de cartas, futbolín, ping pong… incluso en carrera de sacos en fiestas patronales. También era campeón.

Rosendo, que con el condumio se había puesto serio, se atrevió a explicar una vivencia con la seguridad de que a usted no le ha ocurrido nada parecido, señor Malanquilla. Resulta que hace poco me adentré en un barrio de mala catadura con el resultado que me dio por detrás un negro, no lo pude evitar. Ahora ya solo me falta subir en globo, y… Don Arturo no le dejó terminar; él siempre superaba cualquier situación. Adujo por inercia, sin titubeos, sin pensar, que yo, no hace mucho, en un club de alterne, contacté con una negra guapa, de buen porte. Le solté los cincuenta lereles convenidos, pero a la hora de la verdad, tarde ya, comprobé que la negra era un travesti, portaba un zarrio descomunal, similar al de una bestia de carga. Me pasó por la piedra sin contemplaciones, tampoco lo pude evitar… ¡Ah! y en globo también he subido, señores.

—Pero don Arturo, de qué cosas se entera uno –dijo Rosendo conteniendo la risa–, no me ha dejado explicarme; Lo que iba a decir es que el negro me dio por detrás, sí, pero un empentón en la trasera de mi coche.

— ¡Ah…! –reaccionó Malanquilla, tarde ya– No he dicho nada, no he dicho nada. Ha sido un lapsus.

Cuando se farolea en exceso, es muy fácil hacer el ridículo.

 

Vicente Galdeano Lobera