Don Longinos Prado, jefe de una oficina de extranjería, era un hombre maduro, simplón, de corta estatura, rapado al cero para disimular su calvicie, con rostro sin energía y ojos apagados; le gustaba el jolgorio y comer abundante y sin pompas. Bajo esa apariencia vulgar se escondía una persona sensible que no sabía traducir sus sentimientos en gestos o palabras. Sus experiencias con mujeres siempre fueron de pago; yo lo que necesito son cariñicos de una mujer que me quiera, una mano femenina que arregle mi casa, se sinceraba don Longinos con sus subordinados.
La cosa cambió cuando
apareció por la oficina Camila, linda mulata de unos treinta años con cabello
cobrizo, piel color ámbar y unos ojos claros que aturden cuando te miran. A don
Longinos le resultaba imposible expresar su sentir a tan bella dama y mostró
mucha opulencia como método de conquista. Camila, bastante iletrada, larga en
gramática parda, perspicaz y muy zalamera, caló pronto la situación e hizo como
que se dejó encandilar.
Emparejados don
Longinos y Camila, cada uno de los consortes consiguió su meta; él, la compañía de
una mujer de bandera, diestra en amoríos, lo ilustró en cuestión de intimidad,
de gozo, de risas y en la fiesta de todos sentidos –al tiempo pagaría caras
esas lecciones–. Cariñicos, decía él; ella logró, además de la
nacionalidad y traer a España a su hijo de doce años, una posición de buen
nivel. Al tiempo reglamentario, Camila alumbró a Camilín, vivo retrato de su
madre –menos mal–, don Longinos, entusiasmado, en la oficina, no paraba de
ensalzar las proezas de su hijito; además de presumir –con todo detalle– de
los cariñicos recibidos de Camila, claro.
Don Longinos añora,
algo tarde, sus años de soledad; antes, sus emolumentos le alcanzaban para
vivir con desahogo y para comprar cariñicos a menudo. Ahora no
le alcanzan, Camila resultó una derrochona y una vaga de marca mayor. Bueno,
suplía esos defectos en la cama. Algo es algo.
Lo cierto es que
Prado, después de su jornada tenía que guisar, arreglar la casa e incluso
planchar la ropa. La cosa pegó tal giro que las zalamerías de Camila se
trocaron en odio hacia su marido. Tres años llevaba don Longinos a la luna de
valencia, es decir, sin recibir cariñicos ni nada. El jefe se
desahogaba contando sus desventuras en el trabajo; las contaba con pelos y
señales.
—Hágame caso, señor
Prado –le espetó un subalterno que tenía dos dedos de frente y apreciaba al
jefe–; le aconsejo que no cacaree sus intimidades, el personal se pitorrea a
sus espaldas y además les da nortes respecto a su esposa.
Aún añadió su ayudante
que a veces es más conveniente comprar la leche por litros que mantener la
vaca. Cierto.
Vicente Galdeano
Lobera - 31/01/2026
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