Saila Dávinson –de nombre auténtico Serafina Domínguez, pero eso se lo calla–, con sus cuarenta y cinco años bien llevados, es licenciada en Ingeniería y Químicas, con másteres en Marketing, Publicidad y Diseño Gráfico. También es lectora acérrima de lo romántico en todos sus vertientes. Devoradora de series y películas con los desvaríos que esto conlleva y adicta a la vida, a reír, a viajar, a la moda, a los amaneceres y atardeceres de ensueño en plan los pajaritos cantan y las nubes se levantan ¡Ah…! También es animalista, siempre en contra de la tauromaquia, del uso de pieles y casi, casi del consumo de carne. De esto último, casi. Le encanta la salsa boloñesa y es adicta a la Coca Cola Zero. Todo este bagaje cultural le sirve muy bien para su afición: escribir. De hecho ya ha autopublicado cinco novelas; ella misma se ocupa de la distribución, venta y envío por correo de sus libros –busca una editorial que haga ese trabajo, le aconsejaron–, no, que así todos los beneficios son para mi. Con varias ediciones de sus obras, ha vendido miles de libros –eso dice ella–, lo que le permite vivir de la literatura. Toda esta carta de presentación, Saila, si te descuidas, venga a cuento o no, te lo suelta así, en frío y sin avisar, para dejar claro ante quién estás.
La escritora y su hija
Margaret, veinteañera, eran viajeras avezadas –eso decían ellas– que recorrían
con su auto una comarca entre montañas no muy altas pero pintorescas. Según el
mapa estaban cerca de su meta; el nacimiento de un río que brota de una cueva
kárstica sita en un cortado de notable altura. El lugar prometía y ellas
querían hacerse la foto para decir que habían estado, para presumir de
viajeras; raramente permanecían más de un día en un destino, a veces solo un
rato, sin tiempo suficiente para saborear el paraje. Bueno, pero ellas así
presumían de cosmopolitas. En la zona abundaba la caza mayor con trazado
serpenteante de la vía. Circulaban más deprisa de la cuenta para encontrar
pronto el destino, pero al salir de una curva lo que encontraron fue un enorme
jabalí seguido de cuatro rayones en medio del camino. De milagro evitaron el
encontronazo con las reses, aun así del volantazo salió de la vía el auto y
estuvieron en un tris de despeñarse a una barranquera. Se hacían cruces que los
animales con su instinto hubieran entorpecido a sus protectores.
El susto que se
llevaron las féminas fue morrocotudo. Por el lugar no pasaba ni dios. Menos mal
que a unos cien metros del camino, en un cortijo, el señor Guillermo, hombre
setentón, pasaba buena parte del día cuidando su huerto y componiendo colmenas
y aperos del campo. Vio la situación, aparejó su mulo y se acercó para
socorrer. Sin dificultad, con el mulo sacaron el coche del atolladero, que de
chiripa no sufrió daño; el señor Guillermo convenció a las mujeres para que le
acompañaran al cortijo, por lo menos hasta recuperarse del susto. Además hacía
mal orache y comenzaba a llover.
Ya en el cortijo las
viajeras quedaron admiradas de los cachivaches que guardaba una estancia que
desde fuera parecía pequeña; en un desorden muy ordenado el señor Guillermo
tenía abundantes frascos de miel, aceite, dos pipas de vino, conservas de
tomate, orujo, mermeladas, olivas, almendras y nueces; había también utensilios
para hacer vino y aguardiente –el hombre les explicó la utilidad de cada cosa,
ellas estaban in albis–. Para colmo la chimenea estaba encendida con
abundante leña de carrasca y parrilla a mano dispuesta para asar buenas
costillas de cordero que tenía en el frigo. La lluvia arreciaba y el señor
Guillermo invitó a comer a las jóvenes. Aceptaron. El hombre, en un pispás,
avió una ensalada y puso en las brasas la parrilla. Algún reparo pusieron las
viajeras, lo más próximo a la carne que consumían hacía tiempo eran
hamburguesas, salchichas de frankfurt y de pollo del supermercado. Don
Guillermo con un venga, venga, déjense de pijotadas y al grano; prueben y
verán qué comemos los de pueblo. Sin melindres, la mujeres hicieron honor
al convite; comieron como personas mayores y apuraron todas viandas, y eso que eran
casi vegetarianas –eso decían ellas– y, a pesar de ser adictas a la Coca Cola
Zero, trasegaron entre los tres, más de un azumbre de clarete del año que
entraba como agua de manantial. Un día es un día, y después del susto qué mejor
que la hospitalidad del señor Guillermo –se justificaron.
Ya en la sobremesa,
Saila le soltó al buen hombre el estribillo de su carta de presentación, no
se sabe si para impresionar al labriego, o como pago a su hospitalidad, o para
dar a entender que era una escritora importante –según ella, claro–. Asimismo
le dejó claro que ellas no eran turistas vulgares, viajaban para acumular
capital cultural y conocer y mezclarse con los lugareños. Don Guillermo, la
interrumpía con un ¿Mande? cuando no entendía algunos conceptos como máster,
marketing, diseño... Serafina, al terminar de presumir, preguntó al
campesino qué opinión tiene de nosotras dos. El hombre contestó que usted,
Saila, sabe más que los ratones coloraos, y su hija, a pesar de que habla poco,
no le va a la zaga, se nota que sabe latín. Lo que calló don Guillermo, por
educación, fue que toda esa sabiduría, en el campo sirve de muy poco.
Al marcharse las
mujeres observaron el huerto que don Guillermo tenía muy bien arreglado,
dividido en terrazas y con un regato procedente de un manantial. Había unos
plantones de árboles que llamaron la atención de las mujeres.
— ¿Qué árboles son
esos, don Guillermo?
—Nada, son almendros
bordes, dan almendras amargas…
—Entonces, ¿para qué
los tiene si son malos?
—Para divertirme; los
planto con estrategia en lugares de paso y pronto se convierten en almendros
lozanos que dan el pego y mucho fruto. Los merodeadores que no entienden llenan
buenas bolsas que al llegar a casa comprueban su mal gusto. Con la cara torcida
por el amargor sueltan toda clase de improperios y lo largan en la cantina. De
ahí la diversión.
—Sí que tiene usted
zumba, sí, don Guillermo. Mire, para que guarde buen recuerdo de nosotras le
dedicaré mis dos últimas obras que publiqué, seguro que le gustarán.
—No se molesten, señoritas,
lo agradezco, pero servidor nunca fue a la escuela y no sabe leer ni escribir.
Las viajeras
aprendieron que la ética, la cortesía, la hospitalidad, la generosidad y el
respeto, esas materias que don Guillermo las tenía a raudales, no las enseñan
en ninguna Universidad. Vale.
Vicente Galdeano
Lobera - 29/06/2026