lunes, 29 de junio de 2026

Sobre conducta

 Saila Dávinson –de nombre auténtico Serafina Domínguez, pero eso se lo calla–, con sus cuarenta y cinco años bien llevados, es licenciada en Ingeniería y Químicas, con másteres en Marketing, Publicidad y Diseño Gráfico. También es lectora acérrima de lo romántico en todos sus vertientes. Devoradora de series y películas con los desvaríos que esto conlleva y adicta a la vida, a reír, a viajar, a la moda, a los amaneceres y atardeceres de ensueño en plan los pajaritos cantan y las nubes se levantan ¡Ah…! También es animalista, siempre en contra de la tauromaquia, del uso de pieles y casi, casi del consumo de carne. De esto último, casi. Le encanta la salsa boloñesa y es adicta a la Coca Cola Zero. Todo este bagaje cultural le sirve muy bien para su afición: escribir. De hecho ya ha autopublicado cinco novelas; ella misma se ocupa de la distribución, venta y envío por correo de sus libros –busca una editorial que haga ese trabajo, le aconsejaron–, no, que así todos los beneficios son para mi. Con varias ediciones de sus obras, ha vendido miles de libros –eso dice ella–, lo que le permite vivir de la literatura. Toda esta carta de presentación, Saila, si te descuidas, venga a cuento o no, te lo suelta así, en frío y sin avisar, para dejar claro ante quién estás.  

La escritora y su hija Margaret, veinteañera, eran viajeras avezadas –eso decían ellas– que recorrían con su auto una comarca entre montañas no muy altas pero pintorescas. Según el mapa estaban cerca de su meta; el nacimiento de un río que brota de una cueva kárstica sita en un cortado de notable altura. El lugar prometía y ellas querían hacerse la foto para decir que habían estado, para presumir de viajeras; raramente permanecían más de un día en un destino, a veces solo un rato, sin tiempo suficiente para saborear el paraje. Bueno, pero ellas así presumían de cosmopolitas. En la zona abundaba la caza mayor con trazado serpenteante de la vía. Circulaban más deprisa de la cuenta para encontrar pronto el destino, pero al salir de una curva lo que encontraron fue un enorme jabalí seguido de cuatro rayones en medio del camino. De milagro evitaron el encontronazo con las reses, aun así del volantazo salió de la vía el auto y estuvieron en un tris de despeñarse a una barranquera. Se hacían cruces que los animales con su instinto hubieran entorpecido a sus protectores.

El susto que se llevaron las féminas fue morrocotudo. Por el lugar no pasaba ni dios. Menos mal que a unos cien metros del camino, en un cortijo, el señor Guillermo, hombre setentón, pasaba buena parte del día cuidando su huerto y componiendo colmenas y aperos del campo. Vio la situación, aparejó su mulo y se acercó para socorrer. Sin dificultad, con el mulo sacaron el coche del atolladero, que de chiripa no sufrió daño; el señor Guillermo convenció a las mujeres para que le acompañaran al cortijo, por lo menos hasta recuperarse del susto. Además hacía mal orache y comenzaba a llover. 

Ya en el cortijo las viajeras quedaron admiradas de los cachivaches que guardaba una estancia que desde fuera parecía pequeña; en un desorden muy ordenado el señor Guillermo tenía abundantes frascos de miel, aceite, dos pipas de vino, conservas de tomate, orujo, mermeladas, olivas, almendras y nueces; había también utensilios para hacer vino y aguardiente –el hombre les explicó la utilidad de cada cosa, ellas estaban in albis–. Para colmo la chimenea estaba encendida con abundante leña de carrasca y parrilla a mano dispuesta para asar buenas costillas de cordero que tenía en el frigo. La lluvia arreciaba y el señor Guillermo invitó a comer a las jóvenes. Aceptaron. El hombre, en un pispás, avió una ensalada y puso en las brasas la parrilla. Algún reparo pusieron las viajeras, lo más próximo a la carne que consumían hacía tiempo eran hamburguesas, salchichas de frankfurt y de pollo del supermercado. Don Guillermo con un venga, venga, déjense de pijotadas y al grano; prueben y verán qué comemos los de pueblo. Sin melindres, la mujeres hicieron honor al convite; comieron como personas mayores y apuraron todas viandas, y eso que eran casi vegetarianas –eso decían ellas– y, a pesar de ser adictas a la Coca Cola Zero, trasegaron entre los tres, más de un azumbre de clarete del año que entraba como agua de manantial. Un día es un día, y después del susto qué mejor que la hospitalidad del señor Guillermo –se justificaron.

Ya en la sobremesa, Saila le soltó al buen hombre el estribillo de su carta de presentación, no se sabe si para impresionar al labriego, o como pago a su hospitalidad, o para dar a entender que era una escritora importante –según ella, claro–. Asimismo le dejó claro que ellas no eran turistas vulgares, viajaban para acumular capital cultural y conocer y mezclarse con los lugareños. Don Guillermo, la interrumpía con un ¿Mande? cuando no entendía algunos conceptos como máster, marketing, diseño... Serafina, al terminar de presumir, preguntó al campesino qué opinión tiene de nosotras dos. El hombre contestó que usted, Saila, sabe más que los ratones coloraos, y su hija, a pesar de que habla poco, no le va a la zaga, se nota que sabe latín. Lo que calló don Guillermo, por educación, fue que toda esa sabiduría, en el campo sirve de muy poco.

Al marcharse las mujeres observaron el huerto que don Guillermo tenía muy bien arreglado, dividido en terrazas y con un regato procedente de un manantial. Había unos plantones de árboles que llamaron la atención de las mujeres.

— ¿Qué árboles son esos, don Guillermo?

—Nada, son almendros bordes, dan almendras amargas…

—Entonces, ¿para qué los tiene si son malos?

—Para divertirme; los planto con estrategia en lugares de paso y pronto se convierten en almendros lozanos que dan el pego y mucho fruto. Los merodeadores que no entienden llenan buenas bolsas que al llegar a casa comprueban su mal gusto. Con la cara torcida por el amargor sueltan toda clase de improperios y lo largan en la cantina. De ahí la diversión.

—Sí que tiene usted zumba, sí, don Guillermo. Mire, para que guarde buen recuerdo de nosotras le dedicaré mis dos últimas obras que publiqué, seguro que le gustarán.

—No se molesten, señoritas, lo agradezco, pero servidor nunca  fue a la escuela y no sabe leer ni escribir.

Las viajeras aprendieron que la ética, la cortesía, la hospitalidad, la generosidad y el respeto, esas materias que don Guillermo las tenía a raudales, no las enseñan en ninguna Universidad. Vale. 

 

Vicente Galdeano Lobera - 29/06/2026