Don Servando Morcillo, que en su comarca no pasaba de tuercebotas, le salió el sol cuando aterrizó en la ciudad. Se espabiló y metió la cabeza en el concejo. Comenzó de barrendero, pero vio el percal y se apuntó a un partido político. A partir de ahí fue todo coser y cantar; aplaudía fuerte con el meñique estirado, con mucha unción al mandamás, y al poco lo nombraron concejal, concejal de cultura, nada menos. Ya tenemos al Morcillo a cargo de bibliotecas, eventos culturales y turismo. Bueno, Morcillo, de lecturas poco menos que nada; de eventos culturales, señalaremos que el tirar una cabra desde el campanario de su pueblo, el organizar cencerradas y algunas gamberradas parecidas, ese era su bagaje; en cuanto a turismo, Servando podría ilustrarnos sobre robar nidos, cazar verderones con cepo y conejos con hurón, además de pillar ranas en balsete. Quizá como concejal de incultura resultaría un portento, pero el señor alcalde sabrá lo que se hace. Las que organizaba Morcillo eran de aúpa, menos mal que Felisín, el secretario, que dominaba las cuatro reglas, las suavizaba algo.
No sabemos cómo ocurrió –seguramente el mando
valoró su trayectoria–, pero crearon un chiringuito… digo, un departamento
afín, nombrando al Morcillo adjunto a la Consejería de la Presidencia,
Interior, Interlocución Societal y Simplificación Gestora Regional ¡Hala! ¡Eso
es prosperar! Lo demás son tonterías y el que venga atrás que arree.
Este chiringuito, digo… departamento, se fundó
para que los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes, de pocas entendederas,
entiendan con simplicidad asuntos tan simples como Economía Sostenible, Agenda
2030, Cambio Climático, relaciones con las confesiones religiosas existentes en
la región, Alianza de Civilizaciones y un sinfín de asuntos de vital
importancia que los Viceconsejeros, Viceconsejeras y Viceconsejeres del ente les
explicarán con simplificación y mucha amabilidad. Para tan importante cometido
el departamento cuenta con una granja de más de dos mil funcionarios, que
suponemos que con tan alto cometido funcionarán, y casi seiscientos millones de
presupuesto.
Don Servando Morcillo, al verse con mando en
plaza en el chiringuito… digo, en el departamento, se envaneció y andaba
hinchado como un globo en plan autoritario; despreciaba a todo dios sin
escuchar a nadie –Morcillo no contemplaba que los globos también se deshinchan.
Lo que pasa es que Morcillo trasegaba morapio
como si fuera agua de manantial y al ir achispado soltaba todo el rato la
cantinela de que si yo, que he
sabido prosperar, que si yo,
que no le debo favores a nadie, que si yo,
que me he hecho a mí mismo… En una de esas
cantinelas el auxiliar Remartínez saltó: ¿Se ha
hecho a sí mismo, dice? Pues ya podía haberse esmerado más, señor Morcillo;
está usted mal estructurado, es feo a carta cabal, con estrabismo, chepa
indisimulable y renquea. Don Servado le
iba a responder por señas al intrépido auxiliar, pero al intentar levantarse
cayó de bruces, el pedal que portaba se lo impidió.
En el pueblo del Morcillo, los paisanos
celebraron los logros del camarada simplificador, pero analizada la cosa por
las fuerzas vivas locales, no tenían muy claro el cometido del Servando. Hombre…,
pues simple, lo que se dice simple no parece; es más, yo lo veo complicadísimo.
Podían haber elegido un epígrafe más sencillo –exclamó
el barbero que tenía fama de ser persona leída. Decidieron mandar una comisión
a la ciudad –encabezada por el Ernesto, mozo recio que se educó en colegio de
pago– para que, con simpleza, Servando les aclarara este asunto simplificador
del demonio. Y ya de paso, arrancarle algunas perras de los seiscientos millones
para arreglar la escuela y el abrevadero del pueblo.
La comisión topó con hueso, personados en la
Consejería Simplificadora les dijeron que tenían que pedir cita y, mediante
instancia, explicar con simpleza qué es lo que quieren. Estudiado el caso,
cuando el señor consejero lo tenga a bien, según su agenda, les atenderá; dos
meses, más o menos.
La comisión, desilusionada, se retiró con el
rabo entre las patas. Aun así, mediante instancia, convidaron a don Servando
Morcillo a una jornada de convivencia en su pueblo natal. Ya en el pueblo, el
señor consejero, de seguro que les explicaría con simpleza el asunto de marras.
Al Morcillo le convenía la invitación; seguro
que recibirán a tan ilustre visitante con banda de música, y en el pabellón,
bien adornado, organizarán una comilona de padre y muy señor mío, con abundante
vino recio.
Cuando a la semana siguiente el consejero puso
pie en su pueblo la sorpresa fue mayúscula; un hatajo de paisanos equipados con
cencerros, carraclas, cacerolas y cornetas le organizaron una esquilada. Esa
esquilada sí que fue de padre y muy señor mío. El Servando, viéndolas venir, se
dio el piro. A unos zagales aún les dio tiempo de atar unas latas vacías en la
trasera del coche oficial.
Vicente Galdeano Lobera.
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