lunes, 30 de marzo de 2026

Simplicidad

Don Servando Morcillo, que  en su comarca no pasaba de tuercebotas, le salió el sol cuando aterrizó en la ciudad. Se espabiló y metió la cabeza en el concejo. Comenzó de barrendero, pero vio el percal y se apuntó a un partido político. A partir de ahí fue todo coser y cantar; aplaudía fuerte con el meñique estirado, con mucha unción al mandamás, y al poco lo nombraron concejal, concejal de cultura, nada menos. Ya tenemos al Morcillo a cargo de bibliotecas, eventos culturales y turismo. Bueno, Morcillo, de lecturas poco menos que nada; de eventos culturales, señalaremos que el tirar una cabra desde el campanario de su pueblo, el organizar cencerradas y algunas gamberradas parecidas, ese era su bagaje; en cuanto a turismo, Servando podría ilustrarnos sobre robar nidos, cazar verderones con cepo y conejos con hurón, además de pillar ranas en balsete. Quizá como concejal de incultura resultaría un portento, pero el señor alcalde sabrá lo que se hace. Las que organizaba Morcillo eran de aúpa, menos mal que Felisín, el secretario, que dominaba las cuatro reglas, las suavizaba algo.

No sabemos cómo ocurrió –seguramente el mando valoró su trayectoria–, pero crearon un chiringuito… digo, un departamento afín, nombrando al Morcillo adjunto a la Consejería de la Presidencia, Interior, Interlocución Societal y Simplificación Gestora Regional ¡Hala! ¡Eso es prosperar! Lo demás son tonterías y el que venga atrás que arree. 

Este chiringuito, digo… departamento, se fundó para que los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes, de pocas entendederas, entiendan con simplicidad asuntos tan simples como Economía Sostenible, Agenda 2030, Cambio Climático, relaciones con las confesiones religiosas existentes en la región, Alianza de Civilizaciones y un sinfín de asuntos de vital importancia que los Viceconsejeros, Viceconsejeras y Viceconsejeres del ente les explicarán con simplificación y mucha amabilidad. Para tan importante cometido el departamento cuenta con una granja de más de dos mil funcionarios, que suponemos que con tan alto cometido funcionarán, y casi seiscientos millones de presupuesto.

Don Servando Morcillo, al verse con mando en plaza en el chiringuito… digo, en el departamento, se envaneció y andaba hinchado como un globo en plan autoritario; despreciaba a todo dios sin escuchar a nadie –Morcillo no contemplaba que los globos también se deshinchan. 

Lo que pasa es que Morcillo trasegaba morapio como si fuera agua de manantial y al ir achispado soltaba todo el rato la cantinela de que si yo, que he sabido prosperar, que si yo, que no le debo favores a nadie, que si yo, que me he hecho a mí mismo… En una de esas cantinelas el auxiliar Remartínez saltó: ¿Se ha hecho a sí mismo, dice? Pues ya podía haberse esmerado más, señor Morcillo; está usted mal estructurado, es feo a carta cabal, con estrabismo, chepa indisimulable y renquea. Don Servado le iba a responder por señas al intrépido auxiliar, pero al intentar levantarse cayó de bruces, el pedal que portaba se lo impidió.

En el pueblo del Morcillo, los paisanos celebraron los logros del camarada simplificador, pero analizada la cosa por las fuerzas vivas locales, no tenían muy claro el cometido del Servando. Hombre…, pues simple, lo que se dice simple no parece; es más, yo lo veo complicadísimo. Podían haber elegido un epígrafe más sencillo –exclamó el barbero que tenía fama de ser persona leída. Decidieron mandar una comisión a la ciudad –encabezada por el Ernesto, mozo recio que se educó en colegio de pago– para que, con simpleza, Servando les aclarara este asunto simplificador del demonio. Y ya de paso, arrancarle algunas perras de los seiscientos millones para arreglar la escuela y el abrevadero del pueblo.

La comisión topó con hueso, personados en la Consejería Simplificadora les dijeron que tenían que pedir cita y, mediante instancia, explicar con simpleza qué es lo que quieren. Estudiado el caso, cuando el señor consejero lo tenga a bien, según su agenda, les atenderá; dos meses, más o menos.

La comisión, desilusionada, se retiró con el rabo entre las patas. Aun así, mediante instancia, convidaron a don Servando Morcillo a una jornada de convivencia en su pueblo natal. Ya en el pueblo, el señor consejero, de seguro que les explicaría con simpleza el asunto de marras. 

Al Morcillo le convenía la invitación; seguro que recibirán a tan ilustre visitante con banda de música, y en el pabellón, bien adornado, organizarán una comilona de padre y muy señor mío, con abundante vino recio.

Cuando a la semana siguiente el consejero puso pie en su pueblo la sorpresa fue mayúscula; un hatajo de paisanos equipados con cencerros, carraclas, cacerolas y cornetas le organizaron una esquilada. Esa esquilada sí que fue de padre y muy señor mío. El Servando, viéndolas venir, se dio el piro. A unos zagales aún les dio tiempo de atar unas latas vacías en la trasera del coche oficial.


Vicente Galdeano Lobera.

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