Micaela notó que su relación estaba en piloto automático; le asqueaba la monotonía de Rogelio, su falta de iniciativa, su hablar de lo suyo –convenía darle siempre la razón–, hacer día tras día lo mismo, sin experiencias diferentes o espontáneas, sin detalles, sin romanticismo… Lo que colmó el vaso fue que a Micaela le soplaron –lo creyó a pies juntillas, el soplo venía de su amiga Clara– que su marido era un pelín putero ¡Hala! ¡Eso encima! ¡Hasta ahí podíamos llegar! Se divorciaron.
En su nuevo estado,
Micaela pensó que todo iría sobre ruedas; no aguantaría rarezas ni manías de
nadie, y menos a puteros. Ahora podré hacer y deshacer a mi aire,
redescubriendo quién soy yo sola. Pero ¡Ay amigo!, una cosa es lo que se
piensa y otra la realidad. Al tiempo, Micaela redescubrió que al llegar al
hogar, después del trabajo, no había nadie con quien descargar su frustración.
Ya no podía poner mala cara ni hacerse la víctima; su única compañía eran la
soledad y el silencio, un panorama con el que se le caía la casa encima.
Decidió dar un garbeo por las redes y tantear cómo estaba el percal de las
citas. Se plantó y se dijo que basta ya de solemnidades: a vivir, que son dos
días. Se presentó como “mujer dinámica, con buena conversación y con sentido
del humor”; es decir, se veía a las claras que estaba desesperada por hablar
con alguien que no fuera el cartero.
El plantel de
pretendientes que respondieron no era, precisamente, para tirar cohetes; se
diría que estaban más desesperados que ella, lo cual ya es decir.
Enrique, el primer
cortejador, a Micaela le costó reconocerlo. En su foto de perfil –de hacía más
de una década– prometía, pero en persona espantaba. Era un cincuentón que
pretendía ser un veinteañero, vestía una camisa dos tallas menos que no podía
disimular su enorme barriga cervecera; llevaba unos vaqueros ajustadísimos,
desgastadísimos y no muy limpios, calzaba unos deportivos que alguna vez serían
blancos, pero que ahora lucían un marrón sucio digno de un pocero y unas gafas
de sol de espejo reflectante dentro de la cafetería que no se las quitó en todo
el rato. Para rematar el cuadro llevaba un peluquín mal pegado y muy en
desacuerdo con su fisionomía –se le veían canas por debajo–, que parecía una
boina pardusca sobre su cabeza. Este Enrique, dio la tabarra casi una hora de
la cita y le explicó, sin dejarla hablar, los beneficios del ayuno intermitente
y que las criptomonedas salvarían al mundo occidental más occidentalizado.
Mientras lo miraba ajustarse el peluquín, Micaela sintió un pinchazo de
nostalgia, su ex, Rogelio lucía su calva con dignidad, sabía cuándo callarse y
entendía de finanzas reales. Lástima que fuera un pelín putero.
Luego llegó Matías,
que se autoproclamaba como “un caminante sin rumbo descifrador de la poesía
oculta en los rincones de la gran ciudad”. A este, con semejante epiteto,
Micaela lo catalogó de tonto, directamente. Luego se dio cuenta que se había
quedado corta; era más tonto aún y, para colmo, tacaño. Este “caminante” se
presentó con una camiseta llena de manchas de humedad y un aliento que tiraba
de espaldas. Se pasó la velada criticando al consumismo mientras tragaba de lo
más caro. Discursivamente, era incapaz de articular tres palabras sin recurrir
a “sinergia” o “vibras”. Demostró habilidad para hacerse el sueco; Micaela tuvo
que pagar la cena y el aparcamiento. Volvió a recordar a su marido; Rogelio era
algo tacaño, pero no farolero ni cantamañanas. Ni tonto. Otro gallo cantaría si
no hubiera sido un pelín putero.
La cosa empeoró aún
más cuando a la siguiente semana apareció Jacinto, un fulano que se
autoproclamó “chamán cuántico y escultor de energías”. Era un tipo digno de
estudio. Avejentado, enjuto, de tez deslucida, llevaba una rala coleta que
recogía sus pocos cabellos. Sus pendientes y su ropa, en un intento desesperado
por parecer moderno, solo conseguían que pareciera mal vestido y fuera de
lugar. El toque final lo daba su estrabismo: una mirada perdida en dos
direcciones que impedían saber si te miraba a ti, al camarero o al infinito.
Micaela a punto estuvo de salir pitando. Decidió quedarse, estudiar al
tipo.
—Oiga, y eso de
“chamán cuántico y escultor de energía”... ¿Qué es exactamente?
A Jacinto se le fue la
sonrisa mística. En su perfil el título sonaba rotundo, casi erótico,
carismático con pretensiones de impresionar. Pero ahí, frente a Micaela que
exigía definiciones literales y tiraba a dar, no coló; se vio desarmado.
Intentó recordar el estribillo que tenía preparado, ¿era su destreza para
sanar? ¿Lo de moldear el aura con las manos?
—Bueno… –carraspeó
mirando al suelo como si buscara algo, no esperaba preguntas así–. Es… una
sinergia. Yo… esculpo. No el barro, ¿sabes?, sino el… flujo. Los campos
morfogenéticos.
— ¿Los campos qué?
–preguntó ella apoyando la barbilla en la mano, sonriente.
—La energía –contestó
él sudando frío, viéndose pillado–. Lo que nos rodea. La física cuántica dice
que todo es onda y energía. Pues yo… le doy forma. Con la mente. Y el corazón.
—Ah –asintió ella,
analizando la situación–, es decir, que su oficio no le da para llegar a fin de
mes.
Ahí terminó el estudio.
Jacinto soltó algunas frases inconexas sobre la densidad de la materia y el
karma de los restaurantes, pero estaba visiblemente tocado. Pagó la
cuenta de mala gana y salieron.
Comparado con esta
fauna de chamanes que no tenían espejo, su marido era un auténtico gentleman.
Tenía clase, sabía vestir y jamás le había dado tabarra con eso de moldear
el aura. Si no hubiera sido un pelín putero… Qué lástima de hombre.
El desfile de tipos
raros continuó, cada vez más deplorable, cada vez más vacío, incluyendo a un
divorciado que medía un metro sesenta –que en su perfil afirmaba jugar al
baloncesto profesional–; este profesional intentó llevarla al huerto a
la primera de cambio –el colega había reservado habitación en un motel–.
Micaela, con un detente bala, detuvo las intenciones del fulano. De
golpe.
Una tarde, tras
rechazar a un candidato que en su foto posaba con un chándal de colorines y con
gafas de espejo muy en plan moderno –Micaela parecía tener imán para atraer
adefesios–, se dijo que ya había tanteado suficiente, y que para ese
viaje no se necesitaban alforjas. La casa ya no se le caía encima; ahora le
parecía el refugio más seguro de la Tierra.
Poco a poco, Micaela
casi se estabilizó. Pero le reconcomía en su conciencia el haber despreciado a
su ex; Rogelio, comparado a la sarta de desastrados, era un George Clooney, un
santo varón, el summum del buen hacer y mejor proceder. Aunque fuera un
pelín putero –eso le sopló en su día Clara, pero podría no ser cierto, podría
ser envidia–. Reconsideró, cada vez más a menudo, el acercarse a Rogelio y
tratar de recuperarlo. La amiga Clara, olió la tostada:
—Micaela, solo quiero
abrirte los ojos, Rogelio está con una mujer guapísima, de verdad que lo siento
–dijo Clara, saboreando el dolor de su amiga como si fuera el mejor de los
bombones–. Déjalo pasar, ya te advertí que era un pelín putero.
Siempre convendría
mirar el plumero que lucen nuestros allegados. Sí.
Vicente Galdeano
Lobera - 10/09/2026