jueves, 10 de septiembre de 2026

Por un pelín

Micaela notó que su relación estaba en piloto automático; le asqueaba la monotonía de Rogelio, su falta de iniciativa, su hablar de lo suyo –convenía darle siempre la razón–, hacer día tras día lo mismo, sin experiencias diferentes o espontáneas, sin detalles, sin romanticismo… Lo que colmó el vaso fue que a Micaela le soplaron –lo creyó a pies juntillas, el soplo venía de su amiga Clara– que su marido era un pelín putero ¡Hala! ¡Eso encima! ¡Hasta ahí podíamos llegar! Se divorciaron. 

En su nuevo estado, Micaela pensó que todo iría sobre ruedas; no aguantaría rarezas ni manías de nadie, y menos a puteros. Ahora podré hacer y deshacer a mi aire, redescubriendo quién soy yo sola. Pero ¡Ay amigo!, una cosa es lo que se piensa y otra la realidad. Al tiempo, Micaela redescubrió que al llegar al hogar, después del trabajo, no había nadie con quien descargar su frustración. Ya no podía poner mala cara ni hacerse la víctima; su única compañía eran la soledad y el silencio, un panorama con el que se le caía la casa encima. Decidió dar un garbeo por las redes y tantear cómo estaba el percal de las citas. Se plantó y se dijo que basta ya de solemnidades: a vivir, que son dos días. Se presentó como “mujer dinámica, con buena conversación y con sentido del humor”; es decir, se veía a las claras que estaba desesperada por hablar con alguien que no fuera el cartero.

El plantel de pretendientes que respondieron no era, precisamente, para tirar cohetes; se diría que estaban más desesperados que ella, lo cual ya es decir.

Enrique, el primer cortejador, a Micaela le costó reconocerlo. En su foto de perfil –de hacía más de una década– prometía, pero en persona espantaba. Era un cincuentón que pretendía ser un veinteañero, vestía una camisa dos tallas menos que no podía disimular su enorme barriga cervecera; llevaba unos vaqueros ajustadísimos, desgastadísimos y no muy limpios, calzaba unos deportivos que alguna vez serían blancos, pero que ahora lucían un marrón sucio digno de un pocero y unas gafas de sol de espejo reflectante dentro de la cafetería que no se las quitó en todo el rato. Para rematar el cuadro llevaba un peluquín mal pegado y muy en desacuerdo con su fisionomía –se le veían canas por debajo–, que parecía una boina pardusca sobre su cabeza. Este Enrique, dio la tabarra casi una hora de la cita y le explicó, sin dejarla hablar, los beneficios del ayuno intermitente y que las criptomonedas salvarían al mundo occidental más occidentalizado. Mientras lo miraba ajustarse el peluquín, Micaela sintió un pinchazo de nostalgia, su ex, Rogelio lucía su calva con dignidad, sabía cuándo callarse y entendía de finanzas reales. Lástima que fuera un pelín putero.

Luego llegó Matías, que se autoproclamaba como “un caminante sin rumbo descifrador de la poesía oculta en los rincones de la gran ciudad”. A este, con semejante epiteto, Micaela lo catalogó de tonto, directamente. Luego se dio cuenta que se había quedado corta; era más tonto aún y, para colmo, tacaño. Este “caminante” se presentó con una camiseta llena de manchas de humedad y un aliento que tiraba de espaldas. Se pasó la velada criticando al consumismo mientras tragaba de lo más caro. Discursivamente, era incapaz de articular tres palabras sin recurrir a “sinergia” o “vibras”. Demostró habilidad para hacerse el sueco; Micaela tuvo que pagar la cena y el aparcamiento. Volvió a recordar a su marido; Rogelio era algo tacaño, pero no farolero ni cantamañanas. Ni tonto. Otro gallo cantaría si no hubiera sido un pelín putero. 

La cosa empeoró aún más cuando a la siguiente semana apareció Jacinto, un fulano  que se autoproclamó “chamán cuántico y escultor de energías”. Era un tipo digno de estudio. Avejentado, enjuto, de tez deslucida, llevaba una rala coleta que recogía sus pocos cabellos. Sus pendientes y su ropa, en un intento desesperado por parecer moderno, solo conseguían que pareciera mal vestido y fuera de lugar. El toque final lo daba su estrabismo: una mirada perdida en dos direcciones que impedían saber si te miraba a ti, al camarero o al infinito. Micaela a punto estuvo de salir pitando. Decidió quedarse, estudiar al tipo.

—Oiga, y eso de “chamán cuántico y escultor de energía”... ¿Qué es exactamente?

A Jacinto se le fue la sonrisa mística. En su perfil el título sonaba rotundo, casi erótico, carismático con pretensiones de impresionar. Pero ahí, frente a Micaela que exigía definiciones literales y tiraba a dar, no coló; se vio desarmado. Intentó recordar el estribillo que tenía preparado, ¿era su destreza para sanar? ¿Lo de moldear el aura con las manos?

—Bueno… –carraspeó mirando al suelo como si buscara algo, no esperaba preguntas así–. Es… una sinergia. Yo… esculpo. No el barro, ¿sabes?, sino el… flujo. Los campos morfogenéticos.

— ¿Los campos qué? –preguntó ella apoyando la barbilla en la mano, sonriente.

—La energía –contestó él sudando frío, viéndose pillado–. Lo que nos rodea. La física cuántica dice que todo es onda y energía. Pues yo… le doy forma. Con la mente. Y el corazón.

—Ah –asintió ella, analizando la situación–, es decir, que su oficio no le da para llegar a fin de mes. 

Ahí terminó el estudio. Jacinto soltó algunas frases inconexas sobre la densidad de la materia y el karma de los restaurantes, pero estaba visiblemente tocado. Pagó la cuenta de mala gana y salieron.

Comparado con esta fauna de chamanes que no tenían espejo, su marido era un auténtico gentleman. Tenía clase, sabía vestir y jamás le había dado tabarra con eso de moldear el aura. Si no hubiera sido un pelín putero… Qué lástima de hombre.

El desfile de tipos raros continuó, cada vez más deplorable, cada vez más vacío, incluyendo a un divorciado que medía un metro sesenta –que en su perfil afirmaba jugar al baloncesto profesional–; este profesional intentó llevarla al huerto a la primera de cambio –el colega había reservado habitación en un motel–. Micaela, con un detente bala, detuvo las intenciones del fulano. De golpe. 

Una tarde, tras rechazar a un candidato que en su foto posaba con un chándal de colorines y con gafas de espejo muy en plan moderno –Micaela parecía tener imán para atraer adefesios–, se dijo que ya había tanteado suficiente, y que para ese viaje no se necesitaban alforjas. La casa ya no se le caía encima; ahora le parecía el refugio más seguro de la Tierra. 

Poco a poco, Micaela casi se estabilizó. Pero le reconcomía en su conciencia el haber despreciado a su ex; Rogelio, comparado a la sarta de desastrados, era un George Clooney, un santo varón, el summum del buen hacer y mejor proceder. Aunque fuera un pelín putero –eso le sopló en su día Clara, pero podría no ser cierto, podría ser envidia–. Reconsideró, cada vez más a menudo, el acercarse a Rogelio y tratar de recuperarlo. La amiga Clara, olió la tostada:

—Micaela, solo quiero abrirte los ojos, Rogelio está con una mujer guapísima, de verdad que lo siento –dijo Clara, saboreando el dolor de su amiga como si fuera el mejor de los bombones–. Déjalo pasar, ya te advertí que era un pelín putero.

Siempre convendría mirar el plumero que lucen nuestros allegados. Sí.

 

Vicente Galdeano Lobera - 10/09/2026

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