En la estancia sonaron cuatro timbrazos, dos más de los de rigor. Por megafonía sonó un aviso: ¡Señor Burrero, señor Burrero!, ¡por órdenes de la dirección, pase usted rápido por la barbería que le arreglaremos el pelo…! ¡Perdón, pase por la conserjería! ¡Señor Burrero, señor Burrero! Y sonaron otros cuatro timbrazos capaces de despertar a un muerto. El señor Burrero, alarmado, se dijo que esas no son trazas de despertar al maestro de su siesta, con dos toques vale; cuando baje, el conserje se va a enterar. Amodorrado, el maestro no se dio cuenta de la burla, era calvo y no necesitaba peluquería. Espabiló rápido; al levantarse y buscar su calzado, fue todo uno el poner los pies en el suelo y comenzar a brincar como bailando sin música, se pegó un buen costalazo y al levantarse como pudo, el maestro parecía un erizo. Comenzó a berrear tan de recio, que el personal docente acudió a ver qué pasaba con semejante escandalera. Lo que pasaba es que unos alumnos, hartos ya de recibir leña –donde las dan las toman–, mientras roncaba don Gaspar, rociaron el cuarto con grava cortante y chinchetas. Después, aprovecharon un descuido del conserje, agarraron el micrófono y lanzaron el aviso. Y los timbrazos, claro.
Don Gaspar Burrero,
maestro de primaria, tenía muy arraigada la costumbre de sacudir buenos
pescozones a su alumnado, viniera a cuento o no, aunque los chicos acataran la
norma. Se conoce que el maestro tenía su cupo diario de tortas y las repartía a
troche y moche; vaya si las repartía. Además de lo dicho, don Gaspar, también
tenía muy arraigada otra costumbre: la de soplarse una botella de vino en la
comida y, para rematar, se arreaba un carajillo bien aviado y un par de copas
de Chinchón. Estas libaciones ejercían como el más eficaz somnífero para
pegarse una buena siesta. A su hora, los dos timbrazos del conserje lo ponían
en pie.
Don Benigno, el médico
del pueblo, atendió con solicitud al maestro. Aseguró que los pinchazos no
revestían peligro, sólo limpieza y desinfección; aun así le puso la vacuna
antitetánica. Por si las moscas. Esa tarde don Gaspar no dio clase. Tampoco
pescozones, claro; algo ganaron los alumnos.
A los días, ya
incorporado a clase, don Gaspar, encolerizado, sermoneó a los chicos, les
amenazó con reformatorio, presidio, multas… y más cosas. Que esto no quedará
así; que si piensan marchar de rositas están equivocados, que no conocen
ustedes a don Gaspar. Me conocerán y pagarán cara esa burla, muy cara. – ¡A
ver!, ¡quién ha sido! ¡Sepan que como maestro tengo presunción de veracidad y
los empapelaré a todos! ¡A todos!
Los alumnos aguantaron
el chaparrón como si nada, sin cantar, con cara de no haber roto un plato.
Don Gaspar Burrero se
sintió ignorado y llevó un parte disciplinario a la Dirección del Centro
señalando el día, la hora y los alumnos sospechosos de la agresión; o sea,
todos. No le hicieron mucho caso. En aquel tiempo no había móviles ni cámaras
que siguieran los pasos de los agresores y la dirección consideró la broma
indemostrable, no había pruebas.
El maestro dijo que denunciaría en instancias más altas y marchó decepcionado lleno de resentimiento y deseos de venganza. –Puede usted denunciar donde le plazca, respondió el director. En la instancias más altas, contestaron al señor Burrero que veían difícil demostrar la autoría de la gamberrada, que indagaron y comprobaron que el conserje se había ausentado de su puesto: –Salí a por tabaco, se justificó el hombre; al decirle que se había pegado casi una hora fuera añadió: –Bueno, entré al bar y me marqué una tónica sin ginebra y eché unas monedas a la tragaperras. Por cierto, me tocó un buen premio. Puede que no fueran los chicos, porque, –¿quién puede asegurar que al faltar el conserje, alguien con malas intenciones no aprovechó para gastarle a usted la trastada? ¿Eh? Es complicado acusar a alguien sin pruebas, señor maestro. Por otra parte, no es tan grave el sentir unos pinchazos en los pies, con la atención médica que usted recibió quedó todo arreglado. Le aconsejo que no le dé más vueltas al asunto, hemos mirado su trayectoria y, digamos que si removemos el método de varapalo y tentetieso que aplicaba, no saldría usted bien parado. Vaya usted con Dios. Fue toda respuesta. Don Gaspar exigió que esa respuesta se la dieran por escrito. Hartos ya, le contestaron que sí, se la escribirían y le pondrían música, si hace falta.
El maestro marchó todo
mohíno; no era para menos, vio mermada su autoridad, le costaba digerir
que en adelante se terminó el reparto de pescozones. Lo cierto es que el
alumnado barruntó la resolución y se reían en sus morros. Menos mal que en
aquel tiempo ya se había inventado la baja laboral. Don Gaspar Burrero se
aprovechó de este derecho y refunfuñando alcanzó la jubilación.
Está visto que esto
del karma a veces funciona; según el comportamiento de la persona, así será su
futuro. Eso dicen.
Vicente Galdeano
Lobera - 29/08/2026