viernes, 30 de junio de 2023

Sobre cansados

 

El camarada dejó su móvil en casa y decidió despejarse paseando por la ciudad; estaba harto de soportar llamadas inoportunas donde ofrecían toda clase de ventajas sobre tarifas eléctricas, líneas telefónicas, internet y ofrecimientos del oro y el moro. Todo en plan impertinente.

Poco duró su tranquilidad; unos jóvenes, cartapacio en ristre le abordaron para que colaborara en la salvación del mundo. Es decir, por una módica cuota ayudar a niños del tercer mundo, refugiados y migrantes afectados por guerras y el cambio climático (tenían bien aprendido el estribillo del buenismo). Se los quitó de encima como pudo. Aún les dejó caer, a los del cartapacio, que esos refugiados serían más bien desertores; los que él conocía, eran unos maromos grandes como castillos y en edad militar que sin trabajar recibían varias ayudas. Lo del clima, les espetó que estaban bien adoctrinados y que deberían documentarse y aprender que desde que el mundo es mundo siempre ha habido cambio climático; y no había coches.

El camarada guió sus pasos a una galería comercial y comprobó más de lo mismo. O parecido. A los pocos pasos unas señoritas de buen ver se le acercan para ofrecer ofertas de tratamientos tan milagrosos como el elixir de la larga vida. “Tengo más setenta años, damiselas, no me interesa”, les suelta.

Los personajes indicados, con ser pelmazos, no pasan de ser pelmazos de infantería. Dejaremos a su aire al camarada y señalaremos algunos pelmazos más fuste: los que te explican al detalle todo el proceso de una enfermedad propia o ajena, a poder ser con fragmentos escatológicos. A poca atención que les prestes logran ponerte malo.

Pasaremos por alto a los donjuanes, cazadores –con su variante de caza del zorro–, deportistas, jugadores de cartas, de parchís y dominó. Se podrían añadir los jugadores de ping pong y futbolín –son igual de plomos–. Si bien estos últimos tienen el atenuante de la originalidad.

Como pelmas de más calado nos centraremos en los que escriben algo. Los “que escriben algo” se creen parecidos al centro del mundo; todos han de leer su libro y pasar antes por la rutina de comprarlo, acudir a la presentación, leerlo e incluso comentar la obra con los halagos de rigor. Por eso los que escriben tienen tan pocos amigos.

Baremo más alto en impertinencia alcanzan los autoproclamados poetas. Estos son peligrosos; si bajas la guardia te envuelven en una encerrona con estrofas que para nada habías calculado el soportar. La solución para quitárselos de encima es algo dura, pero conviene aplicarla a rajatabla: disculpe usted, señor poeta, pero debido a mi atolondramiento no dispongo de la suficiente atención para saborear su lírica. Cuando yo tenga el adecuado ánimo, le aviso. O mejor aún, puede declamar sus versos en mi funeral, que lo mismo que Zorrilla en el entierro de Larra, alcanzará usted reputación, seguro. Siempre y cuando mis allegados no decidan tirar mis restos por un barranco, claro.

Otros pelmazos de peso son los que se proclaman historiadores. Para ser historiador, lo que se llama historiador, se debe ser libre, independiente, de gran temple de carácter, sin esperar ni temer nada. Además tener gran conocimiento de los asuntos y una claridad perfecta de expresión. Es decir, de estos hay pocos. Algunos de estos cronistas, no pasan de ser, además de pelmas, unos panfletistas dedicados a repetir como cacatúas las consignas aprendidas sin criterio propio.

Por supuesto que hay más variedad de cargantes, pero como muestreo vale. En cualquier caso este escrito es como un aviso a navegantes para saber por dónde vienen los tiros. Y salir pitando, claro.



Vicente Galdeano Lobera


viernes, 26 de mayo de 2023

Maese Cesarín

 

Se podría decir que maese Cesarín es maestro en el arte del saber vivir; siempre se las ha arreglado para trabajar poco y cobrar mucho. Y eso es un oficio que no domina cualquiera; sólo los grandes artistas, y no todos.

Maese Cesarín es hombre ocurrente y gracioso donde los haya que no solo ha sabido salir airoso de todos trances de la vida y prosperar para lograr sacar adelante su familia con decoro, sino que ha sabido aumentar su patrimonio con acertadas inversiones dignas de expertos en ingeniería financiera. A maese Cesarín, como dijimos, la naturaleza le dotó de un don de gentes y una labia admirables –lo que pasa es que a veces, por bien que se hable, si se habla demasiado, siempre se dicen más tontadas de la cuenta–. Cesarín, con buen ojo, adquirió un apartamento, casi en primera línea de playa, en la Costa del Azahar, que le sirvió para ampliar su ya extensa nómina de amigos. El maese siempre presumía de que quien tiene un amigo tiene un tesoro “y yo, a la vista está, tengo muchos tesoros”. Puerta con puerta de su apartamento conoció a un tal Javi Bonillo. Del tal Bonillo, Cesarín siempre hablaba como de un amigo de prestigio, gran profesional, de muy buena posición, que se había comprado una mountan bike de las caras, se paseaba por el campo en cuad y que frecuentaba pub musicales con DJ (di yei) prestigiosos –se nota que Cesarín domina hablares y decires de vanguardia.

Cuando en cierta ocasión me presentó a Bonillo, lo que yo vi fue un fulano bastante vulgar, de una simpleza atroz que tenía un discurso en alta voz, mostrando todo el rato los grandes aciertos que él desarrollaba en su trabajo (era repartidor), lo mucho que ganaba y que era muy experto en la caza del zorro; no lo sacabas de esos temas. Cuando comenzaba a perorar, era difícil el meter baza. Era de esos sujetos que se recrean escuchándose a sí mismos.

Bueno, el presumir no es pecado pero la amistad con según quien sitúa a Cesarín en el ámbito de la confusión. Porque este Bonillo, a pesar de su profesionalidad, su prestigio, su riqueza y su experiencia, veremos claro que no pasó la prueba del algodón.

Avisaron al maese que pasaría, sobre las cinco, el técnico a reparar la climatización del piso de la playa; menos mal que estaba allí su amigo que disponía de llaves de su apartamento y así no tendría que desplazarse desde Zaragoza.

— ¡Que no! ¡Ven tú si quieres! No estoy dispuesto a perder mi tiempo de playa por darte gusto a ti –fue la respuesta del amigo.

—Pero, Javi, que no te cuesta nada, le abres la puerta al mecánico y te vas, le dices que cuando termine eche las llaves al buzón y la recoges cuando regreses; me dice que si no viene hoy, tardará tres meses en volver.

— ¡Te digo que no! No estoy dispuesto a perder ¡...ni cinco minutos de mi asueto sólo por complacerte a ti! Te fastidias y vienes a abrirle tú. Desde Zaragoza tienes tres horas, aún te da tiempo.

Ante el empecinamiento del Bonillo, maese Cesarín resolvió ir al médico y pillar la baja. Así sobre el mediodía partió hacia la playa a resolver el problema de mantenimiento.

A este prenda de Javi Bonillo le cuadraría mejor apellidarse Malillo. O como dicen en mi pueblo: botarate.


Vicente Galdeano Lobera


domingo, 23 de abril de 2023

Maestros

 

Los sistemas de enseñanza han variado en el pasar de los tiempos. Si para bien o para mal, eso habría que indagarlo. Quien suscribe, lo poco que acudió a la escuela, sólo tuvo dos maestros: don Mariano y don Alfredo.

El primero enseñaba las primeras letras a los pequeños; es decir, a su manera desasnaba a los enanos para el devenir de la vida. Este don Mariano cubría el expediente de guía, pero era hombre propenso a la rabieta y gritaba, insultaba, renegaba y, sobre todo repartía leña a troche y moche. A veces a destiempo.

Quien suscribe, a los nueve años pasó a la sección de “mayores”. Allí el maestro era don Alfredo, mentor muy distinto al otro. Don Alfredo, además de ameno, venía a ser una especie de sabio; tocaba todos palos, tocaba la mecánica –le puso motor a su vieja bicicleta–, tocaba la guitarra, pero sobre todo embelesaba a sus alumnos cuando explicaba Historia de España; también Historia Sagrada, tan necesaria para la oratoria como para comprender textos (en cualquier conversación sale a relucir eso de: pasó las de Caín, más falso que Judas, la procesión va por dentro, nos lavamos las manos como Pilatos, de Pascuas a Ramos… incluso “más limpio que la patena”, dicho en 2014 por el ateo y millonario Zapatero referente a un estatuto).

Estos señores maestros aplicaban el mismo sistema para hacer entrar en vereda a los alumnos más reticentes: repartían unas hostias que temblaba el misterio –otra vez echamos mano de la Historia Sagrada.

Este método de varapalo y tentetieso empleado entonces, a pesar de que hay quien piensa que era mano de santo para enderezar caracteres, no pasaba de ser un maltrato físico y psicológico con secuelas en el ánimo que, en algunos alumnos, duran toda la vida; y lo que es peor, con deseos de venganza sobre futuros subordinados. Cabe añadir que los bofetones, lo mismo que los arrestos en la mili, los recibían siempre los mismos; convenía espabilar para evitarlos. En cualquier caso, eso pertenece al pasado y ahí poco se puede hacer ya; más bien nada.

A pesar de su poco sueldo –habrán oído eso de pasas más hambre que un maestro escuela–, estos señores maestros vestían con decencia, siempre iban trajeados.

El plantel de maestros –perdón, profesores– de ahora es de risa, por no decir de pena; son de reconocido mal gusto en indumentaria, son lo más parecido a una panda de horteras vestidos de mamarrachos en plan capitán Tan con bermudas. Salvo excepciones, esta tropa, amigos del buen rollito y de adoctrinar y tal, es la que ha convertido la Universidad en una fábrica de ignorantes. También con excepciones, claro, pero a los hechos me remito.

Estos sujetos, se precian de tener licenciaturas y doctorados, pero el baremo a superar se presume muy bajo. Lo que no sé es quién concederá los títulos a estas huestes. Es de suponer que alguien parecido a ellos y sobre todo de su cuerda.

Lo malo es que estos botarates están inundando los estamentos oficiales y, lo que es peor, agarrándose como caparras al parlamento sin ninguna responsabilidad, con altísimos sueldos y con alta tasa de corrupción. Y el que venga detrás que arree.

Bueno, algo se ha ganado; porque éstos, aparte de intentar llevarse a alguna alumna a los aseos para meterle mano -hasta para eso son bastos-, pegar, lo que se dice pegar, no pegan ni un sello en una carta. No por falta de ganas, más bien por el buenismo imperante . Estos individuos con mando en plaza serían temibles; a uno de ellos le traicionó el subconsciente y soltó no hace mucho eso de “la azotaría hasta sangrar”, refiriéndose a una mujer. Amén.

Vicente Galdeano Lobera


sábado, 18 de marzo de 2023

Pulcritud

 

—Pues sí, señores; en mi casa estamos reñidos con la suciedad. Ya desde el zaguán, pasando por el almacén y demás dependencias hasta llegar a la buhardilla exijo que esté todo siempre en estado de revista; que para eso pago. Y al sentarme a la mesa han de estar el mantel y las servilletas debidamente planchados con los cubiertos en orden ¡Ah! Y el porrón relimpio y transparente para apreciar bien el color de los caldos de mi bodega —lo decía en un tono como si los demás fueran unos guarros.

Quien así peroraba, ante unos jugadores de cartas, era don Felicio Vera, un fulano cincuentón, corpulento, con el cuerpo largo y las piernas muy cortas; era además avaro, poco inteligente y poco instruido. Pero sabía farolear y daba a entender que era muy rico, y que por tener mucha pasta, también tiene la razón en todo. Don Felicio continuó con su cháchara exagerada ante la indiferencia de los jugadores que lo conocían bien y no le hacían caso; es más, con disimulo se le pitorreaban. Pero la reunión acudió ese día un sujeto de mediana edad que ante la verborrea de Vera abría la boca en forma de O y hasta levantaba los brazos al cielo en señal de asombro, y más cuando se enteró que don Felicio tenía una hija casadera. Don Felicio vio ocasión pintiparada para ensalzar las virtudes de su hija –la hija, que no había manera de encontrarle novio, no era muy agraciada; con el agravante de ser muy tosca y muy palurda en sus acciones–. Vista la actitud del joven, seguro que se la endosaría. Además don Felicio, con estas fanfarronadas, lo que pretendía era cenar de gorra. A fe que lo consiguió; el “pretendiente” convidó al “suegro” y a tres más; todo por hacerse el potentado.

Hasta ahí, todo bien; lo que pasa es que uno de los cenadores era muy propenso a la risa, pero a reírse a carcajadas, vamos. Ante la soflama de don Felicio, que no paraba de exagerar, disimulaba la risa como podía; como ataque de tos, como alergia… como Dios le asistía. Pero el orador notó cierto retintín en la actitud del reidor y le espetó:

—Sabrá usted, señor, que en mi casa está todo claro, limpio y aseado. Y en cuanto a la niña, no es por que sea mi hija, pero le informo que siempre usa lencería fina y se cambia de bragas cinco veces al día. Y no digo más.

— ¡Jopetas…! Pues es raro que no tenga más clientela. 

Don Felicio, no se sabe si debió agarrar el rábano por las hojas o qué; el caso es que los bofetones que se repartieron en el comedor son sólo comparables a las recias palabras que se escucharon.


Vicente Galdeano Lobera

jueves, 2 de febrero de 2023

Nuevo rico

 

Como quien no quiere la cosa, Marcos Torres se convirtió en artista, destacaba como un torero de prestigio. Su nombre figuraba en los carteles de las ferias más importantes. Como quien no quiere la cosa, además de alcanzar renombre, estaba forrado. Todo esto en poco tiempo.

De pequeño ya apuntaba maneras y comenzó su andadura, cuando Marcos apenas levantaba una vara del suelo, al torear un gallo muy furo que había en casa; más de un picotazo recibió, pero le sirvió de escuela. A partir de ahí le llamaron el Torero. Más crecido, ya se atrevió a capear mardanos y algún macho cabrío que de milagro no lo descalabraron. En casa, muy en desacuerdo con su afición, y más en desacuerdo aún con su aversión al trabajo, le amonestaron: “O te aplicas el cuento, o ¡Puerta!” Marcos opto por lo segundo, se lio la manta a la cabeza y partió a la aventura por esos mundos.

Tuvo que apencar lo indecible, pero ejerció de maletilla, y consiguió, a trancas y barrancas, hacerse novillero. Hasta que un empresario le echó el ojo, lo apadrinó y, con dieciocho años, Marcos tomó la alternativa como matador de toros.

Como nuevo rico, olvidó sus orígenes y se acostumbró pronto a que le bailaran el agua; envanecido sobremanera estaba convencido que con dinero se conseguía todo, y si algo se resistía, pues con más dinero, que es el único Dios verdadero, arreglado. Había pasado el tiempo, su carrera iba en ascenso y el torero no había tropezado con dificultades. De ninguna clase.

Como potentado se aficionó a la caza mayor. En una de las monterías por la sierra de Alcaraz le chocó un caserío, debidamente vallado, que se confundía entre el boscaje en la que destacaba una especie de fortaleza, como de un señor feudal, que dominaba el entorno de una pequeña aldea. Todo muy bien cuidado y en armonía con el entorno. El artista quedó prendado: Ésto será mío, se dijo, aquí mi prestigio subirá, convocaré a amistades influyentes, celebraré fiestas y organizaré otra clase de “monterías”. Vaya que sí. Torres convidó a comer al propietario a su hotel. La propiedad se le había metido entre ceja y ceja y zanjaría el asunto costara lo que costara. Cuanto antes.

A la hora concertada apareció el “señor feudal” que resultó ser un individuo algo entrado en años, rechoncho, con cejas como pinceles, mostachos mal arreglados, cara arrugada y carrillos colgantes; parecía un perro dogo. A pesar de su aspecto el hombre sabía comportarse; era de pocas palabras pero se expresaba con claridad. Preguntó a su anfitrión el porqué de la cita.

¡Bah! A este tío simplón me lo camelo yo y le hago entrar al trapo en menos que canta un gallo –se dijo el torero–. En pocas palabras le expuso el asunto y ofertó una buena cantidad de dinero. El otro, sin inmutarse, contestó que no había pensado en desprenderse de nada. Sin disimular su estupor, Torres ofreció más…, y después, más aún.

No hubo tu tía; el hombre era de ideas fijas y muy duro de pelar. Marcos había emparejado con una mulata treintañera de belleza espectacular que junto a su hija, mocita ya, se veían capaces de encandilar al más pintado. A una seña del torero, ellas entraron al ataque para convencer al dogo y le aseguraron que "podrá acudir a la finca cuando guste y que nos sentiremos muy honradas de gozar de su compañía".

El dogo, al escuchar los cantos de sirena de semejantes beldades se le iluminaron algo los ojos por entre los pliegues de los párpados, pero vio claro que querían dársela con queso.

—Señor torero: usted me ofrece dinero, mucho dinero… Pero es que resulta que yo ya tengo muchísimo dinero. Por otra parte –continuó el dogo– me ofrece también mujeres, y mujeres bellas también tengo. Mejorando lo presente, claro. Queden ustedes con Dios.



Vicente Galdeano Lobera


martes, 31 de enero de 2023

Tropa de cuidado

 

Ser acusica, delator, correveidile es lo peor. Peor que ser granuja y ladrón; peor que ser violento y maltratador con los inferiores. Ser chivato es lo más indigno en que puede caer la persona. Esta plaga invade a la humanidad desde la noche de los tiempos, incluida la época que los buenistas repiten como loritos eso de la ejemplar convivencia en España entre moros, judíos y cristianos. Estos buenistas, adalides del buen rollito y tal, son lo más parecido a unos ignorantes; por no decir unos cantamañanas y unos tontos de capirote.

Aunque con el tiempo los jefes conocen a todos empleados, con esta tropa de calumniadores conviene andar con mucho ojo. Señalaremos algunos de los distintos tipos de chivatos de cierto departamento.

Uno de los principales soplones era el tal García Flojeras, hombre iletrado que con sus maneras suaves y alardeando de salud quebradiza daba el pego, sobre todo a los novatos; este sujeto era de los que tiraban la piedra y escondían la mano, pero nutría de buenos chivatazos a la dirección. Como pago a sus “servicios”, el jefe destinó al buen García como barrendero mayor de la instalación un año antes de su retiro– Flojeras estaba que trinaba.

Otro confidente de peso era Feliciano Singracia, el Payaso; este buen hombre pensaba que su apodo se debía a su capacidad de hacer reír. Pero no era consciente de que en vez de hacer reír, no pasaba de hacer la risa. Qué le vamos a hacer. Era poco de fiar; trataba siempre de convencerte de lo contrario de sus pensamientos y ponía en tu boca ante el jefe palabras que tú no habías dicho. Éste, con el cuento la lástima y rogando mucho al jefe, se las arregló para retirarse antes de tiempo. Después de jubilado acudía casi todos días a saludar a jefes y compañeros en plan pelmazo. Lo mandaron pronto a hacer puñetas, claro.

Un punto fuerte en esta jerarquía era Marcial Servicial; manchego recio, ceremonioso y muy cordial. Este empleado vigilaba como un gato el menor movimiento de todos los demás, pretendía meter baza en sitios donde no convenía –“quieto, león, que aquí mando yo”, se oyó alguna vez– y era de suyo muy lento en su trabajo, pero informaba rapidísimo a los jefes; “sólo si me preguntan”, se justificaba. Notificaba a su modo, claro.

Digno de mención es también Tadeo Perales, hombretón malintencionado; era un castellano alto y fuerte como una torre y con cara colorada, que con fingida jovialidad engañaba a los colegas y delataba a su modo, no solo a los jefes, sino en todos tajos donde la empresa tenía actividad (en alguno de estos tajos gratificaron al Tadeo). Éste, aún después de jubilado, pretendía seguir con sus “servicios” a la compañía; “no, váyase campeón, merece usted descanso”, se oyó el grandullón.

Maldad sin límites demostró Sandalio Patas, un santurrón cazurro y sombrío que con su alzada hubiera parado en seco la acometida de un macho cabrío. Para dárselas de abstemio se hartaba de leche con cacao, pero en un control de alcoholemia lo pillaron colocado. Falso y vengativo como Judas, ante la presencia del jefe, se mostraba melifluo y servil como un perrillo faldero y largaba todo lo largable y más. Se dedicaba a sabotear las máquinas asignadas a otros operarios para así dejarlos mal. Aparatoso, mentiroso y exagerado, la dirección no tragó con sus manejos y embustes. Lo despidieron, claro.

Mención especial merece Florencio Lacasta, hombre con aires de imprescindible que, además de mostrar bajeza atroz, se hacía pesado, pedantesco y maniobrero. Este joven, aun desde fuera de la empresa (lo despidieron por algún motivo que él sabrá), actuaba como satélite e informaba a sus antiguos jefes, en plan compadre, de abundantes chismorreos vinieran a cuento o no. Este Lacasta tenía cantado que con sus soplos haría méritos para que lo readmitieran con puesto destacado. “No –fue la respuesta–, aquí no hay plaza para correveidiles”.

La palma en este oficio se la llevaba un tal Peporro Lurón, alias Imaginaria; le llamaban así, porque empezaba casi siempre cualquier frase con “señores, sólo me quedan dos imaginarias para jubilarme”   –luego resultó que le faltaban años y aún se reenganchó hasta cerca los setenta–. Este hombre, que ostentaba el título de Primer Alcahuete de la Compañía, aventajaba a los anteriores en cuanto a rastrero y calumniador que disimulaba sus maneras afectando una campechanía y una franqueza brutales; así oscurecía su envidia insaciable, su rapacidad –era perito en latrocinios– y sus malas intenciones. De talla no muy grande parecía un zorro: eficaz, charlatán, movedizo, amigo de intrigar y murmurar; incapaz de nada decente, toda su actividad la empleaba en llevar chismes y despellejar. En su día le costó años y Dios y ayuda incorporarse a la plantilla, pero algún pacto estableció con el jefe; este agrandaba su oreja para escuchar sus soplos. Al Lurón le gustaba reír y hacer grandes farsas y tenía talento de imitación; remedaba con gracia la voz y el gesto de todos empleados. Y cuando estaba inspirado era digno de oírlo; además sabía dar coba, delatar y mentir fuerte. No estaba mal visto por el directorio que lo usaba a conveniencia, y no era mal profesional; pero este Imaginaria era de “manos largas”, se creía el rey del mambo y lo pillaron con el paso cambiado. Mal asunto, quedó en evidencia y, aunque siguió con su actividad de chivato, fue de capa caída hasta su retiro.

Dada su actitud, las aspiraciones de estos personajillos (que no merecen interés ni revisten apenas importancia, ni saben que el tiempo, al dejarlo pasar, suele aclarar todo) no están muy claras; lo único cierto es que dan asco, y que después de quedar como pingajos chismorrean gratis. Reciban desde estas líneas un merecido homenaje. Al fin y al cabo sirven de inspiración a modestos escribidores.




sábado, 31 de diciembre de 2022

Mal ambiente

 

   Cuando nací, mis padres ya no se querían; y a mí no mucho. Es una conclusión a la que llegué con el pasar de los años. Aunque al hacerme más maduro comprobé que lo que les unía era un amor jerarquizado, a la unidad familiar considerada como cuadrilla de braceros o algo así; y todo sectario, prefiriendo más a unos hijos que a otros.

    El ambiente que reinaba en este núcleo era desolador, consistía en trabajo, trabajo, trabajo y, después, más trabajo; pero sin orden ni concierto y, sobre todo, con mal genio y peores caras acompañado de gruñidos. El horizonte que se vislumbraba era limitadísimo; sobre todo para personas sensibles y soñadoras como yo.

    Al nacer tardano, mis hermanos eran entre catorce y dieciocho años mayores, yo era más débil de constitución, y siempre escuchaba las terribles comparaciones; que si a tu edad tu hermano ya hacía esto; con tus años tu hermana ya desarrollaba lo otro, y a su vez haciéndome siempre de menos con respecto a ellos. Por parte de mis hermanos tuve que soportar sus rarezas haciéndome blanco de todas sus frustraciones; nunca estaban contentos, hiciera lo que hiciera; y como premio, repito, malas caras, peores tratos e insultos. El caso es que eran mi familia, los vínculos de sangre tiran y yo no había conocido otra cosa; a mi pesar les quería.

    No deseo a nadie este panorama. Recuerdo escenas así:

    —Al chico habrá que comprarle abrigo –dijo en una ocasión mi padre.

    Yo había cumplido doce años y hacía más de uno que no iba a la escuela, sólo trabajar dieciséis horas diarias.

    — ¿Abrigo? ¿Para qué? se le quedará enseguida pequeño… -Se apresuró a comentar mi hermana con sonrisa de hiena. Ella que nunca le faltó de nada en vestuario. Y yo, que era tan presumido…

    —Pues con el frío de este invierno, no es cuestión de que vaya a cuerpo; pensarán en el pueblo que somos avaros… En fin, vosotros diréis. –En asuntos de compras, mi padre delegaba siempre en mis hermanos y mi madre; si decidían no gastar, mejor.

    O, aquella otra vez que viniendo aterido de frío me acurruqué junto al hogar a calentarme y enseguida saltó mi hermano:  — ¡Este es el que tiene la culpa de todo! ¡No se puede venir a casa y sentarse a la bartola sin preocuparse de nada…!

  Y lo decía él, que ejercía de gorrón y de calumniador correveidile. Pero era el preferido de los padres. De eso se aprovechaba, y del respeto que yo les profería.

    Se había casado y, en vez de irse a su hogar, se quedó en la casa a complicar la vida a todos, sobre todo a mí. Todavía cuando lo veo me da más asco que una serpiente, semejante baboso y arrastrado. Jamás se cansó de meter cizaña contra mí a los padres y familiares. Mal negocio hice con no matarlo.

    Se dice que no hay mal que cien años dure, ni quien lo pueda aguantar. En concreto, me salió el sol cuando el estado expropió las tierras de la familia, busqué trabajo en una empresa privada que, con sus pros y contras, estuve cuarenta años, hasta los sesenta y cinco.