jueves, 1 de octubre de 2026

Obra maestra

 Más de cuatro años, que se dice pronto, es lo que invirtió Brisa en escribir su obra, su gran obra maestra, para que luego venga un editor –el único que por influencias le hizo caso– a despreciarla y, encima, a leerle la cartilla. Sabrá ese sujeto qué es una obra maestra; lo que pasa es que el pobre se quedó anclado en el siglo anterior y no entiende de las nuevas tendencias literarias. O entiende demasiado y quiere plagiar mi libro, lo veo venir –pensó muy suspicaz–. Lo primero que haré es registrar mi obra en la Propiedad Intelectual. Por si las moscas.

Llamó al Registro de Propiedad Intelectual y recibió un jarro de agua fría, contestó un funcionario que con voz monótona le dijo que la próxima cita disponible es dentro de noventa días ¿Noventa días? Tres meses en los que su obra maestra, su superventas estaría desprotegida, a merced de los plagiadores que según ella acechaban en cada esquina. Brisa, con un humor de perros, tuvo que tragar.

Después, con empeño, removió Roma con Santiago y, por fin, por influencia de un concejal, tras insistir, logró que el director de una editorial mediana la recibiera en su despacho una tarde.

Brisa entró en la oficina con decisión –era mujer de muy buenas prendas y eso le daba seguridad, le abría puertas–, se sentó frente al editor, un hombre de mirada cansada con muchas canas y poco pelo, y le entregó el original, unas sesenta páginas.

—Debo confesarle, señor editor que vengo con miedo, mucho miedo –le dijo inclinándose hacia adelante–. El Registro tarda tres meses en darme cita. Me aterra pensar que mientras evalúan mi libro, alguien pueda copiarlo. Comprenderá cuando lo lea que es un superventas, que un argumento tan potente y singular corre peligro en el mercado actual. Por eso me gustaría ver publicado mi libro cuanto antes. Me pongo en sus manos, señor editor.

El editor la observó por encima de sus gafas; caray, es la primera vez que una mujer tan guapa se pone en mis manos. Aunque sea en sentido figurado, no es de despreciar, no, pensó. Al ser un hombre curtido en muchos lances de literatura era difícil de engañar. Decidió mirar las páginas, veremos qué ha escrito ésta. Él, tras mirar un par de carillas del manojo, lo catalogó como una pérdida de tiempo. La prosa era de una ingenuidad pasmosa; parecía una redacción escolar con atisbos de cuento infantil, pero todo muy mal estructurado. Viendo lo malo que era el texto, casi la manda a paseo. Optó por la ironía:

—Brisa, querida… vayamos por partes –dijo el editor, con calma casi paternal–; lo del plagio: le aseguro, con toda sinceridad, que no tiene porqué preocuparse; de nada. Dada la calidad y la singularidad de su obra, le garantizo que nadie, de ninguna manera, se la va a copiar. Su estilo es… inimitable.

Ella sonrió de oreja a oreja, inmune al sarcasmo que goteaba cada palabra del editor.

—Sabía que un profesional como usted sabría valorar una obra maestra –concluyó Brisa con suficiencia–. Ahora solo falta concretar fecha para la publicación e hilvanar los detalles del contrato.

—Ahí quería llegar yo, Brisa, querida… ahí quería llegar yo; en cuanto a la segunda parte, lo de publicar–continuó él, deslizando el manuscrito hacia el lado de la autora–, debo serle sincero respecto a nuestros tiempos. En este momento tenemos el cupo de edición completamente cerrado para los próximos dos años. Una lástima, pero las cosas son como son y el mercado editorial tiene su calendario.

Ella frunció el ceño, recibió un golpe bajo a su impaciencia, pero el editor no le dio tiempo a desanimarse.

—Sin embargo, para una obra así, la espera puede ser lo peor. Por eso, mi recomendación sincera es autoeditar su libro. Es una vía rápida, actual y que le otorgará el control total de su obra.

Brisa sopesó la idea. La palabra “autoedición” le sonaba menos glamorosa que firmar el contrato millonario esperado, pero la prisa de ver su nombre en las librerías pesaba más.

El editor, perspicaz, bregado en estas lides y que no daba puntada sin hilo, leyó el pensamiento de la escritora y la convenció –conteniendo como pudo la risa en la mirada–, de que autoeditar no era menoscabo para su libro; autores de fuste comenzaron así y en poco tiempo alcanzaron fama. Mire, nuestra casa cuenta con un sello filial dedicado en exclusiva a prestar servicios a autores independientes. Con mucho gusto nos ponemos a su disposición para maquetarlo, diseñarle la cubierta y gestionar la impresión según demanda. Por un precio razonable, nosotros hacemos todo el trabajo incluida la corrección ortotipográfica y de estilo. Además usted se queda con el cien por cien de sus derechos. Piénselo. Una obra tan singular no merece perderse en un cajón noventa días. 

Ella se iluminó. La perspectiva de saltarse la burocracia del registro, las listas de espera y publicar su superventas enseguida era tentadora. Es decir, picó el anzuelo. Aun así, Brisa preguntó al editor en qué consiste ese precio razonable, por si puedo hacerle frente sin ayuda. Él respondió que al ser una novela breve y contando todos servicios indicados antes, con una tirada extra de cincuenta ejemplares para compromisos personales, presentaciones y prensa, se quedaría en un total de mil seiscientos euros. Como ve, es una inversión asumible para un creador que confía en su obra. Además recuperará cada céntimo cuando el superventas salga al mercado. Piénselo, y si se decide contacte conmigo –le entregó una tarjeta– y nos ponemos manos a la obra. Espero verla pronto.

Al salir de la editorial, Brisa no pensaba tocar su cuenta bancaria, sino su agenda de contactos. Podía echar mano de algún pardillo de la corte de pretendientes  que la merodeaban. Repasó la lista de candidatos y decidió trabajarse a don Marcial Mir, hombre influyente, con peso político y no muy agudo que la mosconea tiempos ha, siempre cerca de ella con la esperanza de conseguir una cita romántica que ella dosificaba con astucia.

         Sin perder un minuto, a través de una llamada telefónica planteó el asunto a don Marcial, directamente, tal como queda explicado –le costó poco trabajo convencerlo–. No le pidió favor; le ofreció el privilegio de vivir con ella su aventura literaria. Planteó los mil seiscientos euros no como préstamo, sino como inversión a recuperar con creces cuando salga el libro.

Don Marcial, eterno enamorado, la llamada de Brisa la llevaba meses esperando. Cegado por tener cerca a la mujer de sus sueños aceptó de inmediato sin hacer preguntas sobre el argumento o la calidad de la novela.

—Considérelo hecho, querida Brisa –escuchó ella en su celular–. Páseme el número de cuenta de esa editorial. Para mí será un honor ser el mecenas de su talento.

Asunto concluido, a partir de ahí, Brisa vendía la moto como que una editorial de prestigio se ofreció a editar su obra. Al publicar con dinero ajeno, en su conciencia no mentía. Eso para que vengan con la milonga del sexo débil; en astucia, manipulación y disimulo la hembra aventaja al macho. Siempre.

Al fin y al cabo, desde la noche de los tiempos, en el arte de la persuasión, tiran más dos tetas que dos carretas. Amén.



Vicente Galdeano Lobera 

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