Brisa, rebosaba de contenta; aunque en la editorial al ver la calidad de su novela le dieron calabazas –tenemos el cupo de edición completo, pero puede autoeditarse; nosotros por un costo razonable, nos ocupamos– había conseguido que un pardillo… digo, un mecenas –don Marcial Mir, persona influyente y no muy aguda– soltara la mosca para publicar su libro de sesenta páginas; sin rechistar. Pero sentada frente al editor, se apagó un poco; el hombre –curtido en batallas parecidas– le sugirió la conveniencia de poner un prólogo algo abultado; con doce o catorce páginas vestirían algo al muñeco. Para escribirlo habría que buscar a un crítico, o algún autor con buena pluma, o un profesor de literatura… Usted, querida Brisa, que se mueve en el mundo de las letras conoce a personas afines que supongo no tendrán inconveniente en enriquecer el libro. Si la dejamos como está, la obra queda como muy esmirriada, con el lomo del libro tan fino que ni siquiera permitiría poner el título; parecerá un folleto de instrucciones. Conviene darle cuerpo para que el lector sienta que tiene un libro de verdad y no un cuaderno de notas.
Ella dijo que sí, que en sus amistades había autores, algunos de renombre, todos amigos míos que se sentirán muy honrados de colaborar conmigo.
Convencida de que su libro merecía el respaldo de una firma consagrada comenzó a contactar con escritores de su círculo.
El primero en la lista fue Augusto Casamián, un novelista local que apenas pudo ocultar su espanto al leer la obra.
—Brisa, es que… justo ahora tengo entre manos la entrega de mi nueva novela y tengo un bloqueo de escritor atroz. No me sale ni una frase, destrozaría tu libro con mi negatividad –le mintió, buscando una salida para no asociar su nombre a aquel bodrio.
Después lo intentó con Irina Vallecillo, una columnista de prensa y escritora con la que compartía tertulias. Irina leyó las primeras páginas y sintió escalofríos; la única ventaja que vio en la obra fue su brevedad. Su excusa fue un clásico de la evasión:
—Querida, esto es tan… personal y tan tuyo, que un prólogo mío solo rompería la magia. Tu obra debe hablar por sí sola, sin filtros ni intermediarios.
Uno a uno, los autores de su entorno le fueron dando excusas tipo: viajes imprevistos, alergias emocionales… Hubo uno que intentó rizar el rizo de lo absurdo, puso como excusa el cambio climático: lo siento, Brisa, pero a mí, a pesar de los negacionistas eso del clima me afecta sobremanera, llevo un tiempo que no doy pie con bola en letras. Quedó claro que los autores no tenían vocación de colaborar, todos se llamaron andana. Brisa atribuyó estas excusas a la envidia. No quieren ayudarme a brillar, se decía a sí misma.
A Brisa no le quedó otra que echar mano de Faustino Calasparra, un crítico literario de medio pelo a quien daban de lado en la tertulia, sin disimulo. Pero que andaba colado por ella –dijimos en relatos anteriores que Brisa era mujer de muy buenas prendas; se tenía que sacudir los moscones a manotazos–. Faustino era un hombre ya cuarentón, con atuendo raído y no muy apuesto que hacía lo que podía por suplementos culturales de poca tirada. Al ser reclamado por Brisa, él se esponjó de tal manera que no cabía en sí. Aceptó el encargo, sin condiciones, sin mirar el manuscrito siquiera; complacería a su musa.
Al leerlo en casa, Faustino casi se cae de espaldas. Esto es infame. Una composición de escuela primaria con pretensiones de grandeza. Pero al mirar una foto que Brisa le había dedicado –la escritora sabía lo que se hacía–, el deseo pudo más que el rigor estético. La llamó al día siguiente:
—Brisa, querida… He navegado por tus sesenta páginas. He visto una obra de una ingenuidad innovadora, un minimalismo que desafía a la sintaxis tradicional. Escribiré un prólogo que será el umbral hacia tu consagración.
Faustino Calasparra escribió un prólogo en unos términos que sonrojarían a un pedante –y a la autora si tuviera más luces–. Las comparaciones son odiosas, pero se saltó esta máxima; se atrevió a comparar el minimalismo existencial del maestro Borges, para quien un grueso volumen era un delirio empobrecedor prefiriendo siempre la brevedad. Asimismo, plasmó que la economía verbal de Rulfo resuena en estas páginas donde la autora hace una pintura de la geografía humana con pocas pinceladas. Con estas palabras y otras parecidas, el prologuista, con el encargo de pintar la mona y abultar el libreto, emborronó más de veinte páginas, y además añadió unos dibujos hechos a pluma –le costó noches en vela– para intercalar entre capítulos. Claro, Faustino echó el resto, a ver si así podía adquirir algún derecho a roce con su musa.
Brisa quedó encantada. Para celebrarlo, citó a Calasparra en el bar del centro cultural. En cuanto apareció Faustino, con su traje raído y con los dedos manchados de tinta, ella se levantó de un salto.
— ¡Faustino! ¡Eres un genio!-- Brisa, rompiendo la habitual distancia lo estrechó en un abrazo que dejó al crítico sin respiración y con la mejillas encendidas.
— ¿Te… te gusta entonces? –tartamudeó Calasparra, mientras se sentaba frente a ella.
— ¿Gustarme? ¡Lo has salvado! El editor está entusiasmado. Dice que con tu prólogo el libro ya no parece un folleto, ¡tiene lomo! Un lomo de verdad, Faustino. Y los dibujos… –Brisa le tomó las manos por encima de la mesa –Calasparra casi se cae, la cosa ya se parecía al roce pretendido–. Tienen una sensibilidad exquisita. Has captado la esencia de mi historia mejor que yo misma. No sé cómo voy a pagarte esto.
Calasparra, abrumado por la cercanía y el perfume de Brisa esbozó una sonrisa tímida, sintió que las horas de insomnio y el esfuerzo por inflar el texto valieron la pena.
—Para mí, Brisa, el verte como una escritora consagrada es la recompensa que necesito –dijo, galante, mientras ella le acariciaba con la mirada. Faustino se sentía el crítico más importante del mundo.
—Faustino, eres un cielo, de verdad –Brisa se inclinó un poco más y le cogió otra vez las manos con los ojos brillando de entusiasmo–. Escucha, ya que estás en racha y has captado el alma de la novela… ¿te importaría hacerme otro favor? –le lanzó una sonrisa irresistible– El editor insiste en que la contraportada no puede quedar vacía. Necesitamos una sinopsis, pero yo estoy aturdida y a ti se te da de miedo sintetizar y darle ese toque especial ¿Llenarías con tu estilo la contraportada de mi libro?
¡Uf! Eso es más de lo soñado. Brisa, la mujer por la que suspiraba, confiaba ciegamente en él, no daba un paso sin él… Era la oportunidad perfecta para tenerla cerca.
—Sí, Brisa, querida… Llenaré la contraportada de tu libro y de seis más si hace falta. Pero con una condición: déjame ser tu sombra y tu apoyo en cada paso de esta aventura.
Como quien no quiere la cosa, Faustino dio en el clavo con la sinopsis: Un prodigio de síntesis minimalista y contención narrativa. Esta concisa obra demuestra que no hacen falta grandes artificios para congelar un instante en el tiempo. A través de una sencillez radical, la autora destila la esencia de lo cotidiano en un formato directo y accesible, logrando una lectura ágil que se devora de una sola sentada que respeta el tiempo del lector moderno.
Cualquier tonto puede hacer un asunto complicado; y más si es pretencioso. Lo difícil es hacer algo simple: mire usted, escritora, esto es un bodrio. Yo no se lo publico ni aunque me pague. Nos ahorraremos tiempo y dinero. Sí.
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