sábado, 24 de octubre de 2026

El rey desnudo

Llegó el día D, la presentación de la obra maestra de Brisa, novel escritora que conocemos de relatos anteriores. Un evento digno de verse; el salón de actos de la biblioteca municipal estaba de bote en bote. Allí se apiñaban todo un tropel de familiares, amigos, admiradores, merodeadores, adoradores y enamorados de la autora. Encabezaba este plantel don Arturo Plaza, concejal de cultura, favorecedor de Brisa; don Marcial Mir, el mecenas, es decir, quien puso la pasta para autopublicar el libro de Brisa; y, cómo no, don Faustino Calasparra, el prologuista que se había convertido en la sombra de la aventura literaria de Brisa. Este Calasparra dio el cante: se presentó endomingado a destiempo, ataviado con un traje muy holgado, más propio de una boda de treinta años atrás que de una presentación literaria. La corbata contrastaba con el pañuelo de bolsillo sin combinar con nada, todo aderezado con un perfume pegajoso que tiraba de espaldas. Bueno, lo importante es que el manuscrito original, tras pasar por el sello de autoedición, se convirtió  en un librito de sesenta páginas. Menos mal que el prologuista Calasparra echó el resto: no escatimó en elogios y colocó la obra a la altura de autores de vanguardia. La verdad es que, entre parrafadas y exageraciones, don Faustino emborronó veintitantas páginas. Algo es algo, por lo menos el engendro tomó cuerpo y abultaba un tercio más.

Los ponentes tomaron asiento junto a la autora y comenzó la exposición. Don Arturo Plaza agarró el micrófono por banda y después de los saludos y presentaciones de rigor soltó una perorata como quien confunde la literatura con un mitin de campaña. Su voz recia  retumbó en la sala: esta obra, queridos ciudadanos, aun siendo modesta en su extensión, es colosal en su espíritu. Ya lo dijo el insigne Baltasar Gracián, lo bueno, si breve, dos veces bueno. Nuestra concejalía, bajo mi humilde gestión, siempre apoyará a autores con buena pluma como nuestra querida Brisa. Apoyar la literatura de calidad es, al fin y al cabo, apoyar las verdaderas necesidades de los ciudadanos. –Y así, encadenando metáforas urbanísticas con promesas electorales, dedicó casi media hora a aburrir y a desglosar su propio balance de gobierno.

Le tocó el turno al prologuista, don Faustino Calasparra. Si este hombre ya había dado el cante al entrar en la sala con su estrafalaria vestimenta, con sus comentarios sobre el libro terminó de dar la nota. En su afán por hacerse el erudito, se perdió en un laberinto de frases rimbombantes y clichés académicos, adentrándose él mismo en un berenjenal de difícil salida. En este pispás –que para desgracia del público se convirtió en más de media hora de reloj–, Calasparra encadenó palabras vacías, logrando la proeza de hablar sin decir absolutamente nada.

Finalmente habló don Marcial Mir, el mecenas, que miraba el micrófono como si fuera una bomba. El hombre, que había financiado la edición por estar junto a Brisa, acusó enseguida su falta de tablas ante el público. Al ver la multitud expectante, el pánico le cerró la garganta y empezó a temblar. Atolondrado, se saltó sus apuntes para terminar pronto y lo resumió todo con un hilo de voz:

—Bueno… yo… yo solo quería decir que el libro es muy bonito, que esta muchacha es muy guapa y escribe muy bien y que… en fin, compren muchos ejemplares. Gracias.

Dejó el micrófono de golpe en la mesa provocando un desagradable chasquido en los altavoces, y se acoquinó  en su asiento, colorado como un tomate. Sin embargo, después de soportar más de una hora de tabarra pedantesca de los anteriores oradores, la sala entera reaccionó aliviada: don Marcial recibió un estruendoso aplauso por su bendita brevedad, coronándose, sin pretenderlo, como el gran héroe de la tarde.

Como colofón, llegó el turno de las palabras de agradecimiento de la autora. Brisa atajó el asunto exenta de la pomposidad de los anteriores y, en perfecto paralelo a la falta de calidad de su propia obra, terminó la presentación en plan chupilerendi: 

— ¿Qué talll, qué talll, distinguidos coleguisss? –soltó con una sonrisa de oreja a oreja–. ¿Lo estáis pasando bien? Esto es muy divertido, ¡es fenomenalll! ¡Sois maravillososss! Muchas gracias por acompañarme. ¡Besosss, muchos besosss! 

Con esta simpleza y economía de argumentos cerró Brisa este apartado. Como resumen, si a esto le añadimos el turno de preguntas –algunas formuladas por el típico fulano que jamás ha abierto un libro y que solo habla para darse importancia–, el evento resultó, además de largo, aburridísimo. Pero claro, la niña tenía tirón; era guapa y la seguía una tropa de aduladores con la única pretensión de que les hiciera caso.

Al terminar el acto, durante el vino de honor, los familiares y allegados echaban cada uno la suya. En el ambiente flotaba una tensión, un pacto de silencio donde solo cabía el elogio; en días así, convenía cogérsela con papel de fumar:

— ¡Es… una delicia, de verdad! ¡Qué economía de lenguaje! –dijo el secretario del club de lectura donde Brisa era presidenta, atrapado entre el compromiso de la amistad y, sobre todo, el miedo a parecer tonto frente al prologuista, que asentía cerca sosteniendo una copa de vino.

Nadie se atrevía a decir que el rey estaba desnudo. El miedo a quedar como unos paletos ante una corte de eruditos los mantenía a todos firmes en el elogio.

—Es que rompe con la estructuras tradicionales, se nota que te ha llevado casi cinco años –comentaba un allegado poniendo su mejor cara tras hojear páginas que parecían la redacción de un niño de doce años–. Hay que ser muy culto para entender una sensibilidad tan pura.

Los elogios seguían en ese plan, todo el mundo le bailaba el agua con hipérboles que rozaban el ridículo. La autora estaba en su salsa agradeciendo las sonrisas forzadas de sus allegados y el rictus de superioridad de los literatos. 

Sin embargo, la adulación generalizada tenía una grieta. Pululaba por la sala Bernardo, un conocido del mundillo literario, de esos que no tienen pelos en la lengua y que, para colmo, era un somarda de manual. Esperó a que el grupo de intelectuales se dispersara, se acercó a la autora y, con una mezcla  de falsa timidez y malicia, dejó caer el anzuelo: 

—Enhorabuena, Brisa. Es un verdadero milagro que quepan tantos elogios en un librito tan pequeño. El prólogo es monumental, desde luego; lo enriquece bastante. Pero volviendo a los halagos… al ser tantos y tan buenos me permito sugerirte que los plasmes en un segundo libro. 

— ¿Verdad que sí? –respondió Brisa con seriedad absoluta–. No eres el primero que me dice que la obra se hace corta.

 Al ver que la ironía resbalaba sobre ella como el agua en un impermeable, el hombre redobló la apuesta: 

— ¡Qué digo otro libro, Brisa! Una trilogía podrías hacer. Con la cantidad de metáforas, matices y lecturas ocultas que este comité de sabios han encontrado en tus páginas, en un segundo volumen no caben. Hazme caso: para unificar todo eso hacen falta tres tomos, por lo menos. 

A su lado, el secretario del club que lo oyó tuvo que dar un paso atrás y disimular como pudo con toses y estornudos un ataque de risa incontrolable.

A Brisa, sin embargo, se le iluminaron los ojos. En su mente ya parpadeaba el título en letras de molde: La Trilogía de la Exégesis. Sonaba a superventas en el escaparate de grandes librerías.

—Una trilogía… –susurró, fascinada por la idea– Qué gran visión tienes, amigo Bernardo. Ahora mismo pondré en marcha ese proyecto.

—Es un placer. Para eso estamos los amigos, para empujar el talento –concluyó el somarda, dirigiéndose hacia la mesa de los canapés muy satisfecho de activar el ego de la escritora.

Al poner en marcha el proyecto, Brisa se vio más atada que un gato con un menudo. Una cosa es escribir un libreto flojo de sesenta páginas en cuatro años, y otra muy distinta dar forma a dos volúmenes llenos de alabanzas. ¡Qué menos de doscientas páginas cada uno para que tengan empaque! Sudando tinta ante el folio en blanco, decidió pasarles la papeleta a sus espoliques para que le hicieran el trabajo. Para eso están. Al fin y al cabo –se justificaba Brisa con orgullo–, los escritores de prestigio siempre echan mano de negros literarios.

 

Vicente Galdeano Lobera - 24/10/2026


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