miércoles, 27 de noviembre de 2019

Resistencia




Los saqueadores, desarmados, salieron de estampida siguiendo las instrucciones recibidas; severamente apaleados, no querían más.
Un par de disparos les hizo parar en seco…
— ¡Alto…! ¡No escapéis sin llevaros ese fardo repugnante de ahí!
El fardo era Marianín, que yacía inconsciente entre sus propios excrementos con signos de congelación. Recogieron al compañero que al despertar comenzó a dar grandes alaridos.
—Tranquilo, Marianín, que nosotros también vamos servidos, dijo Frutos que le habían volado dos dientes ¡Compañeros! –Continuó- habrá que llevar al camarada hasta nuestra guarida; nos turnaremos.
Llevaban recorrida media legua cuando, hartos de los lamentos de Marianín, lo arrojaron por un precipicio. Los manuales de la Causa no reflejaban que tuvieran que transportar estorbos.

Emboscados los siete individuos de la Resistencia, vieron salir a la Guardia Civil de la masía; Tenían campo libre, como pronto, en veinticuatro horas no regresarían los guardias. Calcularon el suficiente alejamiento de la Benemérita y abandonaron su escondrijo dirigiéndose en tropel a la masía. Estaba anocheciendo y corría un viento helador.
— ¡Adelante, compañeros! -dijo Frutos el mandamás- ¡Por la Resistencia, por la noble lucha contra regímenes totalitarios! ¡No nos doblegarán, nuestro tesón hará alcanzar al proletariado cuotas de libertad jamás soñadas! ¡Si es necesario eliminaremos a quien discrepe de las ideas del partido!
Estas mesnadas, solían estar compuestas por individuos asilvestrados, adoctrinados y afiliados a un partido, acostumbrados a las sacas y dar “paseos” a quien estorbe; además de delatar y dar falso testimonio para beneficiarse. Iban bien armados con fusiles y abundante munición y al tener delitos de sangre, temían caer en manos de la justicia. Si entraban en una casa de labranza, podían rezar los dueños que sólo les saquearan la despensa y la bodega. Cometían toda clase de abusos; sobre todo si había mujeres jóvenes. También tenían muy arraigada la aversión al trabajo.
Dejaron vigilando a Marianín, el más tonto. — ¡Camarada Marianín! ¡A quien se acerque, le vacías un cargador en las tripas! Llamaron…
— ¡Abran a la guerrilla de la Resistencia!
— Qué quieren; ya estuvieron la semana pasada… No nos queda nada.
Los masoveros estaban hartos, entre los guardias y las guerrillas, les agotaban todos víveres.
— Tienen obligación de abastecer a la Resistencia.
Entraron. Dejaron sus armas en un rincón y se sentaron en la larga mesa de la estancia con fuego acogedor; Todo ante los atemorizados moradores; un matrimonio y dos hijas veinteañeras.
Exigieron de malos modos buena cena, y “preparen viandas abundantes para llevarnos. Rápido, que si me enfado será peor”. Marianín, asomado por un ventano contemplaba la escena; olvidó su labor de centinela. Lamentable; sintió un crujido en su espalda al tiempo que le tapaba la boca Miguelón, el Tenazas. Le apodaban así porque con sus zarpas había dejado sin resuello a un mulo a punto de relinchar. Cayó sin sentido. Miguelón y otro compadre, recogieron el arma y munición del camarada y observando la posición de semejante tropa desarmada, entraron de sopetón disparando al aire, precisamente cuando Frutos iba a sentar en sus rodillas a la hija mayor. Este detalle enfureció sobremanera a Miguelón que andaba enamoriscado de ella. La Resistencia tuvo que resistir mientras intentaba protegerse, un aluvión de patadas, trallazos, puñetazos y recias palabras. Jamás calcularon que iban a probar parte de su propia medicina.

Vicente Galdeano Lobera.

martes, 29 de octubre de 2019

Acercamiento inoportuno




Cuando don Zacarías se enteró del convite, puso en marcha como una flecha el protocolo de llegada. Cuando se trataba de comer de gorra, no necesitaba insistencia; ni invitación.
Don Zacarías tenía también propiedades de girasol; torcía siempre al sol que más calienta. En cambio, era lento como una tortuga cuando barruntaba trabajo; y, más aún, si se trataba de rascarse el bolsillo.
Celebraba sus bodas de oro don Servando, rico terrateniente del lugar; habíanse preparado abundantes manjares y buenos caldos de su bodega
Zacarías no recibió invitación; “es igual, caeré de rondón y me adentraré en el evento sin dificultad. Para eso nutro al señor de buenos chivatazos y le señalo sus detractores”. Además estaba Emilia, doméstica de la casa, madama de amplias caderas, reidora y muy amiga de jolgorios y cachondeos. A don Zacarías le gustaba a rabiar. Sabía que a ella le encantaban las peladillas; compró un paquete.
Don Zacarías, con sus cincuenta mal llevados, ejercía de correveidile del pueblo; gozaba de poco aprecio, pero cuando convenía lo usaban. Era flaco y verdoso como un pepinillo en vinagre; últimamente andaba escorado a causa de unas patadas que le arrearon por poner excesivo celo en su actividad. Por la procedencia de los golpes, consideró atinado no denunciar. Por si acaso.
Llegado el día del festejo, tuvo que andar sus buenos tres kilómetros hasta la heredad con Cierzo helador. Al llegar, una jauría de perros casi le muerden; los sujetó Emilia que salió al oír los ladridos.
—Gracias, Emilia, es usted un ángel…
—No tiene importancia, don Zacarías ¿Qué le trae por aquí? -Zacarías quedó perplejo… le extrañó la observación; se consideraba de casa.
—Pues vengo a felicitar a los señores, y a celebrar con ustedes tan importante fecha.
—Vale pues, vamos adentro. –Don Zacarías le entregó las peladillas… Emilia le dedicó una amplia sonrisa; “qué amable es usted, don Zacarías. Muchas gracias”.
Cerca ya de la entrada, se oía música, salía calor y un reconfortante olor a viandas que estimularon la salivación de don Zacarías; no había probado bocado desde el desayuno. Anochecía.
— ¡Alto ahí! ¡No puede pasar! –Era Timoteo, un mastodonte como un armario que con sus manazas paraba en seco a una caballería al galope. Estaba para espantar indeseables. Don Zacarías pensó que no se dirigía a el; intentó acceder.
— ¡No puede entrar, he dicho! ¡Y no me gusta repetir las cosas…!
—Aquí hay una confusión, soy don Zacarías, amigo personal de don Servando…
— ¡Eso se lo dirá usted a todos!
Don Zacarías vio en Timoteo destellos de ira y rabia que le recordó las patadas recibidas hacía poco; aun así razonó, suplicó, casi lloró… Todo delante de Emilia y demás invitados que se acercaron al oír voces. No coló.
Abochornado, casi no sentía el viento acompañado de ráfagas de lluvia cuando regresaba a su casa.

Vicente Galdeano Lobera.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Fantasmas




—Pues no, Bustos. Se le han adelantado; acabo de abonar a mi patrona tres meses que le debía. Me amenazaba, la muy ladina, con dejarme sin cenar esta noche – don Severo esquivó con astucia el sablazo del deportista-. Siento no poder ayudarle. En cambio puedo aconsejarle muy bien; también entretenerle con historias y leyendas más o menos reales… Incluso puedo cantarle canciones para que se duerma, pero dineros, nanay.
Porfirio Bustos, andaba tieso y acostumbraba a pedir dinero a cualquier incauto. Lo malo es que tenían el repertorio demandador ya muy oído, y los primos escaseaban.
Porfirio Bustos, cuarentón, presumía de ser gran atleta, conocedor y practicador de varias ramas deportivas. A saber: boxeador, luchador, cazador, pescador; incluso especialista en equitación y esgrima… Bueno, el sable sí lo manejaba bien. No desperdiciaba ocasión para ejercitarse. Estando sentado, o en autobús, o en cualquier sala de espera, sin venir a cuento, ahí tenías a Porfirio haciendo estiramientos, flexiones y visajes para mantenerse en forma física y mental; los desconocidos lo tomaban por payaso. Sus allegados sabían que no pasaba de ser un cantamañanas y que donde mostraba cierta rapidez era para echar monedas a las tragaperras y libar carajillos de gorra.
Como muestra explicaremos una correría competitiva de Porfirio; en cierta ocasión se apuntó a una carrera popular de veteranos ciclistas. Lo vieron con enorme barriga y figura desproporcionada, pero llevaba buen equipo y lo aceptaron. Animándole, le dejaron ir buen trecho delante “Cuán rápido soy; los dejo atrás sin esfuerzo”. En una pendiente, entusiasmado, Bustos pegó tal sprint, que calculó mal y resbaló con su bicicleta pegándose buen tozolón. Quedó en medio del paso y, al llegar los otros, tropezaron y la serpiente, se transformó en un montón multicolor. Con Porfirio debajo, claro. En el hospital, los cirujanos estuvieron a punto de llamar a un ferrallista dada la cantidad de hierros que necesitaba su esqueleto.
Convaleciente, acudía regularmente a la taberna; se juntaba con don Severo que le contaba batallitas y algunos sucedidos medio inventados. Parlante y escuchante, se complementaban bien y alcanzaron cierta amistad y confianza, Don Severo después de dar cuenta de buena ración de torreznos y vino, sin mucha severidad le soltó:
— Bustos, debería reconsiderar abandonar sus deportes, ya no está usted para trotes. Le iría mejor el dominó y el guiñote.
Porfirio, amoscado, le sabía malo que sacaran a relucir sus carencias.
—Oiga, que no veo necesario que me sermonee –contestó airado Porfirio-. Prefiero que me cuente una historia. Qué me trae hoy…
—Como quiera, Bustos; vaya por delante mi aprecio, sólo pretendía aconsejarle como amigo. Le voy a relatar un sucedido en una aldea; fue en los años cincuenta. Allá va:
“Don Marcelo, párroco del pueblo, era encargado de repartir leche en polvo y queso americanos en la postguerra. Menudo y enteco, el cura tenía fama de mujeriego y pretendía aprovecharse favoreciendo en la distribución de los lácteos a señoras guapas; especialmente en lo relativo al polvo. En confesión, les iba con la monserga: “mire, fulanita; lo mismo que el Altísimo se sirvió del Espíritu Santo para engendrar a su Hijo en la Virgen María, ahora la ha señalado a usted por medio de mi humilde persona para gozarla. Y bien sabe, como devota, que los designios del Señor no se pueden negar; so pena de cometer pecado mortal…” Lo intentó con varias pero ninguna tragó. Fatal fue cuando pretendió a Hortensia, la mujer del vinatero. Era una jaquetona de muy buen ver; la loba la apodaban. Al escuchar las pretensiones del cura, lo arrastró fuera del confesionario dotándole de buena ración de bofetadas y arañazos… “¡Tio rijoso, si esta usted caliente váyase de putas! ¡No meta en danza a Dios en asuntos terrenales!”

Vicente Galdeano Lobera.


sábado, 31 de agosto de 2019

Deportista caducado




Porfirio Bustos, vestido de colorines y bien equipado de ciclista, daba el pego; si no fuera porque era ya cuarentón y lucía enorme barriga, lo hubieran tomado por ciclista profesional. Había dado cuenta de un almuerzo que no lo saltaba un gitano y se sentía eufórico para librar los cuarenta kilómetros de regreso hasta casa.
Circulaba con su bici por una zona ribereña con abundantes campos de frutales y hortalizas. Vio incorporarse a la vía a un labriego encaramado a una bicicleta muy antigua que pesaría más de veinte kilos; eso sin contar que transportaba una barquilla con variados productos del campo y sujetas una hoz y una azada de gran tamaño. Al pedalear sonaba un clan clan producido por el roce de una biela con el cubrecadenas de la bici. La indumentaria del campesino, se las traía: iba tocado con sombrero de paja y boina encima, camisa y pantalón remangados; llevaba chaleco, calzaba abarcas y fumaba un perrero que apestaba. Solo verlo le producía fatiga a Porfirio.”Dónde va este individuo -pensó-, seguro que no aguanta un kilómetro sin descansar”. Lo adelantó agitando la mano con cierto ademán de burla.
--A los buenos días, señor, saludó el lugareño, acompáñeme hasta el pueblo y le regalaré buen talego de tomates y lechugas para que lo saboree en la ciudad…
Extrañado Porfirio ante tamaña proposición, contestó: “no, que tengo prisa; voy entrenando y usted va muy despacio.” Mientras, accionó el cambio de su máquina para marchar más rápido.
El roce de la biela se oía cerca a pesar de que Porfirio iba deprisa; aceleró más, y el ruido se convirtió en un clan clan clan clan clan… de secuencia seguida. Miró hacia atrás y, pegado a rueda, tenía al gañán con semblante risueño que sin esfuerzo se le puso a la par.
--Espere, hombre de Dios, y sosiéguese, está usted sudando como un toro y le va a dar algo; véngase conmigo a casa que le obsequiaré con agua fresca con anís. Mientras descansa y se recupera, le prepararé unas alforjas con cosas del campo que son mano de santo para refuerzo corporal y espiritual. Luego ya entrenará.
A Porfirio, le costó reconocer la buena fe y hospitalidad del labriego que tan sutilmente le había mojado la oreja. Al límite de sus fuerzas aceptó la invitación. Acertó, recibió unas atenciones que en su casa jamás disfrutó. Después de comer, la tarde le cundió bastante; agarró una borrachera de padre y muy señor mío en el recorrido por las bodegas del pueblo acompañado de su nuevo amigo; de la última de estas bodegas salió a gatas.
En un coche lo acercaron a su domicilio en la ciudad. Vio claro que tanto el deporte como el alternar bebiendo requieren instrucción y, sobre todo, tienen fecha de caducidad.

Vicente Galdeano Lobera.



miércoles, 31 de julio de 2019

Pájaro extraño




La fauna del bosque había observado un nuevo inquilino, una especie de pájaro muy raro que sobrevolaba el territorio; sobre todo en días claros. Vieron también que, dicho ser, intentaba comunicarse con todos ellos; dominaba todos idiomas, parlaba sin dificultad con aves y mamíferos; incluso con reptiles, roedores e insectos. Pero esta fauna tenía un instinto de conservación muy acentuado; no se fiaban ni entre ellos. Y, claro, menos de un forastero de aspecto tan extraño.
Abultaba más o menos como un águila con contraste de colores atractivos y, en vez de alas, portaba unas hélices que lo mismo le permitían volar a gran velocidad, como mantenerse estático suspendido en el espacio. Ojos tenía cuatro, ubicados en sus cuatro costados, en forma de tubo que los orientaba alargándolos a su antojo; la boca por donde hablaba era una rejilla ovalada, como un pequeño altavoz.
La fauna del bosque sentía inquietud ante la presencia, cada vez más a menudo, del pájaro extraño.
--No teman ustedes, dijo una enorme serpiente, yo le quitaré a ese bicho la costumbre de incordiar: acabo de salir del letargo y tengo voraz apetito.
Era una boa ajena al hábitat; la habían soltado de pequeña y había puesto en peligro el equilibrio ecológico de los animales autóctonos.
Ese día nuestro amigo sobrevolaba el bosque informando a sus habitantes de un peligro inminente: unos desaprensivos con intereses bastardos se dedicaban a quemar grandes extensiones de arbolado. Pronto llegarían allí; era necesaria la colaboración de todos para evitar la catástrofe. Pasaba el pájaro a un metro del suelo para que le escucharan incluso roedores e insectos cuando se encontró a su altura la serpiente mirándole como para hipnotizarle. Paró, y suspendido se observaron mutuamente; la boa abrió su enorme boca cuando, a velocidad asombrosa, del lomo del pájaro salió un resorte articulado terminado en una manopla que con destreza abofeteó de firme al reptil. Se hizo hacia atrás, pero al ver la quietud del pájaro, contraatacó. Lamentable; volvió a asomar el resorte pero esta vez calzaba una bota bien herrada cumplimentándole con abundantes patadas.
– ¡Imbécil! ¿cree usted que soy presa fácil? ¡Además que pretendo evitar el peligro que corren…! Tenga usted la bondad de convocar a todos sus vecinos en asamblea -añadió- ¡Que me escuchen de una vez! Sírvase, señora boa, de cumplir mi encargo; si no, lo pasará mal, muy mal.
La fauna, emboscada, contempló la escena; quedaron admirados de las dotes persuasivas del pájaro, que les infundió un enorme respeto.
La asamblea, formada por abundante variedad de habitantes del bosque, incluidos una manada de lobos; había ciervos, jabalíes, cabras, linces… y por supuesto muchas aves. Establecieron un armisticio entre ellos para solucionar el asunto. Escucharon al pájaro: “Como bien saben ustedes, asola la comarca una serie de incendios que obliga a nuestros hermanos sobrevivientes a emigrar; sin in más lejos, baste observar la excesiva población de este bosque. Yo me ofrezco para dirigirlos, apresar y escarmentar a esos desaprensivos y, de paso, que canten para agarrar a los de arriba y erradicar el mal de raíz. Solo una advertencia, los quiero vivos.”
Cazarlos fue pan comido; al bajar del carro con los avíos incendiarios, la presencia de una lozana campesina con amplias caderas y sonrisa prometedora, desarmó a los dos secuaces. Al acercarse a ella con aires de conquista, antes de mediar palabra, unos jabalíes les propinaron buenos empellones dejándoles maltrechos en el suelo. Para colmo, dos raposas les defecaron encima poniéndoles como un cristo. Intentaron correr hasta el coche pero la enorme boa les cortó la retirada con un abrazo de rigor.
--Buenaaas… ¿Saben la melodía o necesitan partitura? -Dijo el pájaro-, pueden guardar silencio si lo desean; pero me apetece escucharles cantar.
Entonaron todo un recital; y con bises.
Llegaron justo cuando sus señorías acababan de dialogar. Estos diálogos consistían en repartirse grandes porcentajes de las recalificaciones de terrenos quemados que habían aprobado ellos mismos. Una sombra se cernió sobre los negociadores cuando entraban al coche oficial. La sombra provenía de una nube compuesta por enjambres, avisperos y un sortilegio de insectos dañinos que cayeron sin compasión sobre los negociadores. No negociaron más.
En el siguiente pleno -bien resguardados, por si las avispas-, sus señorías guardaron cinco minutos de silencio, demostrando así gran sensibilidad, inmenso dolor y respeto por los fallecidos. Todos con cara de circunstancias que con disimulo miraban su reloj y, los de las filas de atrás, su móvil.
No tardaron los voceros de radio y televisión en connivencia con los dirigentes, proclamar a los cuatro vientos el “grave atentado perpetrado contra la democracia y los gobernantes elegidos por el pueblo.” Callaron, como estómagos agradecidos, que dichos dirigentes no pasaban de ser unas camarillas puestos en listas cerradas a capricho del mandamás según su sumisión al partido, y con disciplina de voto; y que nunca les pasó por su caletre, el bienestar del pueblo.

Vicente Galdeano Lobera.


jueves, 27 de junio de 2019

Costumbres muy arraigadas




--Mi caro amigo don Anacleto, deberá usted pagar la “manta” si no desea salir perjudicado…
Don Anacleto Navas, miró de hito en hito a su interlocutor, un rústico con boina y chaleco, que le instaba a pagar algo que no entendía bien, relacionado con unas tradiciones muy arraigadas en la aldea.
– ¿Manta? ¡¿Qué manta ni qué niño muerto?! Yo no veo ninguna, además yo no he roto nada y no tengo vocación de completar el ajuar de nadie.
--Veo que no entiende, o que pretende hacerse el tonto que es peor; pero, tranquilo, se lo explicaré al detalle y con argumentos muy convincentes.
Razonó a don Anacleto, que en la comarca, y más concretamente en esa aldea, regían unas costumbres que consistían en que cuando un foráneo festejaba a una moza del lugar, tenía obligación de pagar la “manta”, osease: convidar en la cantina a los contemporáneos de la novia. “Tranquilo, mi amigo, somos solo diez; con un cántaro de vino, un queso, un jamón y pan, será suficiente. No es excesivo si contemplamos la prenda que se lleva usted”.
Don Anacleto de suyo muy tacaño, no tenía disposición de invitar a nadie.
--Pero si Rosamunda es despreciada por todos ustedes; la madre naturaleza se ensañó con ella colmándola de fealdad. Tendrían que gratificarme a mi por desposarla…
--Que sea fea o guapa no exime al novio de cumplir con las tradiciones; además -continuó el gañán-, usted no hace ascos a las rentas de Rosamunda; irá sobrado para pegarse la vida padre el resto de su existencia. Mi consejo es que nos convide; quedará bien y no le molestaremos más.
Don Anacleto parecía afirmar, pero con disimulo se dirigía al corral donde había guardado su bicicleta; con intención de largarse a su pueblo distante a una legua.
La estampa de don Anacleto no pasaba desapercibida; pequeño de estatura debido a sus cortas piernas, pues tenía el torso grande; con rostro redondo y ojos chicos protegidos con espesas cejas oscuras; suplía su calvicie luciendo unos enormes bigotes que sobrepasaban el contorno de su cara. Aparentaba unos cuarenta años.
La bicicleta había desaparecido, se enfureció y comenzó a patear al tiempo que notó que el suelo se movía. Sus alaridos y protestas no evitaron que lo lanzaran cada vez más alto. Claro, lo manteaban entre diez, como a Sancho Panza. Desde la altura vio su bicicleta girando, “Angelín, retira la bici y date vueltas detrás de la tapia: mientras, le explicaremos al mister lo que hay que hacer. La traes cuando digamos”, le ordenaron; Angelín no sabía montar pero cumplió a rajatabla su mandato: cargó la bici a sus espaldas y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo. Hasta nueva orden.
Don Anacleto, al barruntar que los mozos pasarían al segundo “argumento” en breve -consistía en capuzarlo al abrevadero-, gritó: ¡Bastaaaa! ¡Bastaaaa! ¡...Les convido a ustedes! ¡Es más… Me uno al evento!
“Así me gusta; veo, mi caro amigo, que entra usted en razón… Lo que pasa es que a los mozos, con el esfuerzo, les entró más apetito. Ampliaremos las viandas en medio cántaro de vino más y abundantes torreznos, Amén de los carajillos reglamentarios”.
– ¿Alguna objeción, mi amigo don Anacleto?
– ¡Nada, nada! ¡Será un placer! ¡Adelante con los faroles!

Vicente Galdeano Lobera.

martes, 28 de mayo de 2019

Libreta secreta




La encontré junto a un contenedor de basuras con otros papeles y cachivaches; se conoce que algún transeúnte había escarbado por si encontraba algo de valor y lo dejo todo fuera. Era un cuaderno rojizo atado con una cinta oscura; parecía un libro de cuentas. Lo abrí.

En la primera plana con buena caligrafía, ponía: Libreta secreta. Información confidencial de X… Es pecado leerla.

Con semejante aviso resulta difícil resistir la tentación. Miré el contenido; era un anecdotario del titular con anotaciones curiosas. Me chocó un escrito que decía así:

“Zafiedad correspondiente a una tarde de otoño/2018: Visito una exposición sobre la imprenta desde su invención; todo muy bien documentado, Me gustó y pasé buen rato. Me disponía a poner mis observaciones en el libro afín de la sala, cuando irrumpen diez o doce mujeres, todas con velo acompañadas por un guía. Con gran alboroto y molestando, en poco rato miraron sin interés lo expuesto y se acercaron en tropel al cuaderno, querían dejar constancia de su presencia con su firma. Me retiré discretamente mientras ponían todas su autógrafo. El monitor aun escribió una línea antes de firmar. Se fueron. Estaba yo plasmando mis impresiones, suelo escribir siempre media página en tres minutos, cuando regresa una de las jóvenes del velo; “¿Le queda mucho por escribir? -dijo. “Termino enseguida, damisela, pero le agradecería que no me corte la inspiración.” Puso mal gesto y desapareció.
Comenté esta anécdota en una tertulia junto a unas diez personas de distintas edades, todas con licenciaturas. En la reunión estaba una joven amiga que me honró con su compañía en algunos eventos; no es española, y comprobé que mi comentario lo tomó muy a mal. Días después la escuché sin dirigirse a mi, pero en clara alusión al comentario referido, “a mi, como inmigrante que soy, cuando escucho una alusión de desprecio hacia ellos, yo salto; no lo puedo evitar, salto.” A partir de ahí noté su total distanciamiento y desconfianza hacia mi. Con humildad me disculpé, le dije que no siento ningún desprecio por los foráneos, que mi comentario era solo relativo a la mala educación; no me escuchó. Lo sentí muchísimo.
Está claro que cada uno es juzgado por lo que habla, pero una conversación no debería ser un juicio de puertas abiertas, y no es necesario ver en cada observación de los hablantes un ataque a nuestros intereses.”

Hasta aquí la anotación del autor.

No me pude resistir y puse debajo del texto: Señor X…, cierto sabio, que no recuerdo su nombre, dijo: Para evitar las críticas, no digas nada, no hagas nada, no seas nada. Pues eso.

Envié el cuaderno al domicilio de X…




Vicente Galdeano Lobera.