–Lo que yo le
diga, don Gerardo; usted necesita con urgencia echarse una querida…
– ¿Una
querida dice usted, señor Epifanio? Ya me gustaría, ya; Pero no
conoce usted a mi esposa, sería capaz de envenenarme, o qué sé yo.
¿Qué me aconseja?
–Esto es todo lo
que puedo aconsejarle a usted por el humilde chato de vino que me ha convidado.
Muchas gracias, don Gerardo. Si quiere que le ilustre más sobre la
materia y la fórmula de salir airoso del trance mire de proveer la
mesa con abundante vino y viandas, que estoy hambriento. Después
comenzaremos la lección.
Estaban los dos
hombres conversando en una mesa de la concurrida tasca del pueblo; el
señor Epifanio era sesentón, algo encorvado, de rostro macilento
del que colgaban unos bigotes sucios. Tenía fama de cierta cultura,
pero no pasaba de ser un erudito a la violeta y un gorrón; y sabía
darse tono para sacar tajada de sus adeptos.
Luego de dar buena
cuenta del condumio, pasó el señor Epifanio a explicar los
pormenores del negocio de marras. Le vino a decir a don Gerardo, que
hasta tiempos no muy lejanos, era tradición que en las casas
linajudas como la suya, el jefe del clan, tuviera una querida; eso
añadía fuste a la familia. Todo con el consentimiento de la esposa
que presumía que su marido mantuviera a otra.
–Sí, pero es que
resulta que la dueña de las haciendas es ella, yo solo soy consorte.
– ¡Bueno, bueno!
¡El orden de los factores no altera el producto! Usted es dueño
legal de la mitad de las rentas y además el cabeza de familia. Por
otra parte su mujer no tiene porqué enterarse. Se lo piense usted y
con unas lecciones más lo pondré al corriente de todos detalles.
Continuaron, unos
días más, el sabio con su terapia aconsejadora, y el otro convidando y
muy atento a las palabras del señor Epifanio que comía como una
orilla río. Recabó la cosa en que el erudito, previo abono
estipulado, le facilitaría contacto con doña Adoración, hembra de
cumplida alzada, de muy buen ver y con ganas de guerra. Esta dama,
que se consideraba muy poco atendida en casa, buscaba otros frentes
que, de paso, completaban su economía. Don Gerardo, que no pensaba
picar tan alto, ardió en deseos de comenzar la singladura y
consideró que, debido a sus hechuras y a su belleza, doña Adoración
era digna de ser adorada.
–Pero tendrá
usted que esmerarse en la faena; porque si esta mujer no queda
contenta suele arañar. Se lo aviso. Recuerde que la semana pasada el
señor Eustaquio apareció con la cara como un mapa. Y no digo más.
Si se decide, mañana ultimamos el asunto.
Jope –pensó don
Gerardo–, este me entretiene más de la cuenta para sacar a mi
costa el cuerpo de mal año; me interesa zanjar el tema pronto.
– ¡Me decido!
¡Adelante con los faroles! Dígame de una vez el protocolo a seguir,
que esto se alarga más de la cuenta...
–No vaya tan
deprisa; primero he de contactar con la doña y ver si está libre.
Si es así, mañana terminamos el negocio.
–Se lo diré más
claro: diga de una vez cuánto tengo que pagar y terminamos ¡Que ya
está bien, hombre!
El sabio cogió al
vuelo eso de pagar, alargó la mano y solventaron el trámite.
–Haber empezado
por ahí, se nota que es usted un hombre de mundo. El señor será
servido, considere suya a doña Adoración.
Hay que ver lo que
los dineros simplifican las cosas –pensó don Gerardo–; aún con
la mosca detrás de la oreja dedujo que, así por las buenas y sin
cortejos ni merodeos, disfrutar de una mujer de bandera tiene su
precio, y dio por bueno lo que pagó por las lecciones del maestro.
Ilusionado, ya se veía como titular comarcal de la plaza de
castigador de señoras guapas y sentía una sensación muy similar a
la felicidad. Desde entonces consideró al señor Epifanio como un
santo varón, por facilitarle semejante beldad.
Hubo un
contratiempo, doña Adoración no tragó; le desagradaba el galán
facilitado (don Gerardo, de unos cuarenta años, no era muy alto,
pero era casi igual de ancho; era también calvo, con cara rechoncha
y enormes bigotes mal arreglados) y se cerró en banda: “que no
tengo el gusto estropeado, señor Epifanio”. El ilustrado le razonó
que tenía el trato cerrado con el pretendiente; comprenda usted,
señora, que yo vivo de estos asuntos y él ya me
pagó. Me mete usted en un problema. No
hubo manera. “A ver si piensa usted, señor Epifanio, que me
voy a encamar con una morsa,
aunque esté forrado
¡No y no!” Por fin
acordaron mandar a una suplente: “total de noche todos gatos son
pardos y usted, señor Epifanio, sabe maniobrar bien
y se inventará algún ardid
para dársela con queso.” Concertaron
el encuentro
en una casa de doña Adoración que la empleaba como lagar y para
“otros menesteres”. El
señor Epifanio instruyó al pretendiente: la primera unión será a
oscuras –le aclaró–, es
para valorar el comportamiento del varón y evitar los arañazos. La
evaluación es al final del lance; si
la dama enciende la luz, está usted aprobado; si no enciende,
ya puede salir pitando. Para no volver. Éstas son las condiciones.
Ah, se me olvidaba, al
entrar en la casa –la puerta estará entornada y yo le indicaré
dónde queda
la alcoba–, en una mesita del recibidor dejará usted el presente
acordado.
Espero le haya quedado todo
claro. “Como el agua, señor Epifanio”.
El
día de autos, don Gerardo
dirigió sus pasos al lugar de la cita; con
discreción. Puso
excesiva ilusión en la empresa y pasó lo que pasó: le dieron gato
por liebre. Al entrar cumplió
a rajatabla lo acordado incluido lo
del
presente; en la alcoba
reinaba oscuridad, y silencio, y un tenue
olor a sándalo. Se oyó
algún suspiro y un “ven, ven…” Se
sintió deseado y, muy
encendido,
entró en el lecho con
el propósito de lograr alta
puntuación en la correría. Puso todo de su parte pero no imaginaba,
ni de lejos, que doña
Adoración tuviera unos
pechos tan poco turgentes; notó además excesiva
flacidez en la piel y
rugosidades en los glúteos y muslos de la bella;
y tampoco al palpar notó la
vaporosa melena hasta media espalda que lucía siempre
(se habrá cortado el pelo) y,
para colmo, le apestaba el aliento.
No le salían las cuentas; por ningún lado.
Terminaron... Silencio
absoluto, y oscuridad. A
volar tocan. Se vistió en el recibidor; ya se largaba pero cambió de opinión, decidió despedirse y preguntar
a la bella que qué le había parecido episodio (si la fiera pretende
atacarme, como soy ligero de pies, escapo).
Al entrar y
dar la
luz, casi
se cae del susto al ver una mujer que
intentaba taparse; era
muy parecida, si luciera
pelaje, a un oso de mediana estatura; lucía escasos cabellos
grasientos muy pegados al cráneo, la cara llena y redonda como una
calabaza, los pechos se veían insignificantes comparados con la
barriga. Daba horror a miedo.
Estaba ante Casilda, la doméstica que doña Adoración mandó de suplente para el
trance. Se sintió burlado y
convencido de que para ese viaje
no se necesitaban alforjas. Marchó
todo mohíno con la impresión
de haber hecho el primo.
El
señor Epifanio apareció, a los pocos días, con los bigotes y los
cabellos trasquilados
casi al cero; y
su semblante y sus andares mostraban
que le habían atizado de recio. Está claro que según en
qué negocios es difícil evitar los daños colaterales.
Vicente Galdeano Lobera