miércoles, 30 de junio de 2021

Gusto estropeado

 


             Estábamos dos conductores sentados a la mesa en un bar de carretera esperando la cena. Nos servían el primer plato cuando vimos por los ventanales del local entrar otro camión al aparcamiento. El chófer era el Anselmo Cerezuelo, profesional de prestigio y compañero nuestro.

—Habrá que recoger las gallinas, que este guripa no es de fiar —dijo el de al lado.

            Anselmo gozaba de una merecida fama de fanfarrón y de chivato. Estaba a un paso de arrebatar el título de Alcahuete Mayor de la Compañía a un tal Lurón. Había que cuidar lo que se hablaba en su presencia, porque siempre, aun sin hablar, informaba de todo al jefe enseguida. Retorciendo la cosa a su antojo, claro.

            Se acercó y se sentó a la mesa con nosotros; comenzó la danza. Pero como no le dábamos pábulo para ejercer de correveidile, optó por su otra especialidad: la de fantasma.

            Faroleaba siempre, viniera a cuento o no, que él, al ser soltero, no tenía que dar cuentas a nadie, que tenía el piso pagado y que era muy rico. También presumía de que se iba con las mujeres que le apetecían. –mirando su facha, era difícil de creer, pero, en fin; “es que tú vales mucho, chaval”, dije, y Cerezuelo, muy satisfecho, no podía disimular su esponjamiento.

            —Mirar, mirar… –nos enseñaba el móvil- qué mensaje me ha mandado una rumana, mirar, sólo de leerlo ya me pongo a cien.

             —Qué pasa, Cerezuelo, ¿les pagas bien, o qué? –me salió así el comentario.

Anselmo se volvió hacia mí con mirada severa; no esperaba esa observación.

            — ¡Hombre, claro! ¡Hay que pagarles! Si no, no acuden.

            — ¡Ah! Pues así acuden a cualquiera, incluso a mí.

Quedó un poco tocado el Cerezuelo con la respuesta, pero se rehizo pronto.

            —De todas maneras, tengo una hembra peruana que tiene treinta y ocho años, oís bien, treinta y ocho años, y está loca por mí —saboreaba Anselmo cada palabra, y me arreaba palmaditas en la espalda con la cabeza vuelta a otro lado, como para realzar su tesis y con el propósito de darnos envidia.

            —Se llama Marcela ¡Ay Marcela de mi vida! y tiene treinta y ocho años. En cuanto regrese al valle del Arlanza -estábamos por Algeciras-, me voy a encamar con la moza y me voy a poner como el chico del esquilador.

            Estuvo el ínclito perorando y presumiendo de la allegada de los treinta y ocho años todo el rato, A mí ya me cansaba.

             No me pude contener, tiré a dar.

             —Pero, vamos a ver, Anselmo, la Marcela esa de los treinta y ocho años, ¿Está buena, o no está buena? porque igual resulta que es un cardo borriquero…, de treinta y ocho años, claro.

            Cerezuelo quedó parado, pensativo, le costaba trabajo argumentar, tardó un poco en contestar.

            —Hombre, lo que yo digo es que, si tiene treinta y ocho años, tiene juventud, y eso, a nuestra edad que ya somos sesentones, se valora mucho.

            Pero no contestó a mi pregunta. Este Anselmo tiene el gusto estropeado; o es un cantamañanas. O las dos cosas.

 

 

Vicente Galdeano Lobera.



sábado, 12 de junio de 2021

Maese Jusepillo

 


— Como ven, distinguidos señores, a mí la poesía me brota a raudales; me sale como el nacimiento de cierto río, allá por la sierra de Alcaraz que, en periodos que es difícil prever, revienta de pronto entre paredes rocosas originando con gran estruendo, una singular cascada de aguas cristalinas que da lugar a un cauce variable e inunda de belleza donde hacía poco solo enseñoreaba la sequedad. Así me fluyen a mí los versos. Escuchen, escuchen…

Al llegar aquí, el orador notó su boca seca: “mozo, sírvame otro carajillo, por favor.” “Sus deseos son órdenes, maese.” Al llegar aquí la cosa se ponía regular; el orador comenzaba una perorata, con voz ahuecada, de unos cuantos pareados muy flojos y muy trillados y peor medidos, algunos copiados de autores de renombre. Hasta aquí, regular, como hemos dicho; lo malo es cuando quería emular a poetas célebres con composiciones largas; entonces, los “distinguidos señores”, que sin comerlo ni beberlo veían venir el tostón, apuraban los tragos, pagaban y se abrían en desbandada: en el cuarto del mesón que les servía de “ateneo” quedaban, en la mesa algo mugrienta con bancos corridos, el maese y, como mucho, tres más.

— ¡Ingratos…! Se van, ellos se lo pierden… pero volverán como volvieron las oscuras golondrinas de Bécquer; volverán a que les ilumine con mi saber –mozo, otro carajillo–. Muchas gracias por no desertar, amigos; ustedes sí que saben apreciar mi arte y valoran que están ante un gran poeta. Como premio, si ustedes lo tienen a bien, les deleitaré con unos sonetos de mi invención que les ilustrará y les pondrá los vellos de punta.

Echó mano de unos apuntes y maese Jusepillo comenzó a declamar con semblante grave y ojos en blanco. Al poco le cortó el Prudencio –este buen hombre, de prudente tenía poco.

—Oiga, maese, esos versos los he leído yo en algún sitio; son de Marcial, poeta bilbilitano…

A maese Jusepillo le sentó la observación como un escopetazo de sal. Y más, dicha por un aldeano –este Prudencio es un somarda, siempre anda poniéndome zancadillas.

— ¿Marcial? ¿Marcial…? Sí, también es muy buen poeta; mire, no le digo que en algún verso puede coincidir, porque las palabras están para usarlas; pero estas letras que he pronunciado son de mi invención. Le diré más –Justepillo no se arredraba así como así y defendía su prestigio–: las comparaciones son odiosas y repito que yo soy un gran poeta y Marcial también fue bueno, pero hace dos mil años.

Bueno, el caso es que el aldeano con su imprudencia había conseguido desbaratar las declamaciones del maese que, enfurruñado, recogió sus papeles y, después de marcarse otro carajillo, marchó con viento fresco. Bueno, al verlo algo azumbrado decidieron acompañarle a su refugio.

Maese Jusepillo, se las había arreglado para captar adeptos y aficionarles a las letras. Para eso, en el mesón del Serapio, se reunían una vez por semana un par de horas. En ese tiempo entre ocho o diez simples se embebían de la pretendida erudición del maese. No entendían apenas lo que decía Jusepillo, ni les gustaba la poesía, ni los libros, ni nada, pero ponían cara de entendidos para pasar por sapientes. Por otra parte, el asistir a la charla les daba un barniz de sabiondos que causaba impresión ante la vecindad y les daba también cierto predicamento entre las mozas. El único requisito exigido para asistir a esta reunión era que había que abastecer de carajillos al maese que, como los trasegaba como el agua, un día sí y otro también había que llevarlo en volandas a causa del pedal que agarraba.

Maese Jusepillo, también presumía de que a sus cincuenta años mantenía su cintura y caderas estrechas y su cuerpo serrano; lo que pasaba por alto es describir la panza que lucía; más de una vez por la huerta le pararon los guardias:

— ¡¿Qué lleva usted ahí?!

— ¿Dónde…?

En la pocha. Seguro que ha mangado alguna sandía.

— Dejen mi barriga en paz, que mis dineros me cuesta el mantenerla.

— ¡Ah! Vale, puede continuar.

El aforo a la reunión de maese Jusepillo era libre; iban y venían distintos lugareños, pero siempre con la misma intención: aparentar interés por la cultura. Cierto día acudieron El Pepón y el Dimas que al entrar se quitaron la boina en señal de respeto; estos señores eran algo sordos y no entendieron bien de qué iba la cosa, hasta que tuvieron que soltar la mosca para el bebercio del maese. Se hicieron los suecos pero, a regañadientes y por eso del qué dirán, pagaron. Pero les quedó mal gusto de boca debido a las bilis.

Al terminar, maese Jusepillo llevaba una cogorza mayúscula y los sordos se ofrecieron voluntarios para llevarle a casa. Lo que pasa es que cambiaron de itinerario y lo capuzaron al pilón. Y no había agua.


Vicente Galdeano Lobera




lunes, 31 de mayo de 2021

Intuición

 

 

     Chonita tardó un poco más en acicalarse; quería causar buena impresión. No sabía qué indumentaria ponerse. Decidió ponerse un traje sastre con camisa blanca y corbata, como un hombre; lo que aumentaba aún más su feminidad. Se recogió el pelo con gracia y se puso unos zapatos de medio tacón. Quedó contenta con la imagen que le devolvió el espejo.

 Chonita, a sus espléndidos veinticuatro años, lucía una envidiable mata de pelo negro que enmarcaba un rostro moreno de pómulos altos con unos ojazos de ensueño y una boca, que al sonreír, enseñaba unos dientes blanquísimos algo irregulares, lo que le añadía más encanto. Era de estatura normal y muy bien proporcionada. A su paso, dejaba un halo de admiración y deseo en los hombres y de envidia en las mujeres.

    Ese día venía en persona el pintor de prestigio que había expuesto en la galería que Chonita se empleaba como guía.

    Ella, se documentó bien y comprobó que la vida del pintor en ocasiones turbulenta, provocadora del peligro y consagrada siempre al arte, fue deslumbrante. Era, además muy amigo de sus amigos, tanto de clase alta como baja, entre ellos algún escritor de ideas opuestas. El artista había ejercido de poeta, redactor, marchante, novillero con pretensiones de maestro, dibujante, estudiante universitario. En la guerra del 36 se alistó voluntario sin pestañear en el bando legítimo. Marchó al extranjero, fue legionario, se evadió de cárceles por dos veces; alternó con la flor y nata del arte con la misma naturalidad que cursó buena temporada en la escuela de gitanos, conviviendo y entablando lazos de amistad que perdurarían siempre. Valga una anécdota entre un torero famoso amigo y el pintor; cambió un cuadro suyo por un flamante Cadillac del torero, que después entregó a unos gitanos que lo emplearon de vivienda. Era también mujeriego empedernido; llegó a casarse sin haberse separado de su esposa anterior. Todo un aventurero, perfecto para mujeres soñadoras como Chonita.

  A media mañana, como estaba previsto, apareció por la sala el artista acompañado de autoridades y algún colaborador amigo.

    Al artista no le fue indiferente la distinguida y elegante guía que explicaba sus cuadros con buen timbre de voz y comentarios acertados a un grupo de visitantes. La veía, además de guapísima, muy versada en la materia. Estaba claro que más de uno del grupo, eran más aficionados a ella que a la pintura. Lo mismo le ocurrió al artista; sólo tenía ojos para ella. —Maestro… ¿Le gusta Chonita? Es guapa ¿Eh? –Le espetó un colaborador al darse cuenta de su admiración. — ¿Qué, qué? ¿Cómo dices? — ¡¿Qué si le gusta Chonita?! — ¿Chonita es su gracia…? Pues mira, sí. ¡Me gusta más que el pan recién tostado! –Contestó el maestro espontáneamente. —Creo, maestro, que Chonita le tiene a usted bastante devoción –dijo el colaborador. Luego se la presentaré.

    Efectivamente, los presentaron. Chonita vio en el artista, treinta años mayor que ella, a un hombre maduro, quizá algo voluminoso, atezado, con melena blanca, correctamente vestido con capa y sombrero. Imponía y tenía distinción. Claro, la brillante posición del pintor realzaba estos conceptos.

   —Señor Viola, le presento a Asunción Arroyo, guía y orientadora de esta galería…

   —Encantado, señorita; es un placer conocerla.

   —Asunción, este señor es el pintor Manuel Viola.

   —Tenía deseos de verlo en persona; el placer es mío, mucho gusto en conocerle.

Siguió la conversación fluida entre los dos; Viola estaba muy a gusto con aquella joven que respondía siempre mirándole de frente. Procuraron apartarse del grupo, el artista quería estar a solas con Chonita.

   —Señorita, desearía hablar en privado con usted. –Le dijo al quedar solos. Tengo que proponerle un asunto que a mí me interesa mucho; me muero por saber su respuesta.

   Ella con intuición femenina, adivinaba de qué trataba el “asunto”; lo veía venir…

   —Si no tiene usted compromiso…, continuó el pintor, ¿podría recogerla cuando termine su trabajo? La invito a cenar.

    El resto es fácil de imaginar. El pintor y la guía permanecieron juntos diecisiete años, hasta la muerte de él en El Escorial. Se entendieron bastante bien, tuvieron un hijo y Chonita le asistió y dio cariño al artista hasta el último día de su existencia.

 

 Vicente Galdeano Lobera

   

viernes, 30 de abril de 2021

Daños colaterales

 


–Lo que yo le diga, don Gerardo; usted necesita con urgencia echarse una querida…

– ¿Una querida dice usted, señor Epifanio? Ya me gustaría, ya; Pero no conoce usted a mi esposa, sería capaz de envenenarme, o qué sé yo. ¿Qué me aconseja?

–Esto es todo lo que puedo aconsejarle a usted por el humilde chato de vino que me ha convidado. Muchas gracias, don Gerardo. Si quiere que le ilustre más sobre la materia y la fórmula de salir airoso del trance mire de proveer la mesa con abundante vino y viandas, que estoy hambriento. Después comenzaremos la lección.

Estaban los dos hombres conversando en una mesa de la concurrida tasca del pueblo; el señor Epifanio era sesentón, algo encorvado, de rostro macilento del que colgaban unos bigotes sucios. Tenía fama de cierta cultura, pero no pasaba de ser un erudito a la violeta y un gorrón; y sabía darse tono para sacar tajada de sus adeptos.

Luego de dar buena cuenta del condumio, pasó el señor Epifanio a explicar los pormenores del negocio de marras. Le vino a decir a don Gerardo, que hasta tiempos no muy lejanos, era tradición que en las casas linajudas como la suya, el jefe del clan, tuviera una querida; eso añadía fuste a la familia. Todo con el consentimiento de la esposa que presumía que su marido mantuviera a otra.

–Sí, pero es que resulta que la dueña de las haciendas es ella, yo solo soy consorte.

– ¡Bueno, bueno! ¡El orden de los factores no altera el producto! Usted es dueño legal de la mitad de las rentas y además el cabeza de familia. Por otra parte su mujer no tiene porqué enterarse. Se lo piense usted y con unas lecciones más lo pondré al corriente de todos detalles.

Continuaron, unos días más, el sabio con su terapia aconsejadora, y el otro convidando y muy atento a las palabras del señor Epifanio que comía como una orilla río. Recabó la cosa en que el erudito, previo abono estipulado, le facilitaría contacto con doña Adoración, hembra de cumplida alzada, de muy buen ver y con ganas de guerra. Esta dama, que se consideraba muy poco atendida en casa, buscaba otros frentes que, de paso, completaban su economía. Don Gerardo, que no pensaba picar tan alto, ardió en deseos de comenzar la singladura y consideró que, debido a sus hechuras y a su belleza, doña Adoración era digna de ser adorada.

–Pero tendrá usted que esmerarse en la faena; porque si esta mujer no queda contenta suele arañar. Se lo aviso. Recuerde que la semana pasada el señor Eustaquio apareció con la cara como un mapa. Y no digo más. Si se decide, mañana ultimamos el asunto.

Jope –pensó don Gerardo–, este me entretiene más de la cuenta para sacar a mi costa el cuerpo de mal año; me interesa zanjar el tema pronto.

– ¡Me decido! ¡Adelante con los faroles! Dígame de una vez el protocolo a seguir, que esto se alarga más de la cuenta...

–No vaya tan deprisa; primero he de contactar con la doña y ver si está libre. Si es así, mañana terminamos el negocio.

–Se lo diré más claro: diga de una vez cuánto tengo que pagar y terminamos ¡Que ya está bien, hombre!

El sabio cogió al vuelo eso de pagar, alargó la mano y solventaron el trámite.

–Haber empezado por ahí, se nota que es usted un hombre de mundo. El señor será servido, considere suya a doña Adoración.

Hay que ver lo que los dineros simplifican las cosas –pensó don Gerardo–; aún con la mosca detrás de la oreja dedujo que, así por las buenas y sin cortejos ni merodeos, disfrutar de una mujer de bandera tiene su precio, y dio por bueno lo que pagó por las lecciones del maestro. Ilusionado, ya se veía como titular comarcal de la plaza de castigador de señoras guapas y sentía una sensación muy similar a la felicidad. Desde entonces consideró al señor Epifanio como un santo varón, por facilitarle semejante beldad.

Hubo un contratiempo, doña Adoración no tragó; le desagradaba el galán facilitado (don Gerardo, de unos cuarenta años, no era muy alto, pero era casi igual de ancho; era también calvo, con cara rechoncha y enormes bigotes mal arreglados) y se cerró en banda: “que no tengo el gusto estropeado, señor Epifanio”. El ilustrado le razonó que tenía el trato cerrado con el pretendiente; comprenda usted, señora, que yo vivo de estos asuntos y él ya me pagó. Me mete usted en un problema. No hubo manera. “A ver si piensa usted, señor Epifanio, que me voy a encamar con una morsa, aunque esté forrado ¡No y no!” Por fin acordaron mandar a una suplente: “total de noche todos gatos son pardos y usted, señor Epifanio, sabe maniobrar bien y se inventará algún ardid para dársela con queso.” Concertaron el encuentro en una casa de doña Adoración que la empleaba como lagar y para “otros menesteres”. El señor Epifanio instruyó al pretendiente: la primera unión será a oscuras –le aclaró–, es para valorar el comportamiento del varón y evitar los arañazos. La evaluación es al final del lance; si la dama enciende la luz, está usted aprobado; si no enciende, ya puede salir pitando. Para no volver. Éstas son las condiciones. Ah, se me olvidaba, al entrar en la casa –la puerta estará entornada y yo le indicaré dónde queda la alcoba–, en una mesita del recibidor dejará usted el presente acordado. Espero le haya quedado todo claro. “Como el agua, señor Epifanio”.

El día de autos, don Gerardo dirigió sus pasos al lugar de la cita; con discreción. Puso excesiva ilusión en la empresa y pasó lo que pasó: le dieron gato por liebre. Al entrar cumplió a rajatabla lo acordado incluido lo del presente; en la alcoba reinaba oscuridad, y silencio, y un tenue olor a sándalo. Se oyó algún suspiro y un “ven, ven…” Se sintió deseado y, muy encendido, entró en el lecho con el propósito de lograr alta puntuación en la correría. Puso todo de su parte pero no imaginaba, ni de lejos, que doña Adoración tuviera unos pechos tan poco turgentes; notó además excesiva flacidez en la piel y rugosidades en los glúteos y muslos de la bella; y tampoco al palpar notó la vaporosa melena hasta media espalda que lucía siempre (se habrá cortado el pelo) y, para colmo, le apestaba el aliento. No le salían las cuentas; por ningún lado. Terminaron... Silencio absoluto, y oscuridad. A volar tocan. Se vistió en el recibidor; ya se largaba pero cambió de opinión, decidió despedirse y preguntar a la bella que qué le había parecido episodio (si la fiera pretende atacarme, como soy ligero de pies, escapo). Al entrar y dar la luz, casi se cae del susto al ver una mujer que intentaba taparse; era muy parecida, si luciera pelaje, a un oso de mediana estatura; lucía escasos cabellos grasientos muy pegados al cráneo, la cara llena y redonda como una calabaza, los pechos se veían insignificantes comparados con la barriga. Daba horror a miedo. Estaba ante Casilda, la doméstica que doña Adoración mandó de suplente para el trance. Se sintió burlado y convencido de que para ese viaje no se necesitaban alforjas. Marchó todo mohíno con la impresión de haber hecho el primo.

El señor Epifanio apareció, a los pocos días, con los bigotes y los cabellos trasquilados casi al cero; y su semblante y sus andares mostraban que le habían atizado de recio. Está claro que según en qué negocios es difícil evitar los daños colaterales.


Vicente Galdeano Lobera



miércoles, 31 de marzo de 2021

Encuentro entre clérigo y seglar

 


 

 

       ---Mosén Domingo… ¡Qué alegría verle!

    --- ¡Oh! hijo mío qué sorpresa, por fin hoy me saludas… en realidad creía que no te                            apetecía hablar con este humilde pastor de Jesucristo en el mundo. Te he visto, hijo mío por esta zona un par de veces. Pero dime ¿Qué es de tu vida? supongo que seguirás cumpliendo los preceptos del Señor; de pequeño ayudabas bien en la Santa Misa y eras muy devoto –Mosén Domingo mientras se dirigía a Miguel, le dio su mano a besar-

    --- Padre, estoy cumpliendo el servicio militar aquí en Intendencia, el destino que tengo me obliga a salir de paisano a hacer las gestiones encomendadas. En cuanto a los preceptos, procuro no hacer mal a nadie.

    --- Bien, bien, Miguelito, en realidad estoy seguro que servirás con mucho amor a la Patria y obedecerás con gusto las órdenes de tus superiores. Otro de los preceptos de mi Santo Ministerio es querer y defender nuestra gloriosa nación. Pero dime ¿Cómo están tus padres? Guardo muy buen recuerdo de ellos; ayudaron bastante a la parroquia del pueblo. Don Julián, tu padre, santo varón, todo un espejo dónde mirarte, y tu madre doña Felicitas, ejemplo de devoción y sacrificio por los demás.

   --- Mis padres están bien para lo mayores que son; los saludaré en su nombre, don Domingo. En cuanto a la mili ¡Qué quiere que le diga! hay que hacerla y basta; pero de devoción la justa.

   --- Pero ¡¿Qué dices?! hijo mío, en realidad Dios Nuestro Señor nos pone en este valle de lágrimas para probarnos, para observar nuestra conducta, pensando recompensarnos con creces cuando Él nos llame a su lado. Recuerdo que de pequeño eras muy aplicado con la doctrina…

   --- Qué remedio me quedaba; usted padre a quien no se aprendía el catecismo, buenas tortas le arreaba.

       --- Hijo mío, en realidad el Señor me ocupó en su ministerio para desarrollar sus enseñanzas y su buen hacer, encomendándome a su vez aplicar por bueno aquel dicho que reza: “quien bien te quiera, te hará llorar”

       --- Padre ¿También para los villancicos de la navidad se aplicaba la misma regla? porque pobre del que desentonaba; Buenos pescozones le propinaba usted.

       ---Miguelito, hijo mío, qué memoria tienes. En realidad, en los cánticos y alabanzas al Señor es pecado el desentonar… en realidad aplicaba ese sabio aforismo que dice: “la letra, con sangre entra” ¿Ves hijo mío cómo recuerdas cosas importantes?

      --- Hombre, recordarlas sí; pero no estoy muy de acuerdo con el método que empleaba usted. Lo mismo que la bronca que le dedicó usted al maestro don Alfredo porque nos había explicado a los alumnos que lo importante es el obrar bien, que aunque se falte a misa algún día no pasaba nada.

       ---Uy, uy, uy, Miguelito. Por la Santísima Trinidad; todo buen cristiano además de ejemplar comportamiento, en realidad es más importante aún asistir a la Santa Misa, a poder ser a diario. ---No hice mas que cumplir con mi misión de pastor para guiar ovejas descarriadas.

       ---Y usted don Domingo ¿Qué hace por aquí?

        ---El reverendísimo señor arzobispo me jubiló de mis obligaciones y estoy en una residencia de sacerdotes retirados hasta que el Altísimo me llame a su lado. En realidad es lo que más deseo para gozar en el Paraíso de la vida eterna.

       ---Pues nada, mosén, me alegro mucho de ver que está usted bien. Continuaré con mis ocupaciones. Espero verlo a menudo.

        ---Cuando quieras, hijo mío; aquí tienes mi dirección. Creo que te vendría muy bien conversar conmigo de vez en cuando. En realidad temo que te apartes del buen camino. Te tendré presente en mis oraciones para que el Señor guíe siempre tus pasos. –Mosén Domingo le dio nuevamente la mano a besar y cada uno siguió su camino.

 

 

Vicente Galdeano Lobera



domingo, 28 de febrero de 2021

Diagnóstico cruel

 


 

   El diagnóstico fue brutal: está usted embarazada, me espetó. Pero si es imposible, no sentí nada. No es imprescindible sentir; lo que no se debe es consentir; si se consiente, hay que apechugar con lo que venga.

   El doctor no entendía una palabra de sentimientos, sólo ciencia; como dos y dos son cuatro. A mis dieciséis años se me cayó el cielo encima. Nunca pensé que competir con mis compañeras de estudios trajera estas consecuencias. Competencia tonta para demostrar una vez más que yo tenía más atractivo a los hombres. No podía aguantar que el bedel de la residencia se fijara más en otras.

Tuve yo la culpa, le provoqué, era feo y viejo. Menuda ganancia; él, apenas me tuvo a tiro en su estancia, cerró la puerta y guardó la llave. Ven palomita, vas a saborear el néctar de los dioses, verás como te gusta. Intenté gritar, quedé paralizada; por otra parte iba a experimentar algo distinto al placer solitario. Además si gritaba se enteraría todo el mundo que yo estaba en su guarida. Me caí; no perdió el tiempo, me quitó mi prenda más íntima y me penetró sin preámbulo alguno. Se sació en un instante y al terminar dijo que yo estaba de más allí ¡Fuera! Gritó. Recogí mis prendas y salí corriendo a mi aposento; menos mal que no me vio nadie; al llegar me duché y lavé mi ropa.

   Pude denunciar, pero en mi fuero interno sería como reconocer mi desliz. No hacía caso de la risita de conejo del conserje cuando pasaba por la portería; no suponía que estaba encinta.

Sabedora, al pasar percibí la consabida risita. Me planté delante invitándole a acercarse. La patada en sus genitales fue tremenda, acompañada de escupitajos. No es nada, dijo cuando le auxiliaron, un fuerte calambre; sin duda no quería publicitar pormenores de la escena.

   Primeros de noviembre, casi dos meses para navidad. No quiero ni pensar los reproches de mis padres. Parece mentira, tu comportamiento es lo más parecido a una furcia; y además torpe.

   Justifiqué una excusa y me ausenté diez días de la residencia estudiantil. Nadie, ni los más íntimos supieron nada de mí. Me incorporé a mis clases. Veintidós de diciembre, estación de mi localidad, desde la ventanilla veo a mis allegados esperándome. No imaginan mi trance. Ni lo sabrán nunca. Aborté. 

 

 

 Vicente Galdeano Lobera


 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Despatriados

 

   “Amed, criatura, mientras te duermes, permitirás a tu abuelo que te instruya algo para cuando crezcas. No, no temas, no te voy a contar batallitas; entre otras cosas porque no las hice. En cambio, te podría ilustrar durante buen rato de la sarta de estupideces, traiciones y fechorías, incluido el sabotaje que cometí con otros a la cinta transportadora de fosfatos Fos Bu Cra y tender emboscadas donde murieron  soldados españoles. Podría descargar mi conciencia diciéndote que me utilizaron junto a otros jóvenes  para estas tropelías. Pero, no; a partir de cierta edad, la persona, si no alcanza a saber lo bueno, sabe muy bien lo que está mal. Es decir, engañarás a quien se deje, pero es difícil engañarse a sí mismo”.

    Sáhara Occidental, abuelo y nieto estaban protegidos del sol en una jaima confeccionada con pelo de camello, en un campamento de refugiados saharauis.

    Amed se durmió; aun así el abuelo continuó con su voz calmosa, explicando vivencias al niño, que de estar despierto, no entendería aún. “Hijo mío, deberás aprender que nosotros mismos solemos ser nuestros peores enemigos, que algunas personas, cuando tienen mando, su codicia y crueldad no tienen límite; soy viejo y te lo puedo asegurar con conocimiento de causa. Debes desconfiar cuando te deleiten los oídos con palabras como: pueblo soberano, libertad, voluntad popular y demás; estas camarillas de políticos te azuzarán como a un perro –yo me quedé sin piernas al explotarme una mina cerca del territorio ocupado por Marruecos-, mientras ellos, clases improductivas  instalados en el bienestar, no dan la cara nunca. Mande quien mande, nadie te regalará nada; si acaso palos, que tendrás que espabilarte para evitarlos”.

    “Recuerdo en 1975, los españoles sufrieron vejaciones por parte nuestra; aparte de insultos y pedradas, sus hijos no podían acudir a la escuela. “Fuera España”, gritábamos; sin agradecer las ayudas recibidas; no sólo alimentarias sino en educación, empleos decentes y los viajes a La Meca para saharauis pagados por Madrid. Ellos, los españoles, se quedaron sin nada. Hasta los cementerios los evacuaron a Canarias”.

    Aprovechando la agonía del dictador, algo tramaron presuntamente, y nada bueno, Marruecos y la casta gobernante colonizadora.

    Extraña que después de verter tanto odio sobre la España “opresora”, nuestros descendientes reclamen hace años soluciones a su situación y exijan además pasaporte español. Sin duda, algunos de estos refugiados adoctrinados por las castas dirigentes, piensan sacar tajada y conseguir migajas de las subvenciones.

 

 Vicente Galdeano Lobera