El diagnóstico fue
brutal: está usted embarazada, me espetó. Pero si es imposible, no sentí nada.
No es imprescindible sentir; lo que no se debe es consentir; si se consiente,
hay que apechugar con lo que venga.
El doctor no entendía
una palabra de sentimientos, sólo ciencia; como dos y dos son cuatro. A mis
dieciséis años se me cayó el cielo encima. Nunca pensé que competir con mis
compañeras de estudios trajera estas consecuencias. Competencia tonta para
demostrar una vez más que yo tenía más atractivo a los hombres. No podía
aguantar que el bedel de la residencia se fijara más en otras.
Tuve yo la culpa, le provoqué, era feo y viejo. Menuda
ganancia; él, apenas me tuvo a tiro en su estancia, cerró la puerta y guardó la
llave. Ven palomita, vas a saborear el néctar de los dioses, verás como te
gusta. Intenté gritar, quedé paralizada; por otra parte iba a experimentar algo
distinto al placer solitario. Además si gritaba se enteraría todo el mundo que
yo estaba en su guarida. Me caí; no perdió el tiempo, me quitó mi prenda más
íntima y me penetró sin preámbulo alguno. Se sació en un instante y al terminar
dijo que yo estaba de más allí ¡Fuera! Gritó. Recogí mis prendas y salí
corriendo a mi aposento; menos mal que no me vio nadie; al llegar me duché y
lavé mi ropa.
Pude denunciar,
pero en mi fuero interno sería como reconocer mi desliz. No hacía caso de la
risita de conejo del conserje cuando pasaba por la portería; no suponía que
estaba encinta.
Sabedora, al pasar percibí la consabida risita. Me planté
delante invitándole a acercarse. La patada en sus genitales fue tremenda, acompañada
de escupitajos. No es nada, dijo cuando le auxiliaron, un fuerte calambre; sin
duda no quería publicitar pormenores de la escena.
Primeros de noviembre,
casi dos meses para navidad. No quiero ni pensar los reproches de mis padres.
Parece mentira, tu comportamiento es lo más parecido a una furcia; y además
torpe.
Justifiqué una
excusa y me ausenté diez días de la residencia estudiantil. Nadie, ni los más
íntimos supieron nada de mí. Me incorporé a mis clases. Veintidós de diciembre,
estación de mi localidad, desde la ventanilla veo a mis allegados esperándome.
No imaginan mi trance. Ni lo sabrán nunca. Aborté.
Vicente Galdeano Lobera
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