jueves, 23 de enero de 2025

Cristeta

—Lo que yo le diga, don Acisclo, pero para mí que la Cristeta está preñada. Sólo le aviso, que lo veo como muy encaprichado; si el artífice de tal evento es usted, pues vale, pero si no, no, Queda advertido –La señá Fabiana, mujer vieja y apergaminada que tenía fama de clarividente, informaba a don Acisclo.

— ¡No me alarme, señá Fabiana! pero, ¿cómo se ha enterado usted?

—Eso no viene a cuento; lo sé y basta. Le aviso para que sepa a qué atenerse.

Don Acisclo Carramiñana –a quien conocemos de relatos anteriores–, quedó inquieto. Motivos tenía. El caso es que don Acisclo era rico, y se convirtió en riquísimo cuando se unió a doña Maravillas, mujer de un malhumor eterno y genio avinagrado que de maravillosa tenía poco, pero era potentada terrateniente de la comarca. El caso es que don Acisclo creía a pies juntillas que según la tradición, al ser pudiente se beneficiaría al servicio doméstico y a todo lo que se meneara bajo su jurisdicción. El caso es que esas tradiciones ya no rigen; lo comprobó don Acisclo al acercarse, en plan cariñoso, a Merche, la limpiadora. Recibió el pollo dos guantazos de los que tumban una tapia. Y esto es sólo el principio, recalcó la Merche. Lo que pasa es que don Acisclo en su nuevo estatus había engordado y era bajo, calvo, arrugado, algo encorvado y también muy hortera y era todo un repelente para la lujuria, y así no hay manera, claro. Doña Maravillas, sabedora de que el servicio doméstico rechazaba de plano a su marido, contrató como doncella a Cristeta, joven treintañera que recabó en el pueblo. Era esta Cristeta bella sin pasarse, atractiva sin pasarse, arreglada sin pasarse, elegante sin pasarse, pero una pasada de apetecible…, y ambiciosa. 

La bella valoró las circunstancias y calculó que en su nuevo empleo podía prosperar. Comenzó el protocolo de acercamiento con sus pestañeos, sus miradas, sus sí, pero no. Don Acisclo, embobado con semejante prenda, entró al trapo. Logró trincarla un par de veces, cuando ella quiso, claro. El galán, a pesar de su eyaculación precoz, pensó que era un crack, impresionado por los oooooh de placer prolongados y profundos que lanzaba Cristeta; hacía el paripé, claro.

El pronóstico de la señá Fabiana se cumplió, Cristeta estaba encinta. La chica informó a don Acisclo.

—Y ahora, Cristeta, ¿qué hacemos? Si lo deseas me separo de mi esposa y me caso contigo… Tú dirás. Lo que quiero es evitar escándalos y habladurías.

—No, don Acisclo, no tengo vocación de romper un matrimonio bien avenido; la solución es más sencilla. Se lo plantearé sin circunloquios que nos hagan perder el tiempo; esto se arregla con tres condiciones: dinero, dinero y luego más dinero ¿Qué le parece? Tenga en cuenta que lo que yo alumbre será su hijo, y puesto que usted no tiene descendencia el niño será su heredero universal.

Quedaron en que don Acisclo le daría una fuerte suma de dinero para que Cristeta marchara a su país; después otra fuerte cantidad para abortar. Más tarde, después de la convalecencia y descansar una buena temporada, podría Cristeta regresar a España y retomar su empleo de doncella. Ya sabes que aquí se te  aprecia y te queremos bien, Cristeta. 

—Gracias, don Acisclo, lo pensaré y veré lo que más me conviene –contestó la bella.

Cristeta, sí que pensó lo que más le convenía, sí. El caso es que, al tiempo reglamentario, se presentó en la finca de don Acisclo con el fruto de marras. Ahí tiene usted a su heredero, señor. Vengo a reclamar la tercera condición acordada en su día: más dinero. 

Doña Maravillas, hecha un basilisco, insultó y amenazó de tal manera, que al marido no le quedó otra que poner tierra de por medio. Por si acaso. El altercado resonó en la comarca, casi como la Campana de Huesca en el antiguo Reino de Aragón.

Siempre se ha dicho que todos tenemos un doble. Pero mira tú por dónde, el chico salió con cara redonda y enormes orejas, es decir, clavadico al Lisardo, un peón algo lelo, pero con fama de estar bien dotado; lo contrató en su día doña Maravillas para obligaciones de fuerza.

Vicente Galdeano Lobera

jueves, 26 de diciembre de 2024

Cuña del mismo palo

Cuando Ludovico, aficionado a leer, acudió al club de literatura no las tenía todas consigo. Había tanteado el terreno para ver qué nivel gastaban y qué tramo de edad tenían los componentes –Ludovico era sesentón–; pero le contestaron que lo mejor era personarse, nosotros somos de distintas edades, lo que nos une es la afición a las letras. Eso es lo que cuenta. Seguro que iba a encontrar algo parecido a un claustro de sabios con madera de escritores, le convenía andar con pies de plomo para no causar mala impresión; decidió tirar palante y que sea lo que Dios quiera. Para tal evento estuvo a punto de ponerse frac y pajarita, pero su mujer lo disuadió:

—Ande vas tú, regaera… que no procede, hombre, que no procede.

Menos mal que Ludovico le hizo caso. Claro, es que las mujeres son muy sabias.

La base cultural de Ludovico era poco sólida; hasta los doce años aun acudió a la escuela. Después, a trabajar tocan. Pero aficionado a la literatura, se dio cuenta de que en los libros está apuntado todo. Para quien quiera aprender, claro.

Armado de valor se plantó en el club; si me ningunean, no vuelvo más y en paz. Encontró Ludovico un tropel de eruditos jóvenes que explicaban y analizaban obras literarias con un toque de sentimentalidad por quien llevaba la batuta de la reunión. Además de letras, se tocaban temas de pintura, historia, cine y otras artes. Ludovico cayó de pie; lo llevaban en palmitas, incluso cuando comenzó a escribir y se atrevió a publicar. Les hizo gracia y todo eran parabienes.

Inexplicablemente, la situación pegó un giro de ciento ochenta grados; esos parabienes se tornaron en una indiferencia rayana al menosprecio. Bueno, los del club sus razones tendrían para adoptar esa actitud; qué le vamos a hacer.

—Oiga… –Le preguntaron a Ludovico–, y usted, ¿a qué achaca el giro ese de ciento ochenta grados que pegaron los del club?

—Mire, podría acogerme a mi derecho a no declarar, derecho que recoge la Constitución, pero por ser usted le contestaré: si yo aplicara el buenismo, la corrección política y el progresismo reinante, podría achacar ese giro a la ultraderecha, al machismo, al fascismo; o culparía directamente al Caudillo, o a la intolerancia con otras culturas…, o, que la culpa fue del chachachá. Eso sin descartar el cambio climático, que podría influir también. Pero no; todas estas razones no pasan de ser excusas y lugares comunes para evadir la respuesta. Iremos al grano; quizá ese giro –el de ciento ochenta grados, digo–, se deba a que a esos señores del club, calcularon mal y les salió el tocino mal capado. Eso pudiera ser. Pero, la razón que toma más fuerza, puesto que ese club lo forman una pandilla de licenciados de alto nivel, lo más probable es que mis escritos son flojos tirando a muy malos. Dicho en corto: no hay peor cuña que la del mismo palo. Eso.


Vicente Galdeano Lobera 


viernes, 22 de noviembre de 2024

Cortejador internauta

        Los besitos, corazoncitos, sonrisitas, dibujitos y frasecitas amables que le mandaba Brisa, a don Godofredo Arenillas le sabían a gloria. Pero había una pega, eran por internet; otra pega: Brisa dedicaba esos agasajos a todo dios que entraba en sus páginas y le hacía algún cumplido; y había otra pega, que don Godofredo, por ser algo tonto, no notaba: esas zalamerías no sabían a nada.

     Pero don Godofredo –camastrón de sesenta y tantos mal llevados y bastante gordo– estaba ilusionado como un colegial; a ésta la tengo en el bote, pensaba. Y él se consideraba el rey del mambo. Ya prepararía un acercamiento para conocer en persona a su amiga. Para estar más presentable se propuso hacer deporte y adelgazar; se procuró bicicleta y atuendo adecuado. La vestimenta la eligió nuestro hombre tan ajustada que se le marcaban todas lorzas de su amplia anatomía, y con colores tan vistosos que semejaban al plumaje de un loro, pero un loro enorme, claro; don Godofredo frisaba las diez arrobas de peso. Encima, el esfuerzo no le sirvió para nada; es más, ganó peso. Después del pedaleo, nuestro deportista, con hambre de lobo, se marcaba unos tentempiés que temblaba el misterio. Así no hay manera, don Godofredo; debería usted moderarse al comer o parecerá una vaca que espantará Brisa– le dijo alguien.      Se conoce que don Godofredo, amén de algo tonto, también era un bocazas.

— ¡Oiga! ¡Que no hace falta insultar! –contestó airado–, y si engordo, usted no se preocupe, que mis dineros me cuesta. Además –añadió– sabrá usted que ella  lo que  aprecia es mi persona, no mi aspecto.

—Claro, claro…, seguramente tendrá usted razón; bueno, pues nada, señor; adelante con los faroles, a conquistar la plaza se ha dicho. Le deseo suerte.

La plaza en cuestión, Brisa, treintañera de muy buenas hechuras, era guapa hasta hacer daño el mirarla. Considerada de alta formación, empleaba lenguaje inclusivo, era feminista recalcitrante, progresista y volcada en la causa de ayudar a los ciudadanos; y también con un buenismo sublime, colgaba lacitos y corazoncitos junto a su foto para velar por el amor, la tolerancia y la paz; con gestos así pretendía cambiar el mundo. Pero quizá, el mundo necesitaba más hechos que gestos. Pero la buena fe es lo que cuenta, y era considerada flor de pureza, bondad y un cúmulo de perfecciones. Así la veían sus adoradores que acudían en tropel a los eventos culturales que convocaba la bella. Pero había una pega –otra más–: era dura de pelar, y los pretendientes jóvenes, al notar que no rascaban bola, tiraban la toalla y se abrían, claro. Bueno, a la dama le quedó una cohorte de viejos verdes que los encandilaba y mareaba con sus dibujitos, sonrisitas y tal. Aun así, algunos viejales se retiraban también.

En esas estamos con el señor Arenillas. Este buen hombre, deseoso de conocer a la dama en persona, decidió acudir a una convocatoria de la bella. Para tal evento, don Godofredo, para impresionar se vistió de una manera informal que te rilas, con chaleco multibolsillos en plan Capitán Tan, pero con gorra con la visera hacia atrás, bermudas y sandalias cangrejeras.

Ya tenemos a don Godofredo a punto de entrar al Paraíso –es decir, donde conferenciaba Brisa–, pero el Paraíso tiene puertas, y también portero, y algunos de malas pulgas que no atienden a razones.

—Caballero, aquí no es –le espetó el bedel cortándole el paso al Capitán Tan–, el circo está instalado quinientos metros más adelante. O si lo que busca es el Parque de Atracciones, la línea 34 del bus le dejará en la puerta. 



Vicente Galdeano Lobera


lunes, 14 de octubre de 2024

Fantasmón

La indumentaria sirve, entre otras cosas, para distinguir el rango a qué pertenecen los individuos. En las fuerzas de seguridad del Estado, es fácil distinguir por su atuendo tanto a militares como a distintas policías y Guardia Civil. Incluso los bedeles de distintas entidades lucen uniformes con galones que asemejan a un mariscal. Esto abarca también a conductores de bus, cobradores, butaneros, barrenderos, etc… A un fantasma, cualquier mortal lo imaginamos una figura muy alta y lúgubre envuelta toda en un blanco sudario con dos agujeros a modo de ojos; los más fantasiosos los pueden imaginar también con ruido de cadenas y haciendo uuuuuuuuuu… Don Emiliano Gorría, a quien conocemos de un cuento anterior, es jefecillo de negociado, que a pesar de ser pequeño y rechoncho, no necesita –ni le cuadra–, atuendo de sábana, ni cadenas, ni ulular, ni nada. Al tratarlo notas enseguida que te has topado con un fantasma.

—Señor Gorría, permítame ponerle en antecedentes;  se baraja que van a poner en este departamento una banca estatal para evitar las comisiones abusivas que aplican al ciudadano las entidades actuales –el informador tomó un poco de aliento, más que nada por ver la reacción del otro, antes de entrar en el fondo de la cuestión y, revestido de la mayor seriedad, continuó–. Mire, buen señor, sin más rodeos le diré que sé de buena tinta que barajan su nombre como el más idóneo para dirigir dicha banca. Sin duda han tenido en cuenta su trayectoria bregando en distintos oficios y, sobre todo, su valía. Así que acepte usted mi felicitación; enhorabuena, don Emiliano. Le recomiendo –continuó el informante– que esté usted atento a su correo porque en breve recibirá la notificación por carta certificada.

El informador era Secundino Pradilla, ujier y alcahuete mayor del departamento, y, a su vez, algo somarda. Le habían encargado, otros camaradas más somardas aún, llevar el soplo con la monserga de la banca –todo inventado, claro– a don Emiliano; a ver cómo reacciona. Por lo menos nos reiremos un rato de este fantasmón, pensaron.

Lo que pasa es que el fantasmón entró al trapo y tomó al pie de la letra eso de que iba a ser director. Banquero, nada menos. Todos los días acudía a la estafeta de Correos a ver qué hay de lo mío, es decir, a ver si tenía la esperada notificación. Don Emiliano, envanecido, ya se veía manejando inmensas cantidades de dinero; don Emiliano ya se veía investido con los honores de doctor honoris causa revestido con toga y birrete; don Emiliano ya se veía homenajeado con grandes banquetes en su honor (de gorra, claro); don Emiliano ya se veía reclamado como asesor de Presidencia Gubernamental. Incluso también de la Casa Real. Este buen hombre andaba desbordado de ilusiones, que son gratis. Se le subieron los humos de tal manera que ya se conducía como director y miraba a todos por encima del hombro. Don Emiliano, sin tasa ni control lanzó las campanas al vuelo y daba la tabarra a quien se dejaba –y si no se dejaba, también–  y vendía la moto con eso del puesto de alta dirección.

Los camaradas, viendo el cariz que tomaba la cosa, que hasta sentían vergüenza ajena, enviaron al ujier para explicar la broma y desengañar al jefecillo; a ver si deja usted de hacer el tonto de una vez, hombre, que ya es mayorcito. Pero don Emiliano Gorría se había tragado la píldora de tal manera que no hubo forma de hacerle bajar del burro.

—Lo que pasa es que yo valgo mucho y ustedes lo saben. Y no lo soportan; por eso me quieren zancadillear. De pura envidia –les espetó el banquero. 

Pues, nada; como a cada cual conviene respetarle su terapia, dejaron al directivo seguir con su monserga, y los camaradas continuaron riéndose, claro.

—Señor Gorría, tiene usted dos certificados; firme aquí, por favor –le anunció el empleado de Correos.

A don Emiliano se le abrieron los cielos, con la seguridad que una carta sería el propio nombramiento y la otra la felicitación estatal; las recogió y se retiró para leerlas y saborear su designación en soledad. Después, en su puesto de trabajo, les pasaría por las narices a los compañeros su nuevo rango; para que chinchen y rabien. Así aprenderán.

La sorpresa fue desagradable. La primera carta era una multa de Tráfico; la otra un requerimiento con apremio para el pago del IBI. Gajes del oficio, asumió don Emiliano. Bueno, yo a lo mío; esto no interfiere en mi nombramiento. 



Vicente Galdeano Lobera


viernes, 13 de septiembre de 2024

Burócrata gorrero

           

—Qué pasa, no tiene usted cita, ¿verdad?

—No, señor, no. Es que me ha surgido el problema así de pronto…, y, puesto que no hay nadie esperando, pensé que me atenderían.

—Imposible, caballero, sin cita no podemos atenderle; tendrá que volver otro día.

La escena se sitúa en una ventanilla de una delegación estatal, el funcionario está ocupado en mirar la prensa. Un señor visiblemente en apuros osó interrumpirle.

Después de un tira y afloja, el caballero razonó, rogó, suplicó…, y logró conmover al funcionario.

—Bueno, como me ha caído usted bien estudiaré su caso mientras voy al bar de al lado a desayunar. Si tiene la bondad de acompañarme, claro.

—Sí que le acompaño, sí; además tendré mucho gusto en convidarle.

El funcionario en cuestión, don Emiliano Gorría, era un señor pequeñico, cincuentón, con poco pelo, carirredondo, coloradote y con buena barriga. Mirándolo de perfil su pantalón semejaba un enorme embudo. Lucía el guardapolvo y la visera de burócrata con el mismo orgullo que si fuera un uniforme de almirante. A pesar de su facha.

A don Emiliano al escuchar lo del convite se le alegraron las pajarillas. El desayuno de don Emiliano solía ser parco; café con leche y bollito. Y a veces sin bollito. Pero ese día, al ir de gorra, haría una excepción y desayunaría como una persona mayor. Allí dieron buena cuenta de huevos fritos, jamón, torreznos, ensalada…, todo bien regado de tintorro. Y como colofón dos carajillos bien aviados. El solicitante dedujo que le hubiera salido más barato comprarle un tabardo al funcionario que convidarle. Hay que ver cómo traga el andoba, con lo pequeño que es. No sé dónde lo mete. 

—Pues nada, caballero –dijo don Emiliano al solicitante–, me pondré a trabajar en su asunto que espero solucionarlo en unos días. Le espero el próximo lunes a la misma hora aquí mismo, en este bar, que solventaremos con más intimidad que en ventanilla, y así no necesitará usted pedir cita.

Lo que pasa es que don Emiliano, acostumbrado a eso de desayunar de gorra, alargó la cosa para esperar al solicitante en unos días, un par de veces más. Es que las cosas de palacio van despacio. Y su asunto es complejo, caballero –se justificó.

Don Emiliano Gorría, desde joven pasó por distintos oficios; mozo de almacén, recadero, guarnicionero, confitero…, incluso oficial disecador; pero se cansó. Y agachándose logró entrar en la Administración. Una vez dentro, se aplicó y, agachándose más aún, consiguió ascender a jefecillo. A partir de ahí, don Emiliano se propuso sacar beneficio de su rango; a fe que muchas veces lo conseguía. Estaba convencido de que todo dios, incluidos sus compañeros y subordinados, le tenían que venerar, agasajar, rendir pleitesía… ¡Ah! y convidar, sobre todo, eso, convidar. Este buen hombre, la treta de sablear la tenía muy estudiada y un día sí y otro también se las daba con queso al personal; o eso creía él. Los demás lo toleraban, bien por conveniencia o por no liarla. Don Emiliano, al ir de tapeo con la cuadrilla, siempre  se las arreglaba para escabullirse cuando tocaba  apoquinar; bien recibía una llamada urgente, o casualmente se entretenía hablando con alguien,  o se despistaba mirando el diario, o se hacía el sueco. Todo sin disimulo, hasta que alguno se estiraba, claro.

Estas situaciones se sucedían a menudo sin apenas variación; don Emiliano en lo suyo, escurriendo el bulto, y los otros en lo de ellos, es decir, aforando. Pero a veces las expectativas fallan.

Don Emiliano y compañía, ese día, en el bar, se habían marcado un aperitivo más que notable. El jefecillo, como de costumbre y en el momento oportuno, se retiró al lavabo. Los otros, como si un resorte los hubiera puesto en marcha, levantaron el campamento y se largaron; el jefe paga, dijeron. Cuando el señor Gorría calculó que ya había escampado y salió del aseo, no le quedó otra que pasar por taquilla. 

            No, si esto ya me lo olía yo; no, si esto sólo me pasa a mí, ¡por espléndido! Nunca aprenderé –murmuró.


Vicente Galdeano Lobera

viernes, 9 de agosto de 2024

Caer de pie como gatos

 Doña Amelia, viejecita de noventa y tantos años, vivía en un tercer piso sin ascensor. Le explicaba a su hijo que desde que conoció a los nuevos inquilinos de al lado –Un matrimonio con su hija–, le había salido el sol. Ponderaba en exceso su amistad y su altruismo. Al ver su dificultad de movimiento se ofrecieron a hacerle la compra y subirla al piso; muy bien. Al poco se ofrecieron también para la limpieza de la casa; excelente. Le guisaban y hacían la cama. Amén de ayudarla en su aseo personal; maravilloso. Además, Margarita –así se llamaba la hija–, se quedaba a dormir por las noches. Así le hago compañía, doña Amelia, por si le ocurre algo. Por las mañanas Margarita le sirve el desayuno en la cama; superior.


—Pues yo creo que te están haciendo la rosca, mamá. No te fíes, seguro que buscan algo. Además gastan una pinta de atontados que tiran de espalda –razonó el hijo.


—Hijo mío, eso son apreciaciones tuyas sin fundamento; para mí son unos ángeles que me ha enviado el Señor para endulzarme el final de mis días.


—Bueno, ya veremos; si han caído del cielo han aprendido a caer de pie como los gatos. No te fíes, mamá; te lo repito.


—Mira, hijo, tú vives fuera y apenas me visitas. Con estas personas me siento muy bien acompañada y muy a gusto. Deberías estarles muy agradecido por aliviarte la carga que te significo.


A pesar de su reticencia, al hijo le vino bien la relación de su madre con los vecinos. Al verla acompañada se desprendió de la poca responsabilidad que tenía sobre ella. Y que sea lo que Dios quiera.


Lo que Dios quiso es que no tardó en venir el tío Paco con las rebajas. Doña Amelia llamó a su hijo, alarmada. Había recibido una notificación de un estamento donde se le informaba que debía pagar tres meses atrasados de salario a los tres ángeles venidos del cielo; también las cuotas de la Seguridad Social. Amén de la sanción correspondiente.


En la vista que se celebró al tiempo, los ángeles enviados por el Señor aportaron pruebas, grabadas con el móvil, ayudando en el domicilio de la anciana. Esas pruebas fueron determinantes; doña Amelia tuvo que pagar.


Con según qué amigos, no es necesario tener enemigos. Aunque gasten pinta de atontados, que decía aquel.



Vicente Galdeano Lobera 

viernes, 26 de julio de 2024

Espantador espantado




Don Isidro Barbero, en cuanto tenía ocasión sacaba a relucir su valía, sus grandes aciertos, lo bien que manejaba a las mujeres, y un sinfín de destrezas propias de personas sabias. Los desatinos estaban descartados; no los cometía jamás.


Bueno, esto era su autovaloración. Visto desde fuera la valoración cambiaba; sus conocidos lo consideraban un cuarentón algo gordo, algo tonto y sin ningún atractivo; sin gracia ninguna, zafio y mala persona. Amén de redicho y repelente.


El caso es que este alicate estaba faroleando más de la cuenta ante unos camaradas con motivo de que habían contactado con él nada menos que el Departamento de Medio Ambiente para colaborar en cierta dependencia. Cuando me han llamado de un estamento tan importante, será por mi valía ¡Vamos, digo yo! Seguro que me asignan un despacho, con secretaria y todo, para dirigir algún cotarro de importancia. Ya les tendré informados a ustedes.

Don Isidro, más contento que chupillas, no tuvo a bien preguntar en qué consistiría su trabajo; iba a ser funcionario y basta. Lo más probable es que se ocupara de tocarse la barriga toda jornada. Aún les estuvo dando la tabarra a los colegas un buen rato. Que si, lo que tienen que hacer ustedes es espabilar; que si, yo les aconsejo que hagan como yo: estudiar mucho para trabajar poco.


Cuando don Isidro acudió a tomar posesión de su plaza y a formalizar el contrato preguntó sin rodeos, a ver qué despacho le asignaban. El jefe de negociado que era un somarda conocedor del historial de don Isidro, contestó que para lo del despacho tendríamos que esperar; pero todo se andará, señor Barbero, todo se andará. A su debido tiempo. Dado su talante –continuó el jefe–, su cometido será el echar mosquitos, que aquí en el delta a la hora del crepúsculo parecen murciélagos; luego, si da resultado, ampliaremos su jornada y ejercerá como espantamoscas, espantagrillos, espantaperros, espantapájaros…, y tal y tal. También, considerando su aptitud repelente, lo emplearemos para ahuyentar avispas, tábanos, abejorros, moscones, culebras que también las hay, y todo bicho dañino para el bienestar del paisanaje, Eso sí, por esto de las avispas y tal, percibirá usted un importante complemento económico de peligrosidad. Además, sobra decir que dispondrá, en la zona de su trabajo, de vivienda gratis para usted y su familia. Aquí tiene usted las condiciones –el jefe le pasó unos folios–, el sueldo y demás por escrito; si está conforme las firma ahora. O, si lo prefiere se lleva el contrato a casa, lo repasa y me trae la contestación en diez días.


— Papá, no cojas ese trabajo; vas a ejercer de espantapájaros y divertirás a todos —su hija mayor le abrió los ojos a don Isidro. Menos mal.


A los dos días acudió don Isidro hecho un basilisco a presentar su renuncia ante el jefe. No pudo ser; dos seguratas grandes como armarios le pararon los pies, lo sacaron en volandas y no lo majaron a hostias de milagro. El señor Barbero salió espantado.


Vicente Galdeano Lobera.