jueves, 26 de febrero de 2026

Lapsus

—Miren, no me vengan ustedes con chiquilladas; qué es eso de que les gusta navegar. Salir con una barquita a dar un garbeo por la bahía protegidos por la bocana sin salir a mar abierto…, eso, señores, eso no es navegar, eso es hacer el melón. Sépanlo ustedes. Navegar es adentrarse con un velero y que te pille mar confusa en la costa de la muerte, navegar es hacer frente a olas de veinte metros que te obligan a arriar el velamen y cerrar escotillas y pasar este infierno encerrados bajo cubierta hasta que escampe. Eso es navegar. Sabrán ustedes que les hablo con conocimiento de causa; yo he navegado por los siete mares y les puedo ilustrar sobre sus peligros y bondades ¿Les ilustro?

— ¡No, por favor! Ya es suficiente, ¡le creemos, le creemos!

El navegador, don Arturo Malanquilla, no gastaba pinta de aventurero, precisamente; era corto de talla, rechoncho, con bigotes tipo Morsa y mofletes colgantes. Sí, parecía una morsa. Don Arturo, presumía de ser experto en cualquier tema, al ser potentado y pedante, no le gustaba la crítica y, por la cuenta que les traía, los escuchantes, muy atentos, siempre le daban la razón; Malanquilla no tenía perro en el bolsillo y en el bar convidaba a sus oyentes que se ponían morados de vino y buenas raciones de criadillas. Aunque, todo hay que decirlo, por detrás se mofaban.

En una de estas reuniones salió el tema del senderismo, uno de los oyentes, Rosendo, argumentó que había disfrutado unos días en las inmediaciones del Moncayo, recorriendo la Cueva del Caco, el Pozo de Los Aínes, el pantano de Val, el nacimiento del río Queiles, el sanatorio de Agramonte, donde hay psicofonías…, incluso que había subido a la cima del monte y pudo contemplar las impresionantes vistas. Como siempre don Arturo apostilló que vale, que muy bonito, que qué quieren que les diga. Solo le diré, don Rosendo, que la ruta de senderismo que nos acaba de describir, es una ruta, sí, señor, pero una ruta para principiantes. Porque, seamos serios, señores; ¿qué es el Moncayo comparado con la cordillera del Himalaya donde abundan los ochomiles, seismiles, cincomiles y alguno más? ¿Eh? Pues un servidor, que es alpinista, sabe por experiencia qué es eso, puesto que me ha tocado patearlo. Si quieren ustedes entro en detalle y les explico…

—No, no, no es necesario, don Arturo; si acaso pida más criadillas y vino al barman. Quizá así se le contagie la seriedad al principiante Rosendo.

— ¡Mozo! Ponga más viandas y vino, por favor –así, Malanquilla, por un módico precio, tenía barra libre para farolear sin límite ante sus camaradas.

Cualquier tema que hablaran la pandilla, don Arturo siempre estaba a la vuelta de todo; ya podía ser, natación, ciclismo, juegos de cartas, futbolín, ping pong… incluso en carrera de sacos en fiestas patronales. También era campeón.

Rosendo, que con el condumio se había puesto serio, se atrevió a explicar una vivencia con la seguridad de que a usted no le ha ocurrido nada parecido, señor Malanquilla. Resulta que hace poco me adentré en un barrio de mala catadura con el resultado que me dio por detrás un negro, no lo pude evitar. Ahora ya solo me falta subir en globo, y… Don Arturo no le dejó terminar; él siempre superaba cualquier situación. Adujo por inercia, sin titubeos, sin pensar, que yo, no hace mucho, en un club de alterne, contacté con una negra guapa, de buen porte. Le solté los cincuenta lereles convenidos, pero a la hora de la verdad, tarde ya, comprobé que la negra era un travesti, portaba un zarrio descomunal, similar al de una bestia de carga. Me pasó por la piedra sin contemplaciones, tampoco lo pude evitar… ¡Ah! y en globo también he subido, señores.

—Pero don Arturo, de qué cosas se entera uno –dijo Rosendo conteniendo la risa–, no me ha dejado explicarme; Lo que iba a decir es que el negro me dio por detrás, sí, pero un empentón en la trasera de mi coche.

— ¡Ah…! –reaccionó Malanquilla, tarde ya– No he dicho nada, no he dicho nada. Ha sido un lapsus.

Cuando se farolea en exceso, es muy fácil hacer el ridículo.

 

Vicente Galdeano Lobera 

sábado, 31 de enero de 2026

Cariñicos

 Don Longinos Prado, jefe de una oficina de extranjería, era un hombre maduro, simplón, de corta estatura, rapado al cero para disimular su calvicie, con rostro sin energía y ojos apagados; le gustaba el jolgorio y comer abundante y sin pompas. Bajo esa apariencia vulgar se escondía una persona sensible que no sabía traducir sus sentimientos en gestos o palabras. Sus experiencias con mujeres siempre fueron de pago; yo lo que necesito son cariñicos de una mujer que me quiera, una mano femenina que arregle mi casa, se sinceraba don Longinos con sus subordinados.

La cosa cambió cuando apareció por la oficina Camila, linda mulata de unos treinta años con cabello cobrizo, piel color ámbar y unos ojos claros que aturden cuando te miran. A don Longinos le resultaba imposible expresar su sentir a tan bella dama y mostró mucha opulencia como método de conquista. Camila, bastante iletrada, larga en gramática parda, perspicaz y muy zalamera, caló pronto la situación e hizo como que se dejó encandilar. 

Emparejados don Longinos y Camila, cada uno de los consortes consiguió su meta; él, la compañía de una mujer de bandera, diestra en amoríos, lo ilustró en cuestión de intimidad, de gozo, de risas y en la fiesta de todos sentidos –al tiempo pagaría caras esas lecciones–. Cariñicos, decía él; ella logró, además de la nacionalidad y traer a España a su hijo de doce años, una posición de buen nivel. Al tiempo reglamentario, Camila alumbró a Camilín, vivo retrato de su madre –menos mal–, don Longinos, entusiasmado, en la oficina, no paraba de ensalzar las proezas de su hijito; además de presumir –con todo detalle– de los cariñicos recibidos de Camila, claro.

Don Longinos añora, algo tarde, sus años de soledad; antes, sus emolumentos le alcanzaban para vivir con desahogo y para comprar cariñicos a menudo. Ahora no le alcanzan, Camila resultó una derrochona y una vaga de marca mayor. Bueno, suplía esos defectos en la cama. Algo es algo. 

Lo cierto es que Prado, después de su jornada tenía que guisar, arreglar la casa e incluso planchar la ropa. La cosa pegó tal giro que las zalamerías de Camila se trocaron en odio hacia su marido. Tres años llevaba don Longinos a la luna de valencia, es decir, sin recibir cariñicos ni nada. El jefe se desahogaba contando sus desventuras en el trabajo; las contaba con pelos y señales. 

—Hágame caso, señor Prado –le espetó un subalterno que tenía dos dedos de frente y apreciaba al jefe–; le aconsejo que no cacaree sus intimidades, el personal se pitorrea a sus espaldas y además les da nortes respecto a su esposa.

Aún añadió su ayudante que a veces es más conveniente comprar la leche por litros que mantener la vaca. Cierto.



Vicente Galdeano Lobera