jueves, 3 de abril de 2025

Lastre

        Hay quien predica la monserga filosófica de que el pasado, pasado está, que hay que mirar siempre al futuro; el ayer no cuenta, si acaso el hoy, pero sobre todo el mañana. Todo esto mola mucho de cara a la galería, incluso puedes quedar como un fulano muy instruido, pero lo cierto es que si hay algo que no pasa es el pasado, somos memoria de nosotros mismos y de vivencias pasadas, somos la memoria que tenemos. Y se podría añadir que según qué pasado se convierte en un lastre difícil de soltar que te pesa toda la vida. También se dice que no eres víctima de nadie, sino cómplice de lo que tú permites. Pero esto mismo díselo a un niño a quien maltratan tanto física como emocionalmente; y más si ese maltrato procede de su propia familia, en concreto de sus hermanos mayores, y más si es con la complacencia de los padres. Lo malo es que ese niño va creciendo y, al no tener instrucción, cree que el mundo es así y se aclimata a ese trato. 

        Recibí una confidencia –hay confidencias logran ponerte malo– de un conocido en la que planteaba esta del maltrato que él sufrió. Que conste que no busco conmiseración, sólo desahogo, le considero de toda confianza, me dijo. La cosa, según me explicó, pintaba fea; se trataba de una familia con negocio propio donde reinaba el mal genio, los gritos, gruñidos…, algo parecido a una guarida de lobos, donde el horizonte era desolador; sólo se vislumbraba trabajo, trabajo, trabajo y después más trabajo. Envidiaba a sus amigos; ellos tenían en la familia refugio y cariño, él reniegos y desaires. Soportó una mezcolanza de odio, desprecio e ira mal contenida; todo esto muy difícil de sobrellevar en un niño de apenas doce años. Continuó con la semblanza de uno de sus verdugos –paradójicamente era melifluo y servil con cualquiera, y más si era algo superior–, uno de sus hermanos; se trataba de un mierda acusica de lo que no se ha hecho y delator de acciones inventadas, pero era el preferido de los padres que lo consideraban el más listo, pero la realidad es que este listo no pasaba de ser, además de chivato, un mediocre. Cuando el negocio familiar quebró, los padres se encargaron de enchufarlo en un estamento oficial. Pagando, claro. Lo malo es que hubo que pagar dos veces; el inteligente, al copiar el cuestionario de oposición que le facilitaron falló. Y eso que era listísimo. A este sujeto, los padres lo ponían como referente y ejemplo del buen hacer, y trocaban todas sus torpezas como grandes aciertos ante todos tíos y familia allegada, con clara vocación de hacerme de menos a mí. Queda patente el analfabetismo de los padres; no eran conscientes del daño que me causaban. Mi allegado recuerda las humillaciones, los insultos soportados continuamente, sin consideración ninguna, todo con objeto de anularlo y degradarlo, sobre todo ante testigos; se dio el caso de gritarle ante amigos, conocidos, incluso ante chicas… Ante este trance se quedaba paralizado, sin habla, sin encontrar palabras para defenderse, se sentía abochornado y ridículo del espectáculo que da y esa es su condena. Así destruyeron su reputación; para toda la vida. Recuerda una trifulca donde una vez más resultó humillado, con el agravante que lo observaban, además de los padres, su esposa y su hijito de seis años. Ahí tuvo a mano solucionar la cosa de una vez, por todas; tuvo a mano un macetero al lado que merecía rompérselo en la cabeza. En la cabeza del hermano mierda, claro. Seguro que lo hubiera matado, pero cuenta la consanguinidad y no lo vio correcto. Soporta ese lastre desde entonces que ve difícil soltarlo. La providencia, el Cielo o lo que sea castigó al mierda este dotándolo de una enfermedad dolorosa y está criando malvas hace años. Está junto a la tumba de mis padres y cuando me acerco tengo la sensación de encontrarme con una víbora.

El allegado siguió desahogando su drama en términos parecidos. Estuve tentado de contestarle que intentara borrar su pasado, pero era como una filosofía de aconsejador de andar por casa, sin implicarme. Fui directo al grano:

—Mire, pues me ha hecho usted la foto más perfecta de un correveidile, rastrero y abusador. La solución era fácil, pero convenía aplicarla; a ese le tenía que haber dado usted ferrete y aplastarlo como a una cucaracha, es decir; matarlo. Sin más. Añadiré que a toro pasado desahogarse no soluciona nada. Con su tolerancia les mostró a sus verdugos cómo tratarlo; Usted fue culpable.

En cuestiones íntimas, cada uno sabe dónde aprieta el zapato.



Vicente Galdeano Lobera.

viernes, 21 de febrero de 2025

Afán innovador

Cunde entre algunos jóvenes un afán innovador, un afán en cambiar las cosas, de experimentar sobre lo ya experimentado (los experimentos mejor hacerlos con gaseosa). Hasta pretenden inventar el carajillo, cosa que se descubrió hace tiempo; bueno, el carajillo alguna variación admite: se puede aviar con coñac, ron, orujo, anís, whisky…, pero lo que es inventar, el carajillo ya lo inventaron allá por el siglo XVIII. Pero hay cosas que son lo que son y no admiten retoques: la Historia, sin ir más lejos. Si se modifica es señal inequívoca de que median intereses bastardos.

Luciano Cavero, historiador, escritor, divulgador y colaborador en medios de comunicación era muy dado a hablar de sus estudios, de su buen talante para mejorar la convivencia entre los ciudadanos. Enemigo de la intolerancia, pero muy amigo de ensalzarse; casi demasiado. También muy apegado a la corrección política y a bailar al son del poder establecido, sea del color que sea.  

Que algo caerá. Considerado a sí mismo como un gran medievalista, si no el mejor, que podía hablar sobre cualquier época histórica; dijo que ya está bien, la Historia necesita explicarse para que la entiendan todos y todas; hasta los tontos, las tontas y les tontes –Cavero empleaba lenguaje inclusivo.

Mostraremos un par de perlas para que valoren por dónde van los tiros. Con clara intención de hacer la rosca a los mangantes…, digo, a los mandantes buenistas, puso en solfa al descubrimiento de América por España. Según Luciano, no hubo tal hallazgo; América ya estaba descubierta, el continente estaba poblado por millones de indígenas con costumbres muy respetables. Eso que quizá hayan escuchado ustedes de que los nativos eran unos salvajes, que hacían sacrificios humanos y practicaban el canibalismo, eso es un bulo. En cualquier caso a mí no me consta, y eso que soy licenciado en Historia, y por tanto autoridad en la materia, no lo olviden. En todo caso habrá que hacer bueno el refrán: dónde fueres, haz lo que vieres, y también yo abogo por respetar sus costumbres. Lo que queda claro es que los españoles, una pandilla de brutos que no tenían donde caerse muertos, arribaron a esas tierras con afán de saquear y, sin ninguna idea alta, esclavizar a los nativos. La colonización se pudo lograr de manera civilizada, a través del diálogo, la solidaridad y la tolerancia. Así hubiera quedado alto el pabellón de nuestro país –Cavero se resistía a nombrar España–, muy alto.

—Oiga, señor historiador –observó uno que no comulgaba con su discurso–, por esa regla de tres, cuando los romanos llegaron a nuestra península, se la cogieron con papel de fumar y nos conquistaron cantándonos canciones y de ese modo ampliaron con nuestros territorios su enorme imperio. Eso sin hablar de los suevos, alanos, vándalos, y, sobre todo de los visigodos; que seguramente fueron también muy tolerantes.

Jodo, este tira a dar –pensó Cavero–. Se vio pillado en una encerrona que no esperaba;    

intentó salir por la tangente.

—Me alegro que me haga esa observación, caballero, pero resulta que las comparaciones son odiosas, y tendríamos que abrir otro debate y esto se alargaría demasiado. Por eso vamos a ceñirnos a la mal llamada Conquista de América, que no fue propiamente conquista, fue una invasión, repito, fue un asalto inmisericorde contra los pacíficos pobladores de esas tierras. Como licenciado que soy, he investigado sobre esta materia y tengo autoridad para afirmar lo dicho.

—Claro, claro… seguramente tendrá usted razón, señor licenciado. Lo que no entiendo es cómo Colón, con poco más de cien hombres, logró someter a millones de nativos. Quizá a Colón le ayudó la Providencia, como San Jorge ayudó en la batalla de Alcoraz a don Pedro I de Aragón a vencer a los musulmanes. Disculpe mi ignorancia.

—Caballero, le advierto que estamos en una ponencia seria, y como historiador que soy no admito pitorreo. Entérese usted. –El mosqueo del ponente iba en aumento.

—No, señor licenciado, yo no me pitorreo; es que resulta que soy de natural muy curioso y aprovecho su ponencia para opinar y saber más. Por otra parte, no veo necesario que a cada paso nos recuerde usted su titulación. Ya sabemos que estamos ante un licenciado prestigioso.

Además opino que es incoherente que los españoles fueran con intención de rapiña, cuando está demostrado que fundaron ciudades, universidades, vías de comunicación…, incluso la imprenta se introdujo en el actual Méjico antes que en España.

Después de un rifirrafe entre los dos contendientes, Cavero, sin disimular su enfado dijo que eso estaba fuera de contexto, ignoró al opinador, se subió para arriba y continuó con su perorata buenista. Aún añadió a su disertación que: si por mí fuera, eliminaría el 12 de octubre como día de la Hispanidad, eliminaría todo lo relativo a los Reyes Católicos, a Colón, Hernán Cortés, Pizarro. Quitaría todo, incluyendo calles, plazas, monumentos y la madre que parió a Panete. Y por supuesto quitaría también el término Hispanidad para nombrar en su lugar: Día de la Nación Multicultural. A este disertador, no es por darle ideas, seguro que no le temblaría el pulso en celebrar esa multiculturalidad en la fecha de la Batalla de Guadalete, en el año 711; o cuando se largó a Francia don Carlos IV el Consentidor en 1808; o cuando huyó, en plan Correcaminos, don Alfonso XIII en 1931; o cuando don Francisco Largo Caballero entregó el oro de España a Rusia en 1936. Todo esto por el bien de la ciudadanía, claro.

El historiador cambió de tercio y siguió con la monserga de que este país –otra vez ignoró España– es muy rico en historia, que no la valoramos lo suficiente; si estuviéramos en Francia, seguro que Dumas hubiera sacado partido plasmando en sus obras las abundantes gestas nuestras dignas de mención, pero estamos aquí y nos dedicamos a despreciar lo nuestro. Cavero sin darse cuenta entró en contradicción; el mayor despreciador es él mismo. Es evidente que el licenciado no había leído a Cervantes, ni a Cadalso, ni a Galdós, ni a Baroja, ni a Fernández Santos… Qué le vamos a hacer.

El historiador, si se dedica a investigar eventos del pasado, si se dedica a explicarlo de forma natural y amena y, sobre todo, sin falsear nada, es todo un placer de la vida escucharle. Lo que no sé qué es repetir como un papagayo consignas empapadas de buenismo. Historiador no, quizá un cantamañanas.

Alguien dijo, siglos atrás, que un buen historiador no debe temer ni esperar nada; Cavero teme que si cambia su estribillo, los que mandan le quiten la bicoca de dar la tabarra, digo, las charlas ante una pandilla de simples. Y espera un puesto en Cultura, o, como poco, que lo hagan concejal. 

Vicente Galdeano Lobera.


jueves, 23 de enero de 2025

Cristeta

—Lo que yo le diga, don Acisclo, pero para mí que la Cristeta está preñada. Sólo le aviso, que lo veo como muy encaprichado; si el artífice de tal evento es usted, pues vale, pero si no, no, Queda advertido –La señá Fabiana, mujer vieja y apergaminada que tenía fama de clarividente, informaba a don Acisclo.

— ¡No me alarme, señá Fabiana! pero, ¿cómo se ha enterado usted?

—Eso no viene a cuento; lo sé y basta. Le aviso para que sepa a qué atenerse.

Don Acisclo Carramiñana –a quien conocemos de relatos anteriores–, quedó inquieto. Motivos tenía. El caso es que don Acisclo era rico, y se convirtió en riquísimo cuando se unió a doña Maravillas, mujer de un malhumor eterno y genio avinagrado que de maravillosa tenía poco, pero era potentada terrateniente de la comarca. El caso es que don Acisclo creía a pies juntillas que según la tradición, al ser pudiente se beneficiaría al servicio doméstico y a todo lo que se meneara bajo su jurisdicción. El caso es que esas tradiciones ya no rigen; lo comprobó don Acisclo al acercarse, en plan cariñoso, a Merche, la limpiadora. Recibió el pollo dos guantazos de los que tumban una tapia. Y esto es sólo el principio, recalcó la Merche. Lo que pasa es que don Acisclo en su nuevo estatus había engordado y era bajo, calvo, arrugado, algo encorvado y también muy hortera y era todo un repelente para la lujuria, y así no hay manera, claro. Doña Maravillas, sabedora de que el servicio doméstico rechazaba de plano a su marido, contrató como doncella a Cristeta, joven treintañera que recabó en el pueblo. Era esta Cristeta bella sin pasarse, atractiva sin pasarse, arreglada sin pasarse, elegante sin pasarse, pero una pasada de apetecible…, y ambiciosa. 

La bella valoró las circunstancias y calculó que en su nuevo empleo podía prosperar. Comenzó el protocolo de acercamiento con sus pestañeos, sus miradas, sus sí, pero no. Don Acisclo, embobado con semejante prenda, entró al trapo. Logró trincarla un par de veces, cuando ella quiso, claro. El galán, a pesar de su eyaculación precoz, pensó que era un crack, impresionado por los oooooh de placer prolongados y profundos que lanzaba Cristeta; hacía el paripé, claro.

El pronóstico de la señá Fabiana se cumplió, Cristeta estaba encinta. La chica informó a don Acisclo.

—Y ahora, Cristeta, ¿qué hacemos? Si lo deseas me separo de mi esposa y me caso contigo… Tú dirás. Lo que quiero es evitar escándalos y habladurías.

—No, don Acisclo, no tengo vocación de romper un matrimonio bien avenido; la solución es más sencilla. Se lo plantearé sin circunloquios que nos hagan perder el tiempo; esto se arregla con tres condiciones: dinero, dinero y luego más dinero ¿Qué le parece? Tenga en cuenta que lo que yo alumbre será su hijo, y puesto que usted no tiene descendencia el niño será su heredero universal.

Quedaron en que don Acisclo le daría una fuerte suma de dinero para que Cristeta marchara a su país; después otra fuerte cantidad para abortar. Más tarde, después de la convalecencia y descansar una buena temporada, podría Cristeta regresar a España y retomar su empleo de doncella. Ya sabes que aquí se te  aprecia y te queremos bien, Cristeta. 

—Gracias, don Acisclo, lo pensaré y veré lo que más me conviene –contestó la bella.

Cristeta, sí que pensó lo que más le convenía, sí. El caso es que, al tiempo reglamentario, se presentó en la finca de don Acisclo con el fruto de marras. Ahí tiene usted a su heredero, señor. Vengo a reclamar la tercera condición acordada en su día: más dinero. 

Doña Maravillas, hecha un basilisco, insultó y amenazó de tal manera, que al marido no le quedó otra que poner tierra de por medio. Por si acaso. El altercado resonó en la comarca, casi como la Campana de Huesca en el antiguo Reino de Aragón.

Siempre se ha dicho que todos tenemos un doble. Pero mira tú por dónde, el chico salió con cara redonda y enormes orejas, es decir, clavadico al Lisardo, un peón algo lelo, pero con fama de estar bien dotado; lo contrató en su día doña Maravillas para obligaciones de fuerza.

Vicente Galdeano Lobera

jueves, 26 de diciembre de 2024

Cuña del mismo palo

Cuando Ludovico, aficionado a leer, acudió al club de literatura no las tenía todas consigo. Había tanteado el terreno para ver qué nivel gastaban y qué tramo de edad tenían los componentes –Ludovico era sesentón–; pero le contestaron que lo mejor era personarse, nosotros somos de distintas edades, lo que nos une es la afición a las letras. Eso es lo que cuenta. Seguro que iba a encontrar algo parecido a un claustro de sabios con madera de escritores, le convenía andar con pies de plomo para no causar mala impresión; decidió tirar palante y que sea lo que Dios quiera. Para tal evento estuvo a punto de ponerse frac y pajarita, pero su mujer lo disuadió:

—Ande vas tú, regaera… que no procede, hombre, que no procede.

Menos mal que Ludovico le hizo caso. Claro, es que las mujeres son muy sabias.

La base cultural de Ludovico era poco sólida; hasta los doce años aun acudió a la escuela. Después, a trabajar tocan. Pero aficionado a la literatura, se dio cuenta de que en los libros está apuntado todo. Para quien quiera aprender, claro.

Armado de valor se plantó en el club; si me ningunean, no vuelvo más y en paz. Encontró Ludovico un tropel de eruditos jóvenes que explicaban y analizaban obras literarias con un toque de sentimentalidad por quien llevaba la batuta de la reunión. Además de letras, se tocaban temas de pintura, historia, cine y otras artes. Ludovico cayó de pie; lo llevaban en palmitas, incluso cuando comenzó a escribir y se atrevió a publicar. Les hizo gracia y todo eran parabienes.

Inexplicablemente, la situación pegó un giro de ciento ochenta grados; esos parabienes se tornaron en una indiferencia rayana al menosprecio. Bueno, los del club sus razones tendrían para adoptar esa actitud; qué le vamos a hacer.

—Oiga… –Le preguntaron a Ludovico–, y usted, ¿a qué achaca el giro ese de ciento ochenta grados que pegaron los del club?

—Mire, podría acogerme a mi derecho a no declarar, derecho que recoge la Constitución, pero por ser usted le contestaré: si yo aplicara el buenismo, la corrección política y el progresismo reinante, podría achacar ese giro a la ultraderecha, al machismo, al fascismo; o culparía directamente al Caudillo, o a la intolerancia con otras culturas…, o, que la culpa fue del chachachá. Eso sin descartar el cambio climático, que podría influir también. Pero no; todas estas razones no pasan de ser excusas y lugares comunes para evadir la respuesta. Iremos al grano; quizá ese giro –el de ciento ochenta grados, digo–, se deba a que a esos señores del club, calcularon mal y les salió el tocino mal capado. Eso pudiera ser. Pero, la razón que toma más fuerza, puesto que ese club lo forman una pandilla de licenciados de alto nivel, lo más probable es que mis escritos son flojos tirando a muy malos. Dicho en corto: no hay peor cuña que la del mismo palo. Eso.


Vicente Galdeano Lobera 


viernes, 22 de noviembre de 2024

Cortejador internauta

        Los besitos, corazoncitos, sonrisitas, dibujitos y frasecitas amables que le mandaba Brisa, a don Godofredo Arenillas le sabían a gloria. Pero había una pega, eran por internet; otra pega: Brisa dedicaba esos agasajos a todo dios que entraba en sus páginas y le hacía algún cumplido; y había otra pega, que don Godofredo, por ser algo tonto, no notaba: esas zalamerías no sabían a nada.

     Pero don Godofredo –camastrón de sesenta y tantos mal llevados y bastante gordo– estaba ilusionado como un colegial; a ésta la tengo en el bote, pensaba. Y él se consideraba el rey del mambo. Ya prepararía un acercamiento para conocer en persona a su amiga. Para estar más presentable se propuso hacer deporte y adelgazar; se procuró bicicleta y atuendo adecuado. La vestimenta la eligió nuestro hombre tan ajustada que se le marcaban todas lorzas de su amplia anatomía, y con colores tan vistosos que semejaban al plumaje de un loro, pero un loro enorme, claro; don Godofredo frisaba las diez arrobas de peso. Encima, el esfuerzo no le sirvió para nada; es más, ganó peso. Después del pedaleo, nuestro deportista, con hambre de lobo, se marcaba unos tentempiés que temblaba el misterio. Así no hay manera, don Godofredo; debería usted moderarse al comer o parecerá una vaca que espantará Brisa– le dijo alguien.      Se conoce que don Godofredo, amén de algo tonto, también era un bocazas.

— ¡Oiga! ¡Que no hace falta insultar! –contestó airado–, y si engordo, usted no se preocupe, que mis dineros me cuesta. Además –añadió– sabrá usted que ella  lo que  aprecia es mi persona, no mi aspecto.

—Claro, claro…, seguramente tendrá usted razón; bueno, pues nada, señor; adelante con los faroles, a conquistar la plaza se ha dicho. Le deseo suerte.

La plaza en cuestión, Brisa, treintañera de muy buenas hechuras, era guapa hasta hacer daño el mirarla. Considerada de alta formación, empleaba lenguaje inclusivo, era feminista recalcitrante, progresista y volcada en la causa de ayudar a los ciudadanos; y también con un buenismo sublime, colgaba lacitos y corazoncitos junto a su foto para velar por el amor, la tolerancia y la paz; con gestos así pretendía cambiar el mundo. Pero quizá, el mundo necesitaba más hechos que gestos. Pero la buena fe es lo que cuenta, y era considerada flor de pureza, bondad y un cúmulo de perfecciones. Así la veían sus adoradores que acudían en tropel a los eventos culturales que convocaba la bella. Pero había una pega –otra más–: era dura de pelar, y los pretendientes jóvenes, al notar que no rascaban bola, tiraban la toalla y se abrían, claro. Bueno, a la dama le quedó una cohorte de viejos verdes que los encandilaba y mareaba con sus dibujitos, sonrisitas y tal. Aun así, algunos viejales se retiraban también.

En esas estamos con el señor Arenillas. Este buen hombre, deseoso de conocer a la dama en persona, decidió acudir a una convocatoria de la bella. Para tal evento, don Godofredo, para impresionar se vistió de una manera informal que te rilas, con chaleco multibolsillos en plan Capitán Tan, pero con gorra con la visera hacia atrás, bermudas y sandalias cangrejeras.

Ya tenemos a don Godofredo a punto de entrar al Paraíso –es decir, donde conferenciaba Brisa–, pero el Paraíso tiene puertas, y también portero, y algunos de malas pulgas que no atienden a razones.

—Caballero, aquí no es –le espetó el bedel cortándole el paso al Capitán Tan–, el circo está instalado quinientos metros más adelante. O si lo que busca es el Parque de Atracciones, la línea 34 del bus le dejará en la puerta. 



Vicente Galdeano Lobera


lunes, 14 de octubre de 2024

Fantasmón

La indumentaria sirve, entre otras cosas, para distinguir el rango a qué pertenecen los individuos. En las fuerzas de seguridad del Estado, es fácil distinguir por su atuendo tanto a militares como a distintas policías y Guardia Civil. Incluso los bedeles de distintas entidades lucen uniformes con galones que asemejan a un mariscal. Esto abarca también a conductores de bus, cobradores, butaneros, barrenderos, etc… A un fantasma, cualquier mortal lo imaginamos una figura muy alta y lúgubre envuelta toda en un blanco sudario con dos agujeros a modo de ojos; los más fantasiosos los pueden imaginar también con ruido de cadenas y haciendo uuuuuuuuuu… Don Emiliano Gorría, a quien conocemos de un cuento anterior, es jefecillo de negociado, que a pesar de ser pequeño y rechoncho, no necesita –ni le cuadra–, atuendo de sábana, ni cadenas, ni ulular, ni nada. Al tratarlo notas enseguida que te has topado con un fantasma.

—Señor Gorría, permítame ponerle en antecedentes;  se baraja que van a poner en este departamento una banca estatal para evitar las comisiones abusivas que aplican al ciudadano las entidades actuales –el informador tomó un poco de aliento, más que nada por ver la reacción del otro, antes de entrar en el fondo de la cuestión y, revestido de la mayor seriedad, continuó–. Mire, buen señor, sin más rodeos le diré que sé de buena tinta que barajan su nombre como el más idóneo para dirigir dicha banca. Sin duda han tenido en cuenta su trayectoria bregando en distintos oficios y, sobre todo, su valía. Así que acepte usted mi felicitación; enhorabuena, don Emiliano. Le recomiendo –continuó el informante– que esté usted atento a su correo porque en breve recibirá la notificación por carta certificada.

El informador era Secundino Pradilla, ujier y alcahuete mayor del departamento, y, a su vez, algo somarda. Le habían encargado, otros camaradas más somardas aún, llevar el soplo con la monserga de la banca –todo inventado, claro– a don Emiliano; a ver cómo reacciona. Por lo menos nos reiremos un rato de este fantasmón, pensaron.

Lo que pasa es que el fantasmón entró al trapo y tomó al pie de la letra eso de que iba a ser director. Banquero, nada menos. Todos los días acudía a la estafeta de Correos a ver qué hay de lo mío, es decir, a ver si tenía la esperada notificación. Don Emiliano, envanecido, ya se veía manejando inmensas cantidades de dinero; don Emiliano ya se veía investido con los honores de doctor honoris causa revestido con toga y birrete; don Emiliano ya se veía homenajeado con grandes banquetes en su honor (de gorra, claro); don Emiliano ya se veía reclamado como asesor de Presidencia Gubernamental. Incluso también de la Casa Real. Este buen hombre andaba desbordado de ilusiones, que son gratis. Se le subieron los humos de tal manera que ya se conducía como director y miraba a todos por encima del hombro. Don Emiliano, sin tasa ni control lanzó las campanas al vuelo y daba la tabarra a quien se dejaba –y si no se dejaba, también–  y vendía la moto con eso del puesto de alta dirección.

Los camaradas, viendo el cariz que tomaba la cosa, que hasta sentían vergüenza ajena, enviaron al ujier para explicar la broma y desengañar al jefecillo; a ver si deja usted de hacer el tonto de una vez, hombre, que ya es mayorcito. Pero don Emiliano Gorría se había tragado la píldora de tal manera que no hubo forma de hacerle bajar del burro.

—Lo que pasa es que yo valgo mucho y ustedes lo saben. Y no lo soportan; por eso me quieren zancadillear. De pura envidia –les espetó el banquero. 

Pues, nada; como a cada cual conviene respetarle su terapia, dejaron al directivo seguir con su monserga, y los camaradas continuaron riéndose, claro.

—Señor Gorría, tiene usted dos certificados; firme aquí, por favor –le anunció el empleado de Correos.

A don Emiliano se le abrieron los cielos, con la seguridad que una carta sería el propio nombramiento y la otra la felicitación estatal; las recogió y se retiró para leerlas y saborear su designación en soledad. Después, en su puesto de trabajo, les pasaría por las narices a los compañeros su nuevo rango; para que chinchen y rabien. Así aprenderán.

La sorpresa fue desagradable. La primera carta era una multa de Tráfico; la otra un requerimiento con apremio para el pago del IBI. Gajes del oficio, asumió don Emiliano. Bueno, yo a lo mío; esto no interfiere en mi nombramiento. 



Vicente Galdeano Lobera


viernes, 13 de septiembre de 2024

Burócrata gorrero

           

—Qué pasa, no tiene usted cita, ¿verdad?

—No, señor, no. Es que me ha surgido el problema así de pronto…, y, puesto que no hay nadie esperando, pensé que me atenderían.

—Imposible, caballero, sin cita no podemos atenderle; tendrá que volver otro día.

La escena se sitúa en una ventanilla de una delegación estatal, el funcionario está ocupado en mirar la prensa. Un señor visiblemente en apuros osó interrumpirle.

Después de un tira y afloja, el caballero razonó, rogó, suplicó…, y logró conmover al funcionario.

—Bueno, como me ha caído usted bien estudiaré su caso mientras voy al bar de al lado a desayunar. Si tiene la bondad de acompañarme, claro.

—Sí que le acompaño, sí; además tendré mucho gusto en convidarle.

El funcionario en cuestión, don Emiliano Gorría, era un señor pequeñico, cincuentón, con poco pelo, carirredondo, coloradote y con buena barriga. Mirándolo de perfil su pantalón semejaba un enorme embudo. Lucía el guardapolvo y la visera de burócrata con el mismo orgullo que si fuera un uniforme de almirante. A pesar de su facha.

A don Emiliano al escuchar lo del convite se le alegraron las pajarillas. El desayuno de don Emiliano solía ser parco; café con leche y bollito. Y a veces sin bollito. Pero ese día, al ir de gorra, haría una excepción y desayunaría como una persona mayor. Allí dieron buena cuenta de huevos fritos, jamón, torreznos, ensalada…, todo bien regado de tintorro. Y como colofón dos carajillos bien aviados. El solicitante dedujo que le hubiera salido más barato comprarle un tabardo al funcionario que convidarle. Hay que ver cómo traga el andoba, con lo pequeño que es. No sé dónde lo mete. 

—Pues nada, caballero –dijo don Emiliano al solicitante–, me pondré a trabajar en su asunto que espero solucionarlo en unos días. Le espero el próximo lunes a la misma hora aquí mismo, en este bar, que solventaremos con más intimidad que en ventanilla, y así no necesitará usted pedir cita.

Lo que pasa es que don Emiliano, acostumbrado a eso de desayunar de gorra, alargó la cosa para esperar al solicitante en unos días, un par de veces más. Es que las cosas de palacio van despacio. Y su asunto es complejo, caballero –se justificó.

Don Emiliano Gorría, desde joven pasó por distintos oficios; mozo de almacén, recadero, guarnicionero, confitero…, incluso oficial disecador; pero se cansó. Y agachándose logró entrar en la Administración. Una vez dentro, se aplicó y, agachándose más aún, consiguió ascender a jefecillo. A partir de ahí, don Emiliano se propuso sacar beneficio de su rango; a fe que muchas veces lo conseguía. Estaba convencido de que todo dios, incluidos sus compañeros y subordinados, le tenían que venerar, agasajar, rendir pleitesía… ¡Ah! y convidar, sobre todo, eso, convidar. Este buen hombre, la treta de sablear la tenía muy estudiada y un día sí y otro también se las daba con queso al personal; o eso creía él. Los demás lo toleraban, bien por conveniencia o por no liarla. Don Emiliano, al ir de tapeo con la cuadrilla, siempre  se las arreglaba para escabullirse cuando tocaba  apoquinar; bien recibía una llamada urgente, o casualmente se entretenía hablando con alguien,  o se despistaba mirando el diario, o se hacía el sueco. Todo sin disimulo, hasta que alguno se estiraba, claro.

Estas situaciones se sucedían a menudo sin apenas variación; don Emiliano en lo suyo, escurriendo el bulto, y los otros en lo de ellos, es decir, aforando. Pero a veces las expectativas fallan.

Don Emiliano y compañía, ese día, en el bar, se habían marcado un aperitivo más que notable. El jefecillo, como de costumbre y en el momento oportuno, se retiró al lavabo. Los otros, como si un resorte los hubiera puesto en marcha, levantaron el campamento y se largaron; el jefe paga, dijeron. Cuando el señor Gorría calculó que ya había escampado y salió del aseo, no le quedó otra que pasar por taquilla. 

            No, si esto ya me lo olía yo; no, si esto sólo me pasa a mí, ¡por espléndido! Nunca aprenderé –murmuró.


Vicente Galdeano Lobera