Hay quien predica la monserga filosófica de que el pasado, pasado está, que hay que mirar siempre al futuro; el ayer no cuenta, si acaso el hoy, pero sobre todo el mañana. Todo esto mola mucho de cara a la galería, incluso puedes quedar como un fulano muy instruido, pero lo cierto es que si hay algo que no pasa es el pasado, somos memoria de nosotros mismos y de vivencias pasadas, somos la memoria que tenemos. Y se podría añadir que según qué pasado se convierte en un lastre difícil de soltar que te pesa toda la vida. También se dice que no eres víctima de nadie, sino cómplice de lo que tú permites. Pero esto mismo díselo a un niño a quien maltratan tanto física como emocionalmente; y más si ese maltrato procede de su propia familia, en concreto de sus hermanos mayores, y más si es con la complacencia de los padres. Lo malo es que ese niño va creciendo y, al no tener instrucción, cree que el mundo es así y se aclimata a ese trato.
Recibí una confidencia –hay confidencias logran ponerte
malo– de un conocido en la que planteaba esta del maltrato que él sufrió. Que
conste que no busco conmiseración, sólo desahogo, le considero de toda
confianza, me dijo. La cosa, según me explicó, pintaba fea; se trataba de una
familia con negocio propio donde reinaba el mal genio, los gritos, gruñidos…,
algo parecido a una guarida de lobos, donde el horizonte era desolador; sólo se
vislumbraba trabajo, trabajo, trabajo y después más trabajo. Envidiaba a sus
amigos; ellos tenían en la familia refugio y cariño, él reniegos y desaires.
Soportó una mezcolanza de odio, desprecio e ira mal contenida; todo esto muy
difícil de sobrellevar en un niño de apenas doce años. Continuó con la
semblanza de uno de sus verdugos –paradójicamente era melifluo y servil con
cualquiera, y más si era algo superior–, uno de sus hermanos; se trataba de un
mierda acusica de lo que no se ha hecho y delator de acciones inventadas, pero
era el preferido de los padres que lo consideraban el más listo, pero la
realidad es que este listo no pasaba de ser, además de chivato, un mediocre.
Cuando el negocio familiar quebró, los padres se encargaron de enchufarlo en un
estamento oficial. Pagando, claro. Lo malo es que hubo que pagar dos veces; el
inteligente, al copiar el cuestionario de oposición que le facilitaron falló. Y
eso que era listísimo. A este sujeto, los padres lo ponían como referente y
ejemplo del buen hacer, y trocaban todas sus torpezas como grandes aciertos
ante todos tíos y familia allegada, con clara vocación de hacerme de menos a
mí. Queda patente el analfabetismo de los padres; no eran conscientes del daño
que me causaban. Mi allegado recuerda las humillaciones, los insultos
soportados continuamente, sin consideración ninguna, todo con objeto de
anularlo y degradarlo, sobre todo ante testigos; se dio el caso de gritarle
ante amigos, conocidos, incluso ante chicas… Ante este trance se quedaba
paralizado, sin habla, sin encontrar palabras para defenderse, se sentía
abochornado y ridículo del espectáculo que da y esa es su condena. Así
destruyeron su reputación; para toda la vida. Recuerda una trifulca donde una
vez más resultó humillado, con el agravante que lo observaban, además de los
padres, su esposa y su hijito de seis años. Ahí tuvo a mano solucionar la cosa
de una vez, por todas; tuvo a mano un macetero al lado que merecía rompérselo
en la cabeza. En la cabeza del hermano mierda, claro. Seguro que lo hubiera
matado, pero cuenta la consanguinidad y no lo vio correcto. Soporta ese lastre
desde entonces que ve difícil soltarlo. La providencia, el Cielo o lo que sea
castigó al mierda este dotándolo de una enfermedad dolorosa y está criando
malvas hace años. Está junto a la tumba de mis padres y cuando me acerco tengo
la sensación de encontrarme con una víbora.
El allegado siguió desahogando su drama en términos
parecidos. Estuve tentado de contestarle que intentara borrar su pasado, pero
era como una filosofía de aconsejador de andar por casa, sin implicarme. Fui
directo al grano:
—Mire, pues me ha hecho usted la foto más perfecta de un
correveidile, rastrero y abusador. La solución era fácil, pero convenía
aplicarla; a ese le tenía que haber dado usted ferrete y aplastarlo como a una
cucaracha, es decir; matarlo. Sin más. Añadiré que a toro pasado desahogarse no
soluciona nada. Con su tolerancia les mostró a sus verdugos cómo tratarlo;
Usted fue culpable.
En cuestiones íntimas, cada uno sabe dónde aprieta el
zapato.
Vicente Galdeano Lobera.